#Cuba #Francia Alejo Carpentier, un embajador de Cuba y Francia

 

Mucho antes de que en 1966, luego de un viaje a Vietnam, Alejo Carpentier fuera nombrado Ministro Consejero de la Embajada de Cuba en Francia
31 de enero de 2016 22:01:31
Alejo Carpentier junto a su esposa Lilia Esteban, por París, un poco antes de su muerte.
Alejo Carpentier junto a su esposa Lilia Esteban, por París, un poco antes de su muerte. Foto: Marta Arjona
Mucho antes de que en 1966, luego de un viaje a Vietnam, Alejo Carpentier fuera nombrado Ministro Consejero de la Embajada de Cuba en Francia,  ya el escritor cubano había fungido, de hecho, como representante de las dos naciones y de los dos pueblos. Alejo dio a conocer en Francia, así como en gran parte de Europa y del mundo, lo más representativo de la Isla, mientras entregó a Cuba en páginas de revistas y periódicos la historia de la nación gala, sus orígenes, costumbres, historia y arte.
Todo empezó cuando un día de 1916, a la edad de 12 años, su padre —un arquitecto de pura cepa bretona— le puso en las manos los primeros libros de literatura que Alejo leyó en su vida. Eran tres ejemplares de la mejor literatura francesa, escritos por Honorato de Balzac, Emilio Zola y Gustavo Flaubert.
Le escuché decir al propio Alejo, ya famoso, que se bebió esas obras hasta la médula. Así empezó a conocer Francia, cuya lengua fue la primera para él luego de estudiarla des­de pequeño en París durante un viaje de sus padres a la capital francesa. Sin embargo, también dominó como pocos el castellano.
El haber recibido el Premio Miguel del Cervantes por la grandeza de la obra y la excelencia del lenguaje lo corroboran.
El destino hizo que fuera precisamente un gran poeta francés, Robert Desnoes (luego muerto en un campo de concentración nazi), quien le abriera las puertas de París, después de su salida de la prisión a donde Alejo fue a parar en represalia por sus actividades revolucionarias en el grupo Minorista, durante la dictadura de Gerardo Machado.
Es en Francia donde, en precarias condiciones económicas, estrecha el nexo cultural e histórico entre Francia y Cuba, que extiende a toda América Latina.
Cualquiera que se sumerja siquiera someramente en la bibliografía de Alejo Carpentier, realizada por Araceli García Carranza (obra minuciosa), hallará en sus más de 600 páginas miles de fichas  sobre la relación entre Francia y Cuba en la voz de Alejo Carpentier. Allí recibió y aportó conocimientos. Por ejemplo, la Radio Francesa le debe mucho, lo cual  fue reconocido, hasta después de su muerte.
Son muchos los artículos que escribió sobre Francia para los cubanos donde Alejo se refiere a La ciudad inmutable, obviamente París y sus rincones. “(…) Los rasgos típicos que matizan su existencia cotidiana, que co­munican un tinte peculiar a sus distintos sectores durante el día y la noche”, es una de las tantas descripciones que aparecen bajo su firma en la revista Carteles de La Habana.
Nada se le escapó nunca a Alejo Carpentier sobre Francia, incluyendo los hechos estéticos y políticos en las provincias. París, desde luego, tiene la primacía. Para él fue una grata revelación la Oficina del Vocabulario Francés, presidida por Georges Duhamel  “la cual tenía por objeto la conservación y defensa de la pureza de todo un idioma”. La lengua, su herramienta, fuera la española o la francesa, primaba.
La historia, tratándose de Francia o de Cuba, tiene su punto de convergencia y cúspide en una de sus obras maestras de literatura, la novela El Siglo de las luces, publicada en estreno ya en la Cuba revolucionaria.
Allá en Francia luchó por crear una revista que recogiera la cultura e historia de América Latina, especialmente la literatura y  con una colega—Elvira de Albear— fundó la revista Imán, aunque lamentablemente tuvo una vi­da efímera.
Grandes artistas cubanos, para mencionar solo tres: Rita Montaner, el músico Alejandro García Caturla, o el escultor Agustín Cárdenas, fueron elogiados por Alejo en París. Por demás un estudiante triunfador, Jorge Luis Prats, alumno del gran maestro Frank Fernández, también mereció su reconocimiento cuando ya Carpentier era, sin duda, uno de los novelistas más famosos del mundo, sin dejar de ejercer el periodismo, que le dio el pan para vivir desde su primera juventud.
Recuerdo que un día, próxima la mediano­che, el periodista Alejo Carpentier pasó un mensaje al periódico Granma por el teletipo. El responsable del equipo se llamaba Luis Gerardo. Entonces yo fungía como Jefa de  Información y me dijo: “Está entrando Car­pentier desde París, pregunta si tiene tiempo de redactar esta noche sobre el triunfo de un joven pianista cubano, ganador del concurso Margueritte Long, en París, primer estudiante de música que lo obtiene en Francia”. Ob­via­mente al día siguiente apareció la crónica de Alejo, escrita por él desde un teletipo de Prensa Latina. Acababa de regresar del teatro donde se premió al alumno Prats. Luego ha­bló por teléfono con Jorge Enrique Mendoza, director del periódico en aquel momento.
Car­pentier estaba eufórico por el triunfo de un muchacho cubano  en París.
Francia siempre hizo justicia al talento de Carpentier. En 1956 recibió allí el premio al mejor libro extranjero publicado en esa na­ción. Once de los críticos más famosos de Francia se lo otorgan a la novela Los pasos perdidos, traducida al francés por el eminente René L. E. Durand y publicada en la colección La Croix du Sub de la Editorial Gallimar, dirigida por Robert Callois. La obra tuvo en corto tiempo más de diez ediciones. Alejo propuso para Francia el título Le partage des Eaux (la división de las aguas) sugiriendo un hecho natural que ocurre en un punto del río Ori­noco.
El periódico Le Fígaro publicó un largo ar­tículo. Un párrafo dice: “Los pasos perdidos es un libro gigantesco. El cubano Alejo Car­pentier es, sin duda, uno de los más grandes escritores vivientes”.
Pero no es la única novela traducida de inmediato al francés, sino todas. Obviamente El reino de este mundo estuvo entre las primeras y se prolongó ese hecho hasta la última que escribió: La consagración de la primavera  (Le royaume de ce monde).
Las puertas de las universidades francesas estuvieron siempre abiertas para Carpentier y en ellas disertó no solo sobre su obra inmensa, sino también y mucho, sobre los grandes de Francia y obviamente entre ellos los tres autores que primero leyó, en francés, siendo un adolescente: Zola, Balzac y Flaubert.

José Martí: Contra anexión y anexionismo

 

31 enero 2016 | +
Hay cosas que, aunque sabidas, parece necesario repetir sin cansancio, para restar asideros a quienes prefieren ignorarlas. Los “ciegos y desleales” que José Martí repudió en su tiempo tienen continuadores hoy, y quién sabe hasta cuándo. Las evidencias no sugieren ingenuidad.
En 1871 –contaba 18 años– Martí señaló diferencias básicas entre Cuba y los Estados Unidos. En el cuaderno de apuntes numerado 1 en sus Obras completas, y ubicado en los inicios de su primer destierro español (1871-1874), escribió: “Los norteamericanos posponen a la utilidad el sentimiento.–Nosotros posponemos al sentimiento la utilidad”.
Se refiere a diferencias de composición, y añade: “si ellos vendían mientras nosotros llorábamos, si nosotros reemplazamos su cabeza fría y calculadora por nuestra cabeza imaginativa, y su corazón de algodón y de buques por un corazón tan especial, tan sensible, tan nuevo que solo puede llamarse corazón cubano, ¿cómo queréis que nosotros nos legislemos por las leyes con que ellos se legislan?”.
Solo por extrema desprevención cabría subvalorar el aserto “ellos vendían mientras nosotros llorábamos”, que recuerda una realidad: los Estados Unidos siguieron vendiendo pertrechos a España y desconocieron el derecho del pueblo cubano a la independencia por la cual se había alzado en armas en 1868.
Contraponiéndola con la estadounidense, Martí plantea: “Nuestra vida no se asemeja a la suya, ni debe en muchos puntos asemejarse”, y poco después agrega, con aleccionadora actualidad incluso para empeños revolucionarios de lograr eficiencia económica: las leyes implantadas en ese país le han dado “alto grado de prosperidad, y lo han elevado también al más alto grado de corrupción. Lo han metalificado para hacerlo próspero. ¡Maldita sea la prosperidad a tanta costa!”.
Con esa luz crecerá su pensamiento, y combatirá las falacias anexionistas desde dentro de aquella nación, donde vivió cerca de 15 años, durante los cuales caló en su estructura: “Viví en el monstruo y le conozco las entrañas, y mi honda es la de David”, escribirá en su carta póstuma a Manuel Mercado.

Hacia una nueva guerra necesaria

Devaluada por la realidad la manca “paz” del Zanjón, y sofocado el empeño de la Guerra Chiquita, Martí inicia los pasos que lo llevarán a encabezar los preparativos de la nueva etapa de lucha armada. Para ello tiene en cuenta el escollo anexionista. El 20 de julio de 1882 escribe a los generales Máximo Gómez y Antonio Maceo sendas cartas en busca del apoyo de ambos.
Al primero le habla de los obstáculos que deben vencerse para desatar la guerra y alcanzar el triunfo, y se detiene en uno: “Y aún hay otro peligro mayor, mayor tal vez que todos los demás peligros. En Cuba ha habido siempre un grupo importante de hombres cautelosos, bastante soberbios para abominar la dominación española, pero bastante tímidos para no exponer su bienestar personal en combatirla”.
A tal “clase de hombres”, como la llama, la define de este modo: “Todos los tímidos, todos los irresolutos, todos los observadores ligeros, todos los apegados a la riqueza, tienen tentaciones marcadas de apoyar esta solución, que creen poco costosa y fácil. Así halagan su conciencia de patriotas, y su miedo de serlo verdaderamente. Pero como esa es la naturaleza humana, no hemos de ver con desdén estoico sus tentaciones, sino de atajarlas”.
Sabe cuán dañinas pueden ser por su influencia antipatriótica, entreguista, y le dice a Gómez: “¿A quién se vuelve Cuba, en el instante definitivo, y ya cercano, de que pierda todas las nuevas esperanzas que el término de la guerra, las promesas de España, y la política de los liberales le han hecho concebir? Se vuelve a todos los que le hablan de una solución fuera de España”.
Para revertir semejante peligro, se plantea la creación de lo que él caracteriza en términos que no se corresponden con un bando político amorfo. Aunque todavía no tuviera en mente una organización delineada hasta el detalle, se piensa en el Partido Revolucionario Cubano, constituido diez años después.
En 1882 prevé: “Pero si no está en pie, elocuente y erguido, moderado, profundo, un partido revolucionario que inspire, por la cohesión y modestia de sus hombres, y la sensatez de sus propósitos, una confianza suficiente para acallar el anhelo del país–¿a quién ha de volverse [Cuba], sino a los hombres del partido anexionista que surgirán entonces? ¿Cómo evitar que se vayan tras ellos todos los aficionados a una libertad cómoda, que creen que con esa solución salvan a la par su fortuna y su conciencia? Ese es el riesgo grave. Por eso es llegada la hora de ponernos en pie”.

El fermento de la angustia

Se adelanta a señales alarmantes para alguien de su claridad, que se concentrarán a partir de 1889. Ese año sería, en marzo, el de su “Vindicación de Cuba”, y, desde el 2 de octubre, el de la Conferencia Internacional de Washington, que se prolongó, con sesiones espaciadas, hasta el 19 de abril de 1890.
El foro marcó “aquel invierno de angustia” en que Martí enfermó por la gravedad de los sucesos, y por lo ingente de sus desvelos y su empeño para contribuir a conjurarlos. En el verano siguiente el médico le indicó reposo, pero fue un descanso relativo: entonces brotaron sus Versos sencillos –en cuyo pórtico mencionó el invierno angustioso– y él buscó fomentar, entre estadounidenses progresistas, relaciones favorables al respeto merecido por Cuba y su derecho a la independencia.
Con “Vindicación de Cuba” impugnó enérgicamente injurias anticubanas publicadas en diarios estadounidenses. Pronto las refutó en el primero de ellos, y reunió en un folleto titulado Cuba y los Estados Unidos los textos injuriosos y su contestación, traducido todo al español y con una nota introductoria suya, que empieza así:
“Cuando un pueblo cercano a otro puede verse en ocasión, por el extremo de su angustia política o por fatalidad económica, de desear unir su suerte a la nación vecina, debe saber lo que la nación vecina piensa de él, debe preguntarse si es respetado o despreciado por aquellos a quienes pudiera pensar en unirse, debe meditar si le conviene favorecer la idea de la unión, caso de que resulte que su vecino lo desprecia”.
Sabe que hay ilusos a quienes seduce el esplendor material del vecino, y precisa: “No es lícito ocasionar trastornos en la política de un pueblo, que es el arte de su conservación y bienestar, con la hostilidad que proviene del sentimiento alarmado o de la antipatía de raza. Pero es lícito, es un deber, inquirir si la unión de un pueblo relativamente inerme con un vecino fuerte y desdeñoso, es útil para su conservación y bienestar”.
No refuta gacetillas marginales o propaladas por una facción política aislada: “The Manufacturer, de Filadelfia, inspirado y escrito por hombres de la mayor prominencia en el partido republicano, publicó un artículo ‘¿Queremos a Cuba?’ donde se expresa la opinión de los que representan en los Estados Unidos la política de adquisición y de fuerza. The Evening Post, el primero entre los diarios de la tarde en New York, el representante de la política opuesta, de aquella a que habrían de acudir los débiles cuando se les tratara sin justicia, ‘reiteró con énfasis’ las ideas de sus adversarios en el artículo ‘Una opinión proteccionista sobre la anexión de Cuba’”.

Contra el desprecio imperial

Los relevantes diarios dan voz al desprecio de Cuba por parte del pensamiento dominante en los Estados Unidos, contrario a que ella forme parte de la Unión. Se le reserva la condición de territorio dominado y saqueado, no un pedazo posible en la ciudadanía del Norte. Pero, aunque se le diera margen a esta opción, sería inaceptable para los revolucionarios que abrazaban la herencia de 1868 y de la Protesta de Baraguá.
Desbordaría estas cuartillas abundar en la valoración martiana sobre la Conferencia Internacional mencionada, a la que el gobierno estadounidense convocó en su afán de dominar a nuestra América, un paso dirigido a la conquista de la hegemonía mundial. Pero es insoslayable tener en cuenta al menos que ese foro azuzó las ilusiones de quienes veían en la anexión a los Estados Unidos la solución para Cuba, o querían verla.
Martí, veedor en lo hondo, las refuta rotundamente, y denuncia las verdaderas intenciones de los gobernantes de aquella nación, que busca ensayar “en pueblos libres su sistema de colonización”, y reserva un papel todavía más especialmente triste a los países de nuestra América que, por no haber logrado aún la independencia, serían presas más fáciles.
Cartas escritas en aquellos días por Martí, en especial las dirigidas a su compatriota y colaborador Gonzalo de Quesada Aróstegui –secretario de la delegación argentina, la cual brilló por su actitud ante las maquinaciones yanquis del foro–, confirman la angustia con que observa la fatídica reunión, que da pábulo al pensamiento anexionista. Con respecto a Cuba le advierte a Quesada:
“Sobre nuestra tierra, Gonzalo, hay otro plan más tenebroso que lo que hasta ahora conocemos, y es el inicuo de forzar a la Isla, de precipitarla, a la guerra,–para tener pretexto de intervenir en ella, y con el crédito de mediador y de garantizador, quedarse con ella. Cosa más soberbia no la hay en los anales de los pueblos libres:–ni maldad más fría”.
Tan macabra es la trama, que él se plantea: “¿Morir, para dar pie en qué levantarse a estas gentes que nos empujan a la muerte para su beneficio? Valen más nuestras vidas, y es necesario que la Isla sepa a tiempo esto. ¡Y hay cubanos, cubanos, que sirven, con alardes disimulados de patriotismo, estos intereses!”. Y concluye: “Vigilar, es lo que nos toca; e ir averiguando quién está dispuesto a tener piedad de nosotros”. Pero, lejos de sentarse a esperar por actos piadosos, se afana en reforzar los preparativos para la contienda.

Confirmación de la historia

Las previsiones martianas la avalarán la realidad impuesta por la intervención con que los Estados Unidos frustran la independencia de Cuba y se adueñan de Puerto Rico. En la primera, donde no pueden obviar la beligerancia del ejército mambí, se las arreglan para desmovilizarlo; en la segunda, el camino “pacificador” abonado por el autonomismo facilita el sometimiento colonial que aún hoy perdura.
Razones hallan quienes estiman que, con su desprecio hacia nuestros pueblos, el imperio aceptaría la anexión de Puerto Rico, si acaso, únicamente cuando tuviera la certeza de que su pueblo está dispuesto a tolerar la humillación absoluta. Pero eso no lo ha conseguido el Norte en más de un siglo.
Martí concibe una contienda organizada con la eficacia necesaria para frenar los planes estadounidenses, pero estos hacen abortar en el puerto de Fernandina la sorpresa con que él busca dejar a los imperialistas sin tiempo de intervenir en la guerra. Para ello debe ser “breve y directa como el rayo”, según anuncia en un artículo de 1893 titulado precisamente “‘¡Vengo a darte patria!’ Puerto Rico y Cuba”.
En la carta póstuma a Mercado testimonia su certidumbre de que ya en lo fundamental la guerra no es contra el ejército español, sino contra las maniobras de los Estados Unidos. A ello, no a su pensamiento antimperialista, se refiere cuando dice: “En silencio ha tenido que ser, y como indirectamente”.
Al amigo mexicano le habla de la entrevista que en campaña ha tenido con el corresponsal de The New York Herald, Eugene Bryson, quien le ha dado a entender algo que no lo sorprende: “llegada la hora, España preferiría entenderse con los Estados Unidos a rendir la Isla a los cubanos”. La perfidia se consuma en 1898 en el Tratado de París, con la humillación de la derrotada metrópoli.
Tanto le preocupan a Martí las jugarretas anexionistas que el vocablo anexión le salta a la pluma, en el espacio de pocas líneas, para referirse indistintamente a la posible alianza entre la potencia que decae y la emergente, y a la anexión en su más extendido uso político. Sabe necesario “impedir que en Cuba se abra, por la anexión de los Imperialistas de allá y los españoles, el camino, que se ha de cegar, y con nuestra sangre estamos cegando, de la anexión de los pueblos de nuestra América, al Norte revuelto y brutal que los desprecia”.

Contra la complacencia de la sumisión

El corresponsal del Herald le ha mencionado también “la actividad anexionista”; pero él –que la sabe fuera de los verdaderos planes del imperio– la considera “menos temible por la poca realidad de los aspirantes, de la especie curial, sin cintura ni creación, que por disfraz cómodo de su complacencia o sumisión a España, le piden sin fe la autonomía de Cuba”.
Tal especie está “contenta solo de que haya un amo, yanqui o español, que les mantenga, o les cree, en premio de su oficio de celestinos, la posición de prohombres, desdeñosos de la masa pujante,–la masa mestiza, hábil y conmovedora, del país,–la masa inteligente y creadora de blancos y negros”.
Con posibilidades de éxito o sin ellas, anexionistas y autonomistas encarnan posiciones antinacionales: coinciden en la voluntad de someterse a los Estados Unidos o a España para seguir enseñoreados sobre el pueblo trabajador. Son soporte de un pensamiento de subordinación que agrada a los imperialistas, porque les allana el camino para dominar a Cuba.
Muerto Martí en 1895, los sucesos que se desencadenan desde 1898 con la intervención estadounidense corroboran la lucidez del guía revolucionario. Cuba libre, película reciente, recrea aquellos hechos, y no parece haber tenido que esforzarse el director para que parezca destinada, más que a leer aquel pasado, a plantear advertencias necesarias hoy.
Tras más de 50 años intentando asfixiar a la Revolución Cubana con agresiones armadas y un férreo bloqueo que perdura, el imperio busca parecer que abre caminos para beneficiar a Cuba. También lo hizo en 1898, cuando procuró pasar como su aliado en pos de la independencia que ella había probado merecer y él le frustró.
Como a finales del siglo XIX, la anexión con que algunos han soñado sigue siendo una fantasmagoría de poca probabilidad de realización: el imperio no la desea, y es incompatible con la resistencia protagonizada por el pueblo cubano. Pero el pensamiento vinculado con dicha opción, el anexionismo, sigue abonando posiciones aliadas del imperio. No es necesario que la anexión se dé para que el anexionismo sea nocivo.
Un pueblo dominado culturalmente por el imperio está en camino de aceptar lo que él se proponga imponerle. Como relata Martí en una de sus crónicas sobre la Conferencia Internacional de 1889-1890, el gobierno de los Estados Unidos les ofreció a los delegados hispanoamericanos un singular paseo en un tren palacio.
Para que la desfachatez de la insolencia quede más al desnudo, el periodista revolucionario cita la prensa del país anfitrión: “Se abre el Herald, y se lee: ‘Es un tanto curiosa la idea de echar a andar en ferrocarril, para que vean cómo machacamos el hierro y hacemos zapatos, a veintisiete diplomáticos, y hombres de marca, de países donde no se acaba de nacer’”.

Más que un tren, toda una industria

Hace mucho que episodios como el de aquel tren palacio han dado paso a una poderosa maquinaria cultural (o anticultural) que difunde en el planeta las “bondades” del modo de vida estadounidense. Un mínimo inventario de la programación televisual mostraría que hasta en Cuba, firme en su lucha antimperialista, circulan frutos de esa maquinaria, directamente o a partir de la influencia que, como si fuera algo natural e ineludible, ella ejerce en parte de lo producido en el país.
Que haya cubanos y cubanas que ostenten sobre su cuerpo, y en sus vehículos, incluso en algunos de la administración estatal, banderas de los Estados Unidos, y crean que de allí pueden venir las soluciones que Cuba necesita, no admite ingenuidad en el análisis al cual está llamada la nación. No se trata de prohibir o controlar actos que deben ser individuales –no es el caso de automóviles y establecimientos de la administración estatal–, pero sobran motivos para repudiar, como Martí al anexionismo, hechos que ocurren en nuestro entorno en materia de identidad cultural y símbolos de naturaleza política.
También en ese terreno conservan vigencia el ejemplo y la prédica de Martí. No basta estimar que la anexión es inviable y la Revolución invencible, cuando pululan señales de formas de pensar y actuar en las que subyace la costra tenaz del coloniaje condenada por Rubén Martínez Villena, y arropada con símbolos que oficialmente representan a la potencia imperialista.
Deberían, sí, ser símbolos de un pueblo; pero este no vive en el vacío, sino en la nación sede del imperio que –en función de los graves crímenes que comete para mantener la hegemonía con que actúa contra el mundo– pretende seguir manipulando el pensamiento de su propia ciudadanía.
Ese imperio se hizo hegemónico rompiendo el equilibrio mundial que Martí quiso salvar con la independencia de Cuba, de las Antillas, de nuestra América toda, aunque ciegos y desleales prefieran ignorar la historia, la realidad, como si con ello salvaran su conciencia.
(Tomado de Bohemia)

#Cuba #Francia Comienza hoy Raúl Visita de Estado a Francia (+ Programa Oficial)

 

1 febrero 2016 |

 Desde hace algunos días la Avenida de los Campos Elíseos está ataviada a ambos lados con banderas cubanas y francesas. Foto: Cubaminrex

PARÍS, Francia.—Cuando a las diez de la mañana de este lunes el Presidente cubano Raúl Castro Ruz acuda a la ceremonia de recibimiento en el Arco de Triunfo, comenzará de manera oficial su visita de Estado a esta nación, a donde acude por invitación de su homólogo francés François Hollande, lo cual reafirma el excelente estado de las relaciones bilaterales entre ambos países y la voluntad de consolidar el diálogo político al más alto nivel.
Según ha trascendido, en la tarde Raúl será recibido en el Palacio del Elíseo por el mandatario francés, con quien sostendrá allí conversaciones oficiales que darán continuidad a los temas abordados en la visita de Hollande a La Habana.
Se espera además la firma de varios acuerdos y declaraciones que, en las jornadas previas a la visita, la delegación cubana trabajó con su contraparte, relativos, entre otros, al tratamiento de la deuda, la agenda económica comercial y las negociaciones para el establecimiento en Cuba de la Agencia Francesa de Desarrollo.
El viaje del General de Ejército a París ha si­do calificado por la parte gala como visita de Estado, que es la clasificación de más alto ni­vel, según las normas del protocolo. Es esta una de las razones por las cuales desde hace al­­gunos días la Avenida de los Campos Elíseos, la principal arteria de la urbe parisina, está ataviada a ambos lados con banderas cubanas y francesas.
Las relaciones diplomáticas entre ambos países tienen más de un siglo de instauradas y con esta visita alcanzan su punto más alto, en un contexto marcado por el reciente acuerdo logrado con el Club de París, en el que Francia tuvo un papel significativo, y por su liderazgo en la construcción de una nueva etapa en las relaciones de Cuba con la Unión Europea.
En paralelo al programa oficial, estará se­sionando el martes un foro empresarial don­de la comitiva cubana —encabezada por el vi­ce­presidente del Consejo de Ministros, Ri­cardo Cabrisas Ruiz, y el titular de Co­mer­cio Exterior y la Inversión Extranjera, Rodrigo Mal­mierca Díaz— hará una presentación al em­presariado francés sobre la nueva Ley de In­versión Ex­tranjera, la Cartera de Oportu­ni­dades de negocios y la Zona Especial de De­sarrollo Mariel.
Actualmente Francia es el décimo socio comercial de Cuba y, según el sitio web de su cancillería, unas 60 empresas de esa nación europea están presentes en la isla caribeña.
Agrega el portal que la inversión francesa más importante es la del grupo Pernod-Ricard (ron Havana Club) y otras grandes empresas participan en proyectos de desarrollo en los sectores del turismo, la construcción, las telecomunicaciones, el energético y el transporte.
(Tomado de Granma)

PROGRAMA OFICIAL DEL PRESIDENTE CUBANO

Lunes 1 de Febrero de 2016
10h00 Ceremonia de recibimiento oficial en el Arco de Triunfo, en presencia de  Mme. Ségolène Royal, ministra de Ecología, Desarrollo sostenible y Energía.
17h00 Encuentro bilateral con el Presidente de la República Francoise Hollande.
18h00 Firma de Acuerdos
18h15 Declaración conjunta ante la prensa
20h00 Cena de Estado en honor del Presidente cubano.Palais de l’Elysée
Martes 2 de febrero de 2016
9h00 Encuentro con Mme Irina Bokova, Directora Generla de la UNESCO.
11h00 Encuentro con M. Claude BARTOLONE, Presiente de la Asamblea Nacional.
12h30 Encuentro con M. Gérard LARCHER, Presidente del Senado.
15h30 Encuentro con Mme Anne HIDALGO, Alcaldesa de Paris.
18h00 Encuentro con M. Manuel VALLS, Primer Ministro.
19h00 Visita al Museo del Hombre.