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Cómo supo Fidel de la fuga de Batista

 

Ciro Bianchi Ross

 

Corría el mes de mayo de 1958. El Gobierno del dictador Fulgencio Batista movía grandes contingentes de tropas hacia la Sierra Maestra con el objetivo de ejecutar la Ofensiva de Primavera. Se trataba de un plan cuidadosamente estudiado: 10 000 soldados atenazarían la zona del I Frente comandado por Fidel.

Sucedió lo increíble. Con solo 300 hombres, cien de  ellos desarmados, el jefe rebelde opuso una resistencia frontal al enemigo y en 30 combates y seis batallas de envergadura lo aniquiló o puso en fuga. El régimen batistiano quedó con la columna vertebral rota, pero no vencido, y Fidel ordenó entonces la contraofensiva rebelde en la que tendrían un papel decisivo los comandantes Ernesto Che Guevara y Camilo Cienfuegos, a quienes confió la misión de sacar la guerra de los límites de la provincia de Oriente, mientras que el propio Fidel y el resto de los comandantes estrecharían de manera paulatina un cerco elástico en torno a la ciudad de Santiago de Cuba.

úLTIMO MES

Ya para esa fecha, Oriente está casi totalmente controlado por el Ejército Rebelde. En Las Villas 2 000 efectivos militares no pueden contener el empuje de las columnas invasoras de Che y Camilo y se combate también en las provincias de Camagüey y Pinar del Río. Crece  la impopularidad de Batista y el desencanto permea a sectores que hasta poco antes le dieron su apoyo. En La Habana, donde la represión se hace sentir con saña, la ciudadanía acata la orientación del Movimiento 26 de Julio que, bajo el lema de «0 3 C» —cero compras, cero cine, cero cabaré—, llama al retraimiento durante las celebraciones pascuales y de fin de año.

La batalla de Guisa, bajo la conducción del Comandante en Jefe, entre el 20 y el 30 de noviembre de 1958, tiene  lugar prácticamente a la vista de la ciudad de Bayamo, sede del puesto de mando de operaciones antiguerrilleras en la región oriental. El 10 de diciembre los pueblos de Baire y Jiguaní pasan a ser territorio libre y el 11 comienza la batalla de Mafo, que se extiende hasta el 30. La ciudad de Palma Soriano se rinde a las tropas rebeldes. En Las Villas, Che y Camilo mantienen la iniciativa.

En la región central las columnas invasoras logran  interrumpir el tránsito hacia la ciudad de Santa Clara desde el occidente de la Isla, tanto por carretera como por ferrocarril. Che pone sitio a Fomento, lo toma y ataca después Guayos y Cabaiguán con igual éxito. Posteriormente Placetas, Remedios, Caibarién y Camajuaní se rinden ante sus tropas, en tanto que Camilo ataca las guarniciones de los pueblos del norte de la provincia y pone sitio a Yaguajay, donde el ejército batistiano resiste el asedio durante 11 días. Tropas del Directorio Revolucionario, del Partido Socialista Popular y del II Frente Nacional del Escambray combaten asimismo en la zona.

La estrategia del Che es la de reducir las guarniciones de las ciudades y los pueblos situados alrededor de Santa Clara, fuerte plaza militar, a fin de privarla de refuerzos. El legendario Comandante descarrila y captura el tren blindado, cuyos hombres debían reparar caminos y vías férreas destruidas por la guerrilla. Al mediodía del 1ro. de enero, la guarnición de Santa Clara se rinde de manera incondicional a las fuerzas del Che.

¡ESTO ES UNA TRAICIÓN!

En Oriente, Fidel cerraba con sus fuerzas a Santiago de Cuba.

El 24, el Comandante visita a su madre en la casa natal de Birán. «Resultó imposible para mí resistir la tentación de ir a visitarla», diría muchos años después. Lo muerde la nostalgia. La casa grande ya no existe y el padre ha muerto. Brinda naranjas a los que lo acompañan y la madre les llama la atención por la manera descuidada en que las arrancan. «Porque seguía respetando la forma en que mi padre exigía que se recogieran las naranjas. Lo hacía como velando porque él de alguna forma siguiera vivo allí en Birán».

Desde la noche del 30, los combatientes se adueñan de puntos estratégicos. En ese momento los rebeldes suman unos 800 efectivos. La noche del 30 al 31 de diciembre Fidel duerme en la hospedería del Santuario de la Virgen del Cobre, y allí, con Raúl y Ramón, el hermano mayor, se encuentran con el padre Vicente García Martínez, prefecto del Colegio de Dolores, donde los tres cursaron la enseñanza primera. En la foto que deja constancia del encuentro, sonríen Fidel y el sacerdote. El 31 de diciembre el Comandante en Jefe cena en el restaurante King-Kong, en las afuera de Palma Soriano, y esa noche la Comandancia General del Ejército Rebelde se instala en la casona del batey de un central azucarero, en las afueras de la mencionada ciudad.

Son aproximadamente las 12:30 de la noche cuando las integrantes del pelotón de Las Marianas improvisan una serenata de año nuevo. Entonan la Marcha del 26 de Julio y prosiguen su concierto con Noche de paz. A las seis de la mañana el campamento está en pie. Fidel no oculta su disgusto por la balacera con que un grupo de rebeldes saludó el arribo de 1959. Una celebración más y me quedo sin parque, dice. Un oficial del ejército de Batista sumado a sus fuerzas le desea felicidades por el año.

—¿Cree usted que será un año feliz, capitán?, le pregunta Fidel.

—Este será el año de la victoria —comenta el oficial y el Comandante sonríe.

Un oficial rebelde que llega al campamento le dice que La Habana está llena de rumores, que si el dictador sacó ya a su familia del país, que si se realizan reuniones decisivas en la Ciudad Militar de Columbia… Quizá la cosa no pase de ahí, simples bolas. En eso, anuncian  a Fidel que el desayuno está listo y alguien que sigue las noticias en un pequeño receptor escucha que el locutor de Radio Progreso alude a los importantes acontecimientos que ocurren en la capital del país y a la reunión que en esos momentos tiene lugar en Columbia y a la que la prensa ha sido invitada. Todavía se sigue llamando a Batista «Honorable Señor Presidente de la República» y su salida del país, más que una fuga, parece un viaje de vacaciones al exterior, hasta que Carlos Lechuga, en Telemundo, y Lisandro Otero, en el canal 12 de la TV, le llaman ladrón y asesino.

Fidel es informado de inmediato. Trata de precisar  la confiabilidad de la fuente. No hay duda. Una emisora norteamericana confirma que Batista, su familia y varios de sus colaboradores salieron del país, que el mayor general Eulogio Cantillo Porras asumía la jefatura del Ejército y que hay un nuevo Presidente. Pocos días antes, el 28 de diciembre, a pedido del militar, Cantillo y Fidel habían  conversado en secreto en los predios de un central azucarero demolido, y en el encuentro el Jefe de Operaciones antiguerrilleras del ejército batistiano —el gran derrotado de la Ofensiva de Primavera— reconocía ante el alto mando rebelde que había perdido la guerra y solicitaba una fórmula para poner fin a los combates. La fórmula, elaborada por Fidel, fue aceptada por Cantillo. Se comprometió —y juró por su honor de militar que lo haría— a protagonizar en el cuartel Moncada, de Santiago, ese 31 de diciembre un pronunciamiento contra la dictadura, sumar las fuerzas a su mando a las del Ejército Rebelde, para avanzar juntas hacia La Habana e impedir la fuga de Batista. Fidel le recalcó que no debía dar cuenta a la Embajada norteamericana de esos propósitos y que la Revolución no toleraría un golpe de Estado encaminado a perpetuar el batistato sin Batista. Cantillo no cumplió nada de lo pactado.

El Comandante, mesándose las barbas en gesto característico, andaba y desandaba  a grandes trancos el salón donde se encontraba.

—¡Esto es una cobarde traición! ¡Pretenden escamotearle el triunfo a la Revolución!  —exclamó—. Ahora mismo me voy para Santiago. Hay que tomar Santiago —añadió—. Y convocó a varios comandantes y capitanes de su tropa. Si son tan ingenuos que creen que con un golpe de Estado van a paralizar la Revolución, vamos a demostrarles que están equivocados.

Entonces Fidel saca del bolsillo una pequeña libreta —de esas que vendían a cinco centavos en los ten cents, diría un testigo— y de pie redacta la alocución que poco después, desde Palma Soriano, saldría al aire, en su voz, a través de las ondas de Radio Rebelde. En ella llama a sus comandantes a continuar el avance sin aceptar ningún alto al fuego. Al mismo tiempo insta a los trabajadores a la huelga general revolucionaria. Dice que la dictadura se había derrumbado por las derrotas sufridas en las semanas precedentes, pero eso no significaba que la Revolución hubiese triunfado. Llama por último a decir «no» al golpe de Estado.

RAÚL

El Comandante Raúl Castro organizaba en el central Ermita el ataque a Guantánamo cuando se entera de la huida de Batista. Parte enseguida a reunirse con Fidel. Juntos van a los Altos de Villalón, punto cercano a los Altos de El Escandel. El coronel Rego Rubido, jefe de la plaza militar de Santiago, con 5 000 hombres a su mando, se entrevista con Fidel. Quiere rendirse, pero no sabe, afirma, la posición que asumirían sus oficiales. Raúl se ofrece para acompañarlo al Moncada y convencer al regimiento de lo absurdo que resultaría resistir. Vilma quiere acompañarlo, pero Raúl se niega y se presenta en el cuartel solo con una escolta. Entra por la posta 1 y encuentra al regimiento formado en el polígono. Conversa con los oficiales. Luego, a pedido de estos, habla a la tropa. Dice que la guerra entre hermanos ha terminado. Invita a los jefes principales a que lo acompañen a El Escandel para que conversen con Fidel.

La Revolución ha logrado su objetivo. La guarnición de Santiago y el regimiento destacado en el Moncada acataban a las nuevas autoridades. En El Escandel, Fidel pide a los oficiales que apoyen la Revolución y acogen sus palabras con aplausos. Todos los cuarteles de Oriente quedan bajo control del Ejército Rebelde. El país está paralizado de un extremo a otro por la huelga general y las estaciones radiales en cadena con Radio Rebelde transmiten las instrucciones del mando revolucionario. En menos de 72 horas el Ejército Rebelde toma todas las ciudades, ocupa unas 100 000 armas y todos los equipos militares de aire, mar y tierra.

Fidel designa jefe de la fortaleza de la Cabaña al Comandante Ernesto Guevara, y de Columbia al Comandante Camilo Cienfuegos. El Comandante Raúl Castro, investido jefe de Santiago y de toda la provincia oriental. Allí estará hasta el 9 de febrero, cuando Fidel lo nombra segundo jefe militar de la nación.

La Revolución había triunfado. Una estrategia clara y una voluntad de hierro multiplicadas por el entusiasmo y el apoyo incondicional de la población fueron factores decisivos de la victoria.

Acusan a Cuba de fusilar, pero no dicen los crímenes que cometieron.

 

Por Arthur González.

En 1959 al triunfar la Revolución cubana, una de las primeras medidas adoptadas fue detener y someter a juicios a los asesinos, torturadores y colaboradores del régimen del dictador Fulgencio Batista; muchos de ellos fueron sancionados a pena de muerte por sus crímenes.

Los que ahora acusan a Cuba, no mencionan esos asesinatos, solo conforman operaciones mediáticas para tergiversar la verdad y ocultar que Estados Unidos recibió y otorgó la categoría de “refugiados políticos”, a una parte de aquellos asesinos.

De lo sucedido a los asaltantes al Cuartel Moncada en Santiago de Cuba en 1953, ni una palabra, cuando allí el ejército batistiano asesinó, sin juicio alguno, a todos los detenidos.

Contra Batista nunca se llevó a cabo una denuncia por sus violaciones de los derechos humanos, ni fue sometido a sanciones económicas, porque fue un fiel peón de Washington y asesorado por oficiales del FBI que viajaron a La Habana para entrenar a quienes formaron parte del Buro de Represiones Anti Comunistas, BRAC, tenebrosa organización que detenía arbitrariamente y asesinaba a mansalva, por el solo hecho de ser sospechoso de comunista.

Los juicios celebrados en 1959 contra los asesinos y torturadores, fueron públicos, miles de personas asistieron, para declarar contra quienes cometieron todo tipo de crímenes.

Entre los asistentes a los juicios estaban periodistas extranjeros, que comprobaron la justeza de las sanciones. Entre ellos el presidente de la Sociedad Interamericana de Prensa, Jules Dubois; el editor del Washington Daliy News, John T. O´bourke y los diputados chilenos Alfredo Lorca y José Musalem.

Sin esclarecer los motivos que los impulsan o quienes les sufragan en estos momentos esa campaña contra la Revolución, organizaciones contrarrevolucionarias a las órdenes de Estados Unidos, entre ellas: Archivo Cuba, la Fundación de los Derechos Humanos y Cubalex, presentaron un documento sobre fusilamientos, supuestas desapariciones forzosas, asesinatos extrajudiciales, muertes de opositores e inducción al suicidio, algo que jamás el gobierno de Estados Unidos ha podido probar.

Las acusaciones parten de Miami, donde precisamente se refugiaron los asesinos más crueles de la tiranía batistiana, a pesar de ser reclamados por el gobierno revolucionarios. La respuesta del Departamento de Estados yanqui fue otórgales la residencia en ese país.

Al parecer María Werlau, directora ejecutiva de la organización Archivo Cuba, no sabe que Esteban Ventura, Jesús Blanco Hernández, Conrado Carratalá Ugalde, Luis Alberto del Rio Chaviano, Sotero Delgado Méndez, Orlando Piedra Negueruela, Mariano Faget Díaz, Rafael Gutiérrez Martínez, Pilar García, Irenaldo García Báez, Julio Laurent Rodríguez, Lutgardo Martín Pérez Molina y Rolando Masferrer Rojas, encontraron refugio seguro en territorio estadounidense, a pesar de tener sus manos llenas de sangre.

Tampoco conoce que por las calles de Miami camina libremente Posa Carriles, autor de la voladura de un avión civil cubano donde murieron 73 personas, padre de los actos terroristas contra 6 hoteles cubanos, donde falleció un turista y que fue participante del plan de asesinato de Fidel Castro, en ciudad de Panamá.

¿Por qué ella no reclama justicia para esas víctimas?

Entre los fusilados en Cuba estaba el ex comandante del ejército de Batista, Jesús Sosa Blanco, acusado de cometer 108 asesinatos, de ellos 53 en una tarde.

Otro de los fusilados fue el capitán Grao, quien en solo una mañana asesinó a 30 campesinos de un caserío en las faldas de la Sierra Maestra, para que no apoyaran al ejército rebelde.

Entre los testigos en aquellos juicios comparecieron sacerdotes que declararon sobre la crueldad de los acusados.

¿No saben los miembros de esas organizaciones contrarrevolucionarias, de los 214 asesinatos cometidos por los alzados en las montañas del Escambray, organizados y armados por la CIA?

Alfabetizadores, maestros, campesinos y sus familiares, obreros agrícolas y funcionarios, fueron torturados y asesinados por esos llamados “luchadores por la libertad”.

Entre los alfabetizadores están Pedro Blanco Gómez de 13 años; Manuel Ascunce de 16 años; Delfín Sen Cedré de 20 años y el maestro Conrado Benítez de 18 años.

Total de víctimas fatales, de ellos 63 campesinos y obreros agrícolas, 13 niños, 3 mujeres, 8 ancianos, 9 maestros voluntarios de la campaña de alfabetización, 10 funcionarios, 6 administradores de granjas agrícolas.

Muchos de los asesinos fueron juzgados y fusilados justamente.

Terroristas a las órdenes de la CIA, colocaron explosivos en los centros comerciales, cines y escuelas de la isla, donde murieron personas inocentes. Entre los autores está Carlos Alberto Montaner, hoy residente en Estados Unidos, a pesar de ser un prófugo de la justicia cubana.

Miembros de organizaciones terroristas como Alfa 66, Omega 7, y muchas más, transitan libremente por calles y ciudades de Estados Unidos, como lo hizo Orlando Bosch, quien contó con el apoyo de la representante al Congreso Ileana Ros-Lehtinen, al igual que Guillermo Novo Sampoll, implicado directamente en el asesinato del ex canciller chileno Orlando Letelier, su secretaria y el chofer.

Antes de mentir contra Cuba, deberían responder ante la Consejo de los Derechos Humanos de la ONU, por qué no demandan al FBI de no actuar contra los residentes en Miami, Ángel de Fana Serrano, participante del plan de asesinato a Fidel Castro, junto a Posada Carriles; Armando Valladares, terrorista que colocó bombas en centros comerciales de La Habana; Gaspar Jiménez, asesino del diplomático Dartagnan Díaz; Pedro Remón, asesino de los funcionarios cubanos Eulalio Negrín y Félix García; Ramón Saúl Sánchez, ex miembro de Omega 7 y cómplice de los asesinos Eduardo Arocena y Pedro Remón.

La guerra psicológica contra Cuba nunca ha fructificado, pues se desbarata con las propias informaciones desclasificadas de la CIA y del FBI.

Los que reciben altas sumas de dinero para tales campañas carecen de moral y elementos convincentes, viajan constantemente a Estados Unidos, son asiduos visitantes a residencias diplomáticas y abastecidos para sus acciones.

Mientras acusan a Cuba, callan sobre las desapariciones, secuestros y asesinatos de miles de mexicanos, hondureños, salvadoreños y guatemaltecos, y no dijeron una sola palabra de la detención arbitraria y asesinato del joven argentino Santiago Maldonado.

Por la ausencia de moral y apego a la verdad, nunca han contado con apoyo del pueblo cubano, son repudiados permanentemente por una población que sabe lo que es padecer el terrorismo de estado, ese que durante medio siglo ejecuta Estados Unidos contra Cuba.

No por gusto expresó José Martí:

“Se aborrece a los viles y se ama con todas las entrañas, a los hombres pudorosos y bravos”

Las operaciones encubiertas de la CIA al servicio del imperio y el apoyo a la sangrienta tiranía batistiana

 

Autor: Manuel Hevia Frasquieri * | internet@granma.cu
14 de noviembre de 2017
Al triunfo de la Revolución Cubana, el gobierno de Estados Unidos poseía una vasta experiencia en la ejecución de medidas de subversión política e ideológica y guerra económica, como instrumentos de su política exterior durante la década de los años 40 y 50 del pasado siglo. La subversión se había aplicado con anterioridad de forma conjunta por Gran Bretaña y Estados Unidos contra los países del eje nazi-fascista durante la II Guerra Mundial. Este último país emergería después como cabeza del sistema capitalista mundial y comenzó a aplicar estos instrumentos a escala planetaria, como parte de la denominada política de contención del comunismo que trajo consigo la llamada «Guerra Fría».

En la Directiva de Seguridad Nacional NSC 10/2 de junio de 1948, Estados Unidos denominó «operaciones encubiertas» a las acciones de propaganda negra, guerra económica, sabotajes y subversión contra estados hostiles, y apoyó a grupos de resistencia interna en «países amenazados del mundo libre». La mencionada directiva le brindó carácter permanente a un denominado «Grupo de Procedimientos Especiales» en la recién fundada Agencia Central de Inteligencia (CIA), que se convirtió en el órgano de operaciones encubiertas para ejecutar acciones clandestinas en otros países.

El respaldo a personas o grupos políticos afines a sus intereses la CIA lo denominó desde entones como «operaciones de acción política». Aquel órgano fue bautizado en agosto de 1952 como la «Dirección de Planes de la CIA». Su oficio principal: derribar gobiernos, como lo demostró poco después en 1954 con el derrocamiento del presidente Jacobo Arbenz Guzmán, en Guatemala. Aquel golpe de Estado, devenido después en genocidio, fue el punto de partida de la espiral ascendente de crímenes y atropellos de la CIA hasta nuestros días.

En ese mismo año 1954, para anticiparse a una indagación del Congreso norteamericano sobre la magnitud de tales acciones encubiertas, el presidente Dwight Eisenhower promocionó un estudio conocido como «informe Doolittle», que reflejaba sin tapujos la verdadera naturaleza de la nueva política del imperio: Estados Unidos tenía que abandonar sus tradicionales conceptos de juego limpio frente a un implacable enemigo y «Aprender a subvertir, sabotear y destruir a nuestros enemigos por métodos más astutos, más sofisticados y más eficaces».

Las acciones de subversión política contra el movimiento revolucionario en Cuba se iniciaron mucho antes del primero de enero de 1959. Al producirse el golpe de Estado de Fulgencio Batista en 1952, Estados Unidos poseía la total hegemonía económica, ideológica, política y militar sobre el continente. Como parte de su «política de contención» sobre América Latina, basada en el supuesto peligro de una amenaza comunista, Estados Unidos reforzó su presencia en Cuba mediante la asistencia militar y el establecimiento de misiones dentro del Ejército, la Marina de Guerra y la Aviación de la tiranía. La CIA reforzaba su «centro local» en la embajada estadounidense en La Habana y ampliaba la capacidad de su labor de inteligencia, mediante su penetración secreta en estructuras gubernamentales, políticas, económicas y sociales del país. En contubernio con los órganos represivos batistianos, aplicaba modernos recursos técnicos secretos para labores de seguimiento, control telefónico y escucha microfónica contra ciudadanos cubanos o extranjeros que militaban en movimientos revolucionarios y progresistas.

Según el volumen III de la Historia Oficial de Operación de Bahía de Cochinos,[1] elaborado por historiadores de la CIA en los años 80, se reconoce abiertamente el desarrollo de estas operaciones subversivas. Este estudio expresaba que «a mediados de los años 50, la Estación de La Habana dirigía siete proyectos aprobados, la mayoría de los cuales iban dirigidos al Partido Comunista cubano, el PSP (Partido Socialista Popular)». La CIA financiaba agentes encubiertos, «sembrados» desde años atrás, en la sociedad civil de entonces. Muchos de estos espías enfrentaron la Revolución triunfante y fueron desenmascarados posteriormente por la seguridad cubana con posterioridad a enero de 1959

La CIA recomendó a la tiranía crear un aparato represivo contra el movimiento comunista, incluidos los líderes de organizaciones políticas, estudiantiles o sociales a los que consideraba como adversarios, surgiendo en 1955 el Buró para la Represión de Actividades Comunistas (BRAC). Fortaleció el asesoramiento del aparato policíaco-represivo de la dictadura, de conjunto con el Buró Federal de Investigaciones (FBI), sin excluir la estrecha colaboración con los cuerpos militares.

De acuerdo con documentos norteamericanos, la CIA aportó significativos fondos para sostener la labor subversiva de una organización anticomunista secreta denominada «Movimiento de Integración Democrática Americana» (MIDA), dirigida contra el movimiento revolucionario cubano. Existen evidencias documentales que demuestran que el MIDA reclutaba a sus miembros en diferentes sectores sociales y los utilizaba en labores represivas. En 1954 el carné de identificación del MIDA denominaba a sus miembros como «combatientes», los que juraban «defender la democracia y la libertad y luchar contra el comunismo».

El gobierno norteamericano y sus servicios de inteligencia y las misiones militares dentro del país nunca condenaron los crímenes y la represión desatada por esa dictadura. Los asesores yanquis se mantuvieron impasibles ante los asesinatos, la tortura, las desapariciones y las violaciones a los derechos humanos del pueblo cubano.

Después del desembarco del yate Granma en 1956, la CIA priorizó sus intereses informativos sobre la filiación política e ideológica de Fidel Castro, la actividad revolucionaria de emigrados cubanos en el extranjero y los vínculos con el PSP. Desde principios de los años 50, en los reportes de la CIA y la embajada norteamericana en La Habana era frecuente encontrar estas preguntas: ¿Quién es realmente Fidel Castro? ¿Quién lo controla? ¿Es o no comunista? ¿Tendría Castro fuerza suficiente para derrocar a Batista? ¿Son amistosos sus sentimientos hacia los Estados Unidos? En el fondo de estas interrogantes primaba ya la creciente preocupación yanqui por el peligro que un líder descollante como Fidel Castro podía representar para sus intereses económicos y políticos en Cuba y en el continente. En la medida que crecía el movimiento revolucionario en la sierra y el llano, aquella preocupación se convirtió en certidumbre y Estados Unidos intentó lo imposible para tratar de evitar el triunfo revolucionario.

En los últimos meses de 1958 la CIA desplegó un intenso trabajo de inteligencia y penetración dentro de Cuba para identificar y respaldar una posible «tercera fuerza» para oponerla al movimiento revolucionario. Con igual propósito la CIA trabajó de forma encubierta sobre los principales jefes del grupo guerrillero II Frente Nacional del Escambray para lograr su traición. No escatimó esfuerzos tampoco para apoyar posibles planes golpistas entre la cúpula militar batistiana y tratar de impedir la cercana victoria del Ejército Rebelde. Una reunión de alto nivel, presidida por el presidente Eisenhower celebrada a las 3 y 40 de la tarde del 31 de diciembre de 1958, la que es descrita por el historiador de la CIA Jack B. Pfeiffer, nos brinda el nivel de incertidumbre de aquel gobierno ante los sucesos que se estaban produciendo en Cuba. La posible acción de los Estados Unidos, incluyendo la intervención directa, estaba entre los asuntos que fueron discutidos. También se sugirió que los Estados Unidos asumieran la responsabilidad de nombrar los miembros de una junta militar que sustituyera a Batista, en lugar de permitir que Fidel Castro Ruz y sus seguidores asumieran el gobierno.

En aquella reunión, el Director de la CIA Allen Dulles defendió con vehemencia el criterio de que una victoria de Fidel Castro no estaba entre los mejores intereses para Estados Unidos. Más tarde, el propio presidente Eisenhower mencionaría en sus memorias las palabras utilizadas por Dulles: «Los comunistas y otros radicales extremistas parece que han penetrado el movimiento de Castro». «Si Castro asume el poder, ellos probablemente participarán en el gobierno». Una semana atrás, el 23 de diciembre de 1958, durante una reunión del Consejo de Seguridad Nacional, Dulles había expresado su frase antológica: «Es necesario evitar la victoria de Castro». Según el mencionado Pfeiffer, aquella percepción los condujo a «un programa encubierto para sacarlo del poder, a partir de 1960».

En los años sucesivos aquel programa de agresiones integraría gigantescas operaciones bien estructuradas, sufragadas por millonarios recursos y dirigidas en secreto al más alto nivel político, a través de las principales agencias de inteligencia, para derribar la Revolución. Desde entonces, la Revolución Cubana no ha tenido un enemigo más tenaz e implacable, pero ha sabido resistir y vencer.

*Investigador del Centro de Investigaciones Históricas de la Seguridad del Estado

[1] David R. McLean: Western Hemisphere Division, 1946- 1965, vol. I, 191-192(DDO/HP 324, 2 Dec. 1973). Citado en Jack B. Pfeiffer: Official History of the Bay of Pigs Operation, vol. III, “Evolution of CIA´s Anti-Castro Policies”, 1959-January 1961, Central Intelligence Agency, Top Secret (desclasificado en el 2005).

José María Pérez: no lo dejamos morir

José María Pérez
José María Pérez

“Nunca más supimos de él. Fue como si se lo hubiera tragado la tierra. Recorrí todas las estaciones de policía, todas las dependencias represivas posibles, hice gestiones a todos los niveles. Nadie aportaba nada. Nadie sabía nada”. Así recordó Irene Rodríguez, militante comunista y sindicalista, el angustioso peregrinar para conocer el paradero de su esposo José María Pérez, quien asumió la dirección del movimiento sindical cubano después de que la dictadura de Fulgencio Batista le negó la entrada al país al secretario general de la CTC Lázaro Peña.

José María había sido secuestrado el 20 de noviembre de 1957, en la intersección de las céntricas avenidas capitalinas Belascoaín y Carlos III, por agentes del llamado Buró de Represión de Actividades Comunistas (Brac).

No era un hecho inusual, sino una de las tantas prácticas de las fuerzas represivas. Muchos revolucionarios fueron detenidos como él, en plena calle, con total impunidad, ante la mirada alarmada de los transeúntes que sabían lo que ello significaba: algunos de los capturados sobrevivían a la prisión y las torturas, otros morían como consecuencia de los maltratos, y sus cuerpos eran abandonados por sus verdugos en cualquier parte; José María engrosó una siniestra lista: la de los desaparecidos.

No fue hasta después del triunfo de enero de 1959 que se supo cómo habían sido los últimos días del recio luchador. Había caído en manos del sanguinario Julio Laurent, jefe del Servicio de Inteligencia Naval, organismo de vigilancia y represión de la Marina de Guerra. Este personaje trabajaba en estrecho contacto con el asesino Esteban Ventura Novo y operaba fundamentalmente en La Chorrera. Allí se utilizaba la lancha 4 de septiembre para lanzar a las aguas los cuerpos martirizados de los luchadores.

Un cabo de la dictadura, alias El Rana, al ser juzgado por su actuación criminal, se refirió a lo acontecido. Declaró que en una casa de botes ubicada en 21 esquina a 32, en la margen este del río Almendares, se resguardaban las embarcaciones de Batista y otros políticos del régimen, además de la comandada por el propio cabo.

Al ver una foto de José María que le mostró Irene, el acusado lo reconoció como el hombre que estuvo durante cuatro días ferozmente golpeado en la nave donde guardaba la lancha, y al manejarla hacia su fatídico destino comprobó por el espejo de esta cómo lo lanzaban a las profundidades.

Es una historia que a pesar de los 60 años transcurridos los cubanos no podemos olvidar, de igual modo tampoco se borrará de nuestras mentes la reacción de las autoridades de Estados Unidos ante la solicitud del Gobierno Revolucionario de la detención para su posterior extradición de Laurent, autor de este y muchos otros crímenes, quien se había refugiado en la nación del Norte. Entonces ese país sí fue sordo al justo reclamo de Cuba y continuó proporcionándoles refugio no solo a este, sino a otros asesinos al servicio del batistato.

Intentaron ahogar en el mar la rica ejecutoria de José María en favor de los trabajadores, pero quedó grabada para siempre en la historia del movimiento sindical cubano.

Desde muy joven había desafiado la dictadura de Gerardo Machado y sin pertenecer todavía al sector del transporte organizó como miembro de la Liga Juvenil Comunista un paro de choferes; estuvo en primera fila en la huelga general revolucionaria que despachó al tirano; ayudó a crear el Sindicato de Ómnibus Aliados y, durante su cargo de secretario general, demostró a sus compañeros de labor que con la unidad podrían luchar con éxito contra los patronos. Y su empeño unitario lo llevó a convertirse en fundador y dirigente de la Federación de Trabajadores de La Habana y de la Confederación de Trabajadores de Cuba (CTC), de cuyo primer ejecutivo formó parte. Como representante a la Cámara por el Partido Comunista defendió con igual vehemencia a los suyos.

Cuando Lázaro Peña tuvo que viajar al exterior por su condición de vicepresidente de la Federación Sindical Mundial, la dictadura de Batista le prohibió el regreso a Cuba. Entonces la dirección del movimiento sindical recayó sobre José María, que en circunstancias muy complejas y riesgosas mantuvo la acción de los trabajadores a través de los Comités de Defensa de las Demandas Obreras y la Democratización de la CTC, cuya dirección había caído en manos de una camarilla servil y corrupta.

En vano lo encarcelaron en más de una docena de ocasiones. José María siguió batallando. “El trabajo era intenso; José María apenas pasaba por la casa. A veces nos encontrábamos en la calle, en cualquier lugar. Nos tenían chequeados constantemente. La Policía y el Brac no nos perdían pie ni pisadas; pero había que seguir la lucha”, evocó la esposa sobre aquellos difíciles años.

Solo la muerte pudo detenerlo. Pero aquellos a los que había dedicado su existencia no lo dejaron morir y a 60 años de ese fatídico 20 de noviembre lo recuerdan.

Meruelo, un personaje deleznable

Ciro Bianchi Ross • digital@juventudrebelde.cu
12 de Agosto del 2017 20:51:12 CDT

Era el 31 de diciembre de 1958, y, como otros batistianos connotados, Otto Meruelo Baldarraín acudió a la residencia presidencial de la Ciudad Militar de Columbia a fin de celebrar el Año Nuevo. Quizá la suerte lo ayudara y pudiera hacer un aparte con el dictador, escucharlo de cerca, chocar su copa con la suya. Pero el tiempo pasaba y el mayor general Fulgencio Batista, inmerso en los trajines secretos de la fuga, no aparecía. De cualquier manera, el ambiente no estaba para fiestas y Meruelo decidió volver a su casa.

—Vengo con un dolor de cabeza terrible. Me voy a mi habitación. No me moleste ni aunque me llame el Presidente de la República —dijo a la sirvienta en cuanto llegó a su domicilio de 3ra. esquina a 18, en Miramar.

Fue un error enorme. Un error del que no se cansó de arrepentirse durante los 53 años que mediaron entre aquella noche y su muerte, en Nueva York, el 23 de abril de 2011, a los 91 años de edad.

Se dice que desde Columbia alguien llamó para imponerlo de la fuga e invitarlo a sumarse a la comitiva, y Otto Meruelo, el perro ladrador de la TV cubana que durante años, desde su programa Por Cuba que salía al aire por CMQ, todos los mediodías después del Noticiero, «agotó el improperio, saqueó el epíteto y manchó la palabra» poblando de insultos y diatribas la conciencia oposicionista del pueblo de Cuba, no se enteró. La criada cumplió servilmente la orden de no molestarlo y el despreciable vocero de Batista supo de los acontecimientos cuando ya no podía engancharse ni en el último avión.

Su caso no fue el de José Suárez Núñez, director de la revista Gente, propiedad de Batista y enlace del dictador con los directores de medios que conformaban el Bloque Cubano de Prensa. En Santa Clara había constatado la difícil situación militar de la dictadura y pensaba conversar sobre eso con Batista en la fiesta de Año Nuevo, pero la esposa le dijo que la celebración se había suspendido. Le costó trabajo creerlo, pero terminó aceptándolo y se acostó a dormir. Una llamada de Columbia lo sacó de la cama. Hablaba uno de los ayudantes del dictador. Dijo que Batista había renunciado y que en los aviones listos para partir se habían reservado, por orden expresa del mandatario, dos asientos, uno para él y otro para Luis Manuel Martínez, periodista y líder de la juventud batistiana.

A esa hora a Suárez Núñez le pareció más factible buscar amparo en una embajada, pero ni la dominicana ni la argentina le abrieron las puertas. Volvió entonces a su casa, hizo que su mujer se vistiera con una blusa roja y una falda negra —los colores del Movimiento 26 de Julio— y ya en la calle de nuevo el matrimonio se sumó a una manifestación que dando vivas a la Revolución triunfante subía por la avenida 23. Con ella llegó la pareja hasta el restaurante El Carmelo. Allí un amigo accedió a llevarlos al aeropuerto militar. Le negó la posta el acceso, pero entraron al fin y lograron abordar el último avión que salía rumbo a la República Dominicana. Eran ya las diez de la mañana.

¿Llamaron en verdad a Otto Meruelo desde Columbia aquella noche o el cuento de la criada no pasa de eso, un cuento? Eso es lo que cree el escribidor pues no puede perderse de vista que el sujeto en cuestión no aparece en la relación de figuras que acompañarían al dictador en su fuga y que el propio Batista dictó a su secretario, el general Silito Tabernilla, y este escribió, avión por avión, en pequeñas hojitas color violeta.

Tan despreciable era Meruelo que hasta Batista se la dejó en la uña en el momento final.
Tembloroso y vencido

Un mes pasa escondido Meruelo luego de la fuga de Batista. Al fin lo detienen en la iglesia del Corpus Christi, en el Gran Bulevar del Country Club (calle 146). Lo conducen a lo que fuera la sede del Servicio de Inteligencia Militar (SIM) del ejército batistiano. El juicio por la causa 351 de 1959 tiene lugar en la fortaleza de la Cabaña. El fiscal es el capitán Juan Nuiry.

Decía en aquellos días la sección En Cuba de la revista Bohemia:

«Frente al tribunal, con el rumor indignado del público a la espalda, está de pie, ahora tembloroso y vencido, el sujeto que tantas veces, a lo largo del martirologio revolucionario, fue la estampa televisiva del vejamen batistiano.

«Durante los años agónicos de la dictadura, esa figura endeble, de facciones fofas y expresión resentida, ha vertido veneno con gesto y palabra sobre la Cuba combatiente, que se esforzaba por conquistar sus libertades. No existe evidencia mayor contra ningún acusado de la justicia revolucionaria. No hay repugnancia popular más viva que la que circunda y aplasta moralmente a Otto Meruelo.

«Cumplió el deleznable papel de vocero televisivo de la dictadura, y actuó como agente policiaco represivo. Tenía los grados de capitán honorario, un automóvil de chapa oficial, participaba en interrogatorios a revolucionarios detenidos en los cuarteles y llegó incluso a usar su programa para delatar el paradero de opositores al régimen».

Pregunta el fiscal si el acusado perteneció en alguna forma a los cuerpos represivos del batistato.

—En ninguna forma —balbucea Meruelo.

—¿Nunca usó uniforme?

El acusado responde que nunca.

Pero sucede que hay una foto que demuestra lo contrario, y el acusador se lo dice. Meruelo se defiende.

—No dije que nunca me lo había puesto, sino que nunca lo había usado —ensaya sofísticamente el reo. «Explica» el hecho: se trataba de obtener un nombramiento honorario para lograr acceso a oficinas públicas. Vistiendo uniforme, se facilitaban las gestiones.

Nuiry le muestra la foto. El acusado la reconoce y aclara que el uniforme se lo prestó un oficial de la ayudantía del doctor Santiago Rey, ministro de Gobernación (Interior).

Vuelve el fiscal a la carga. Le dice que cuando iba de civil usaba la insignia de capitán con tres galones en la solapa. Inquiere el fiscal si lo hacía también para identificarse.

—Se trataba de un adorno —comenta Meruelo. Nuiry pregunta entonces si usaba armas. Responde que arma corta. Solo arma corta.

—Usted dice que solamente usaba arma corta, pero aquí hay una fotografía donde aparece usted, en compañía del coronel Río Chaviano y el coronel Pedro Barreras, interrogando a un soldado rebelde. Y se le ve portando arma larga. Por lo visto, también interrogaba usted, señor Meruelo.

—Yo auxiliaba, no interrogaba.

—Cuando los sucesos de la prisión del Castillo del Príncipe, desde su automóvil, el auto con chapa oficial 219, se ofreció apoyo al carro 35 de la Policía —asegura el fiscal.

El acusado palidece, mira en derredor como suplicante, y al cabo dice, con voz débil:

—No recuerdo eso.

—Pues se le probará oportunamente, porque está grabado. De su automóvil se dijo, entre otras cosas, que se ofrecía con su personal «para lo que fuera necesario».
Es un delator

—Mis comparecencias en la televisión y mis escritos —se justifica Otto Meruelo—, tenían siempre marcada tendencia político-electoral, porque el Gobierno se oponía al hecho insurreccional y trataba de abrir caminos y soluciones de paz. De ahí que saliera yo electo en las últimas elecciones, pues fui devoto siempre de que la solución cubana se buscara por el camino de la paz.

Precisa que desconocía las torturas y los crímenes de Esteban Ventura y otros sicarios. Que si llamó «muerde y huye» a los rebeldes fue para definir el método de la guerrilla de atacar y desaparecer. Que los partes de guerra llegaban a veces de puño y letra de Batista, que el dictador también lo engañó a él. A una pregunta del fiscal, responde que tiene 39 años de edad. Asevera Nuiry: Pues ya está usted muy viejo para dejarse engañar.

Dispone el tribunal que se pase la grabación del último programa televisivo de Otto Meruelo, el 31 de diciembre de 1958. Empieza la transmisión y los sentimientos de los que colman el teatro de la Cabaña se dividen; unos, ríen; otros, se indignan. Meruelo glorifica a Batista, a José Eleuterio Pedraza y a Pilar García. Llama vendepatria a los rebeldes que asestan en Las Villas los últimos golpes al batistato, y anuncia la muerte de Che Guevara. Recalca: «Hay muertos que están bien muertos».

—Nunca utilicé la televisión para atizar odios entre hermanos ni incitar al crimen, dice el acusado al tribunal, pero enseguida se desploma, sudoroso y agotado. Sabe que está perdido.

Sigue la prueba testifical. Aida Pelayo, en nombre de las Mujeres Martianas, lo acusa de ser el responsable directo de las muertes de Gerardo Abreu (Fontán) y Oscar Alvarado, entre otros revolucionarios.

Comparece Arnaldo Escalona. Lo buscaba Ventura, encontró refugio en la Asociación de Reportes, de la calle Zulueta, y «Otto Meruelo me dedicó una transmisión completa. Fue un acto de delación, pues él sabía dónde me ocultaba. Ventura no tuvo tiempo de cogerme, pues pude salir de Cuba, escondido en la bodega de un barco».

Llaman a declarar al exiliado español José Luis Galbe, profesor de la Universidad de Oriente. Tiempo atrás, Meruelo denunció a los 40 catedráticos de dicha casa de estudios, adujo que era una «cueva» de comunistas, y en particular acusó de «rojos» al declarante y al profesor Juan Chabás, lo que ocasionó su muerte en virtud de padecer del corazón. Meruelo, añadió Galbe, quiere hacer pasar el incidente como una polémica. Yo no tuve polémica alguna con ese señor. Lo que hizo fue delatarme. Es un delator, no un polemista. Incitaba al crimen y ha hecho más daño que muchos asesinos de los que tenía Batista a su lado… En aquella ocasión me presenté yo mismo al BRAC —Buró Represivo de Actividades Comunistas— y el teniente Castaño, su segundo jefe, me estuvo interrogando durante cuatro horas. Al final me dijo: «Yo no lo hubiera citado, pero no me quedaba más remedio, después de la denuncia formulada contra usted por Otto Meruelo…».

El Tribunal Revolucionario condenó a Otto Meruelo Baldarraín a 30 años de privación de libertad. Su esposa y sus hijas recibieron una pensión de la Seguridad Social, y él, en la cárcel, se dice, trabajó como maestro. Cumplió 20 años. Nada sabe el escribidor de su vida a partir de entonces fuera de Cuba.

(En respuesta a la solicitud del lector Nyls Gustavo Ponce).

Este es un espacio de intercambio y reflexión, para demostrar la valía de un pueblo que se enfrenta al Imperio más poderoso del planeta con la seguridad absoluta en la Victoria porque le asiste la razón. Esas son las Razones de Cuba

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