Terrorismo en Le Van Tam, la mano asesina del Imperio. #Cuba #TenemosMemoria

incendio
Publicado el mayo 8, 2015 por micubaporsiempre

Por Israel Valdés Rodríguez*
A las 4 y 45 de la tarde del 8 de mayo de 1980, en Marianao, en un edificio de diez plantas donde estaba ubicado el mayor círculo infantil de Cuba, el Le Van Tanh, se originó un incendio. Desde el primer piso el fuego alcanzó los pisos superiores e inmediatamente afectó los dos ascensores y la escalera de acceso a las diferentes plantas. Como resultado quedaron atrapados en los pisos superiores 570 niños y trabajadores del círculo infantil. La situación se tornó realmente crítica. Sólo gracias a la audaz y valiente actuación de los bomberos y de las autoridades cubanas, apoyados por la rápida movilización de la población que acudió de inmediato al lugar del siniestro, se logró evitar una posible catástrofe de incalculables consecuencias y rescatar a todos los que habían quedado atrapados por el fuego.
Los especialistas y peritos del Ministerio del Interior de Cuba, que investigaron minuciosamente el lugar de los hechos, llegaron a la conclusión de que se trataba de un incendio provocado intencionalmente. Estos actos terroristas eran el sello distintivo de las organizaciones contrarrevolucionarias que actuaban bajo el beneplácito de la CIA tales como la explosión del buque La Coubre, el incendio a las tiendas El Encanto, La Época, Flogar, el incendio del cine Cándido en Pinar del Río y una lista infinita de sabotajes, que costó numerosas victimas humanas. En las pesquisas se pudo comprobar que seutilizaron artefactos explosivos altamente inflamables, producidos en laboratorios de la CIA y que eran enmascarados en petacas de cigarrillos.
El 12 de julio de 1998, en una entrevista realizada por el The New York Time al señor Luis Posada Carriles expresó: “La CIA nos lo enseñó todo, cómo usar explosivos, hacer bombas…nos entrenaron en actos de sabotaje.”
A pesar de todo Carriles y otros cientos de terroristas continúan viviendo libremente en territorio norteamericano.
* (San Antonio de los Baños, 1952) profesor e historiador, miembro del secretariado permanente de la Unión de Historiadores de Cub

El último mercenario de Girón

Momento en que Conte fue capturado luego de fugarse de la cárcel. Foto: Cortesía del entrevistado
JR ofrece detalles sobre cómo capturaron en La Habana a un antiguo policía batistiano, el agente 6443, devenido mercenario de la brigada invasora 2506
Luis Hernández Serrano
serrano@juventudrebelde.cu
19 de Abril del 2016 23:17:51 CDT
Nunca salía de la casa. Estaba encerrado como en una cárcel. Al oír un ruido, se escondía en el closet. Su única distracción era mirar por las persianas, porque si salía a la calle sabía bien que lo atraparían al momento.
Esta historia la cuenta el teniente coronel retirado del Ministerio del Interior Rolando de la Paz Alfonso, quien en unión de su jefe, Próspero Roberto de la Paz Alfonso, y de otros oficiales, capturó audazmente al mercenario de Girón Ramón Bernardo Conte Hernández, en el reparto habanero de Lutgardita, en Rancho Boyeros, donde se escondió desde que escapó de un establecimiento penitenciario en que cumplía condena de 30 años, luego de ser capturado el 23 de abril de 1961 y juzgado por los crímenes cometidos antes del triunfo de la Revolución.

Rolando de la Paz fue el oficial que llevó directamente el caso.
En sigilosa y rápida operación comando, los agentes del Minint penetraron en la vivienda donde hacía poco más de dos años se refugiaba el fugitivo, encubierto por un cómplice desafecto de la Revolución.
Rolando de la Paz fue el oficial que llevó directamente el caso y domina el expediente y la trayectoria de este mercenario, que se fugó el 11 de agosto de 1969 y estuvo oculto hasta su captura a principios de 1972.
«Antes de 1959 —evoca Rolando de la Paz— a Conte Hernández le decían «El Chama»; había sido agente de los órganos represivos de la tiranía de Batista. No era un improvisado cuando tiempo antes de abril de 1961, en Estados Unidos, entró a la brigada mercenaria 2506.
«Comenzó su carrera delictiva en trajines gansteriles en 1950. Desde los 16 años portó armas de fuego y pronto se vinculó a grupos que resultaron ser pandilleros y pistoleros, como el jefe de los Tigres, Rolando Masferrer Rojas, al servicio de la dictadura. También compartió acciones ilegales con Mario Salabarría Aguiar, Jesús González Cartas, El Extraño; Orlando León Lemus, El Colorao; Rogelio Hernández Vega, Cucú, y otros bandidos y matones.
«Él mismo declaró: “Con ellos aprendí un poco de todo. Me involucré en homicidios, acusaciones por extorsión, fraudes, torturas, corrupción y abusos. Desde mi posición fui delegado de la ruta 79 y me opuse al líder obrero José María Pérez Capote. Al poco tiempo pasé a trabajar con Eusebio Mujal en la CTC, como activista profesional, y en los primeros meses de 1958 ingresé a la Policía”».
—¿No cayó preso entonces Ramón Bernardo Conte?
—Sí, ya había sido fichado antes por el Buró de Investigaciones de Batista, ubicado en 23 y 32, en el actual municipio de Plaza, cuyo jefe era el coronel Orlando Eleno Piedra Negueruela.
—¿Qué delito había cometido en esa primera etapa?
—Su primer homicidio tuvo lugar precisamente por esos años. Se lo resumo así: en la Calzada de Concha, esquina a Cristina, dos hombres conversaban, cuando un sujeto alto, fuerte, de pelo castaño y bigote espeso, se acercó a ellos. «Oye, Ñico, ven acá, ¿qué hubo con la plata?». Se apartaron y la discusión se volvió agria. «¡Ahora no puede ser!». El Chama se llevó las manos a la cintura. «¿Me vas a matar?, ¡mira que estoy desarmado!». Sonó un disparo… El Chama emprendió una veloz carrera, tomó un ómnibus de la ruta 12 y logró escapar.
—¿Lo atraparon enseguida?
—No. Fue detenido al año siguiente, en su domicilio, por agentes del mismo Buró de Investigaciones y de la Policía Nacional.
—¿Lo acusaban de algo más?
—Sí, de pertenecer a una organización ilícita. Y en marzo de 1951, luego de un proceso judicial, fue enviado al Castillo del Príncipe, para cumplir la sanción impuesta.
—¿Qué tiempo estuvo allí?
—Hasta el golpe de Estado batistiano de 1952, fecha en que logró salir de la prisión, sin contratiempo alguno.
—¿Y a qué se dedicó?
—Entre otros ardides, a penetrar el movimiento obrero en el lugar donde comenzó a trabajar, que fue en la ruta 7 de los Ómnibus Aliados, cuyo dueño era amigote suyo. Recuerde que la represión batistiana necesitaba gente sin escrúpulos, de ahí que sus antecedentes penales avalaron su ingreso a la Policía, el 9 de junio de 1958.
—¿Qué tarea asumió en ese cuerpo represivo?
—Integró el Grupo Especial 5, dirigido por el coronel Conrado Carratalá Ugalde y por el teniente coronel Esteban Ventura Novo.
—¿Qué misión cumplía ese grupo?
—La ubicación, investigación, detención, registro, interrogatorio, tortura y asesinato de jóvenes revolucionarios. ¡El agente 6443 aprendió rápido! Y el 6 de agosto de ese mismo año recibió su primer ascenso en grado.
—¿Ahí concluía su ficha?
—¡No! Dos causas —por asesinato—, en las cuales aparecía vinculado a los ejecutores, ampliaron su expediente tenebroso.
—¿Y qué hizo al llegar 1959?
—Estaba de guardia el 31 de diciembre de 1958; oyó por la microonda de un auto de la Policía la huída del tirano en la madrugada del 1ro. de enero, y con otros 13 esbirros se las arregló y se fue para Miami, donde laboró en distintas factorías y en 1960 se alistó en la brigada mercenaria 2506.
Simple cambio de uniforme
Así Conte Hernández cambió su uniforme de policía de Batista por el de mercenario. Pero en Cuba cayó en poder de la Revolución el 23 de abril de 1961, en las costas de Isla de Pinos (hoy Isla de la Juventud), a bordo de una lancha donde huyó junto a otros mercenarios, luego de la fulminante derrota en Playa Girón.
Se sabe que más de mil mercenarios fueron cambiados fundamentalmente por compota, menos los que tenían delitos muy graves en su hoja represiva, como era el caso de este sujeto.
«Al ser juzgado por los Tribunales Revolucionarios —argumenta Rolando de la Paz— se estableció su vinculación directa con las acciones criminales, y fue sancionado a 30 años de cárcel.
«Al respecto comentó él: “Pensé que se podía presentar alguien y complicar mi situación; por eso en cuanto me fugué traté de salir ilegalmente del país”.
«El 8 de septiembre de 1961 —afirma nuestro entrevistado— fue juzgado por el Tribunal Revolucionario de la actual provincia de Villa Clara, en la Causa 833/61, en unión de otros 14 invasores de grave historial delictivo. Con él estaban en el banquillo de los acusados Ramón Calviño Ínsua, otro amigo de su adolescencia. De Calviño, manifestó: “Era agente de Esteban Ventura en la 5ta. Estación; y yo del Grupo Especial 5, con el coronel Conrado Carratalá Ugalde”».
También estuvieron involucrados en la vista pública Rafael Soler Puig, El Muerto, y el miembro del Ejército Jorge King Yung, El Chino King. Cinco de ellos fueron condenados a la pena máxima.
«El 11 de agosto de 1969 un exrecluso contrarrevolucionario lo ayudó a escapar de la prisión, y otro individuo lo encubrió y lo escondió en su casa. El plan de fuga se elaboró antes de esa fecha.
«Su encubridor fue sancionado a diez años de privación de libertad, por estar preparando su salida ilegal del país mediante la violencia. Al cumplir parte de la sanción, fue puesto en libertad, abandonó el país y murió en 1991 en Estados Unidos».
Conte prisionero
Ya en prisión, conforme diría el mismo mercenario, era un hombre informado, leía diariamente los periódicos, oía radio y veía la televisión. Aclaró que mantenía las ideas por las que estaba preso, pero que nunca fue partidario de crear problemas a las autoridades penales. «Cuando un grupo numeroso no quiso aceptar el nuevo uniforme, yo me lo puse», dijo, y aclaró: «Siempre supe que en la prisión se está por un delito cometido, y el reglamento lo aplican las autoridades. De esa manera respeté y me respetaron. Reconozco que el pago por la jornada laboral en la cárcel es una importante ayuda a la familia. En mi caso no tenía mucha presión. Cuando pedí una ayuda económica para mi madre, enseguida me la concedieron».
La captura del prófugo
El oficial del caso precisa en forma novelesca, cómo Conte fue capturado: «Escuchaba un juego de pelota. El cronista narraba: “Final del noveno inning. El equipo Habana pierde frente a los Azucareros siete carreras por tres. Última oportunidad de los marrones. En la lomita el estelar Macía… Ahí… viene el lanzamiento…”.
«Son las diez pasado meridiano del martes 1ro. de febrero de 1972. El ruido del picaporte distrae la atención de El Chama, quien pregunta: “Jorge, ¿eres tú?”.
«De pronto: “¡Estás preso, Conte, levanta las manos!”. Nuestro fotógrafo acciona el obturador de la cámara, y una y otra vez el destello de luz del flash hiere el rostro sorprendido y pálido del fugitivo. “¡No disparen, me entrego!”. La radio sigue transmitiendo el juego, pero el tan buscado prófugo de la justicia no puede escuchar el desenlace del último inning».
Antes de cumplir su sanción, el sábado 18 de octubre de 1986, el Gobierno de Cuba, en respuesta a gestiones realizadas por el senador norteamericano Edward Kennedy, y como prueba de la generosidad de la Revolución, le concedió la libertad y el permiso para viajar a Estados Unidos —en compañía de su señora madre— al último mercenario vencido y preso en esta Isla.mercenario captutadoMinint

El privilegio de tener una madre así

sábado, 4 de febrero de 2012
Mi madre, Martha Alicia Godoy Muñoz.
Percy Francisco Alvarado Godoy
La evocación hacia mi madre es permanente en mí, pues ella vive en mi corazón como una llama siempre viva y ardiente; sostenida en las añoranzas y bellos pasajes de ternura, en los que repatió dentro de los míos dos cosas definitorias en nuestras vidas: primero, su intenso amor a Cuba y, segundo, su antimperialismo militante, expuesto en cada minuto de su vida en las trincheras más sencillas del avatar de un revolucionario.
Comparto hoy con mis lectores estas evocaciones sobre quien fue, además de uno de los seres humanos que más nutrió a mi vida, la anónima madre Percy
Son, en realidad, algunos pasajes de mi libro “Confesiones de Fraile” donde hago un recuento de momentos dolorosos para mí, aunque muestran la estatura moral de esa noble mujer curtida por una vida de amarguras, las que no pudieron matar su invencible optimismo.
● El primero ocurrió el 26 de junio de 1954. Ese día las tropas mercenarias casi llegaban a la capital. El ejército había traicionado al pueblo negándole las armas. Mi padre intentó detenerlos en Chiquimula con unos pocos hombres, pero su esfuerzo fue en vano. Los invasores dejaban destrucción y muerte tras su paso. Con indolencia masacraron a mucha gente humilde que sólo quiso amasar un sueño puro por primera vez en su vida. Nada se pudo hacer para evitarlo. Tal vez sólo morirse en el empeño por impedirlo.
Llegó el momento, pues, en que mi padre supo que sólo le quedaba una cosa por hacer: ir a buscar a su mujer y a sus cuatro hijos pequeños y salvarlos de la amenaza enemiga. Cuando logró hacerlo, la huida fue difícil. En un pequeño camión de volteo nos metió a todos y tomó el rumbo a Ciudad Guatemala. Un avión enemigo, piloteado quizá por un norteamericano, comenzó a disparar sus ametralladoras contra el vehículo en fuga. No les quedó a mis padres otra opción que detener el camión y escondernos debajo de unos equipos pesados ubicados a un lado de la carretera. El piloto, entonces, se ensañó con mi familia.
Disparó sus balas sin piedad sobre quienes permanecíamos ocultos entre las moles de hierro y la tierra húmeda. Los niños llorábamos de miedo, aterrados ante la muerte y el peligro. Mi madre no pudo contener la rabia que le estallaba dentro del pecho. Demasiado odio contra el invasor le inundó el corazón e, imitando a una fiera acorralada con sus cachorros, tomó en sus brazos a mi hermana más pequeña —de apenas cuatro días de nacida—, y corrió hacia el camino desprotegido. No le importó la muerte que nos acechaba, ni los desesperados gritos de mi padre ordenándole que se ocultara. Con lágrimas en los ojos, lágrimas de puro rencor, la vi alzar su crispado puño hacia el cielo y la escuché gritar desesperada:
—¡Yanquis hijos de puta! ¡No nos rendiremos!
No sé si fue ese gesto heroico de mi madre el que impactó al piloto invasor o se hartó de tanta muerte que ya había provocado. Lo cierto es que desistió en su empeño de asesinarnos y regresó a la base tripulando su máquina de muerte.
Entonces todos salimos al camino y nos abrazamos a mi madre. En los ojos de papá alcancé a percibir tanta desolación y tristeza que ese instante marcó mi vida para siempre. A papá nunca lo había visto así, adolorido y taciturno, abrumado por la impotencia como lo vi ese día. Se le habían derrumbado, de repente, los sueños acariciados desde la misma infancia de miserias y platos vacíos. De pronto, la frustración le carcomió el alma, cual un gusano voraz e insaciable. Era como si la propia vida amamantara —para mi viejo— sólo malas jugadas.
Siempre admiré a mi madre, desde el minuto mismo en que no le importaron las balas criminales impactando al lado de sus hijos indefensos y la vi lanzarse ante el peligro con el dolor temblándole en cada milímetro de su fogosa sangre. En su pecho de mujer se había acrecentado el odio a la injusticia y, sobre todo, un naciente antimperialismo que marcaría para siempre al resto de mi familia. Con ese fuego nos alimentamos diariamente a partir de ese día aciago para Guatemala. Con esa amarga pero estimulante pasión justiciera sobrevivimos, desde entonces, convirtiéndola en brújula de nuestros actos del futuro.
● Varios años después, el 15 de abril de 1961, se repitió la misma historia. El imperialismo norteamericano atacó a Cuba, otro pueblo de nuestro continente. En la pequeña isla caribeña estaban esas mismas personas y, paradójicamente, todos peleando en la misma trinchera de combate. Las circunstancias, sin embargo, eran diferentes: esta vez no había miedo en nosotros, sólo seguridad en el futuro. Tampoco había frustración en la mirada de mi padre; sólo optimismo descarnado y genuino. Ni siquiera el dolor provocado por la traición y la indiferencia. En este luminoso presente la solidaridad les latía en el pecho como sostén del porvenir y todos ellos, mis familiares, estaban dispuestos a no dejarse arrebatar la victoria. Esta vez, no.
Durante los días de Girón mi madre se enfrentó, de nuevo, a los aviones enemigos que atacaban a Ciudad Libertad. En esta oportunidad le tocó otra vez defender a sus hijos de la muerte y a los hijos de la tierra
cubana que nos acogió como a hermanos. Con un pequeño revólver calibre 38, enardecida por la misma rabia de antes, mamá disparó a esos aviones sin temor a morir. De su garganta salieron unas pocas palabras
que resonaron cual una premonición:
—¡Gringos, hijos de puta, aquí no harán lo que nos hicieron en Guatemala!
● Junto a la brisa que me regalaban el mar y la noche cual una caricia, también me abrazó la memoria el recuerdo de la amada y lejana Argentina, erguida poderosamente en mi sensibilidad a fuerza de añoranzas y
sinsabores. Las frías madrugadas porteñas regresaron para helarme el corazón, lanzándome a aquellos lejanos recodos del dolor como si yo estuviera más desarmado y malherido que ayer. De nuevo un bandoneón me lloraba en el alma con su música cruel y lastimera, hablándome de aquellos duros tiempos que yo quería olvidar definitivamente. Debo reconocer que en el Buenos Aires de los años 50, empecé a amar cada cosa sencilla de la vida.
En Buenos Aires también conocí la muerte más cerca que nunca antes. La muerte nos deja siempre un amargo sabor en los labios y nos desertifica poco a poco hasta el alma. Ahora, pues, me asaltó la memoria el recuerdo de Érico con sus cuatro años rotos para siempre, golpeándome su ausencia mortalmente.
Todo ocurrió una fría madrugada de Burzaco, pequeño pueblo situado en las afueras de la capital. Allí nos concentrábamos gran parte de los guatemaltecos que llegamos asilados a la Argentina. Las familias apenas
alcanzaban a sobrevivir hacinadas en enormes galpones, grandes cobertizos de madera desprovistos de puertas y ventanas. Mientras los niños dormíamos en catres, nuestros padres lo hacían de pie, más bien recostados sobre láminas de zinc dispuestos a obstaculizar el frío nocturno, empeñado en colarse en el lugar. Unas sábanas suspendidas de finos cordeles establecían fronteras entre cada grupo, delimitando el espacio propio de cada uno y resguardando frágilmente nuestra intimidad. En uno de esos tristes y helados territorios familiares comenzó la tragedia. Érico, incapaz de soportar la glacial invasión de la noche, se levantó y trató de arrastrar una pequeña calefacción de keroseno que había en un extremo del galpón. No fue suficiente su fuerza para lograr este propósito y el pequeño, asustado, no pudo evitar que el aparato le cayera encima.
El pobre niño, convertido en hoguera, corrió desesperado por el lugar. Sus gritos aterradores y las llamas que devoraban las sábanas fronterizas, despertaron a los ocupantes del lugar. Todos trataron de salvarse del voraz fuego de la mejor forma posible. Corrieron hacia la oscuridad exterior. Y todos se salvaron, menos cuatro niños.
Un rato después, cuando la claridad del nuevo día flotó indiferente sobre nuestra pena, los cuatro niños carbonizados fueron conducidos en brazos de los hombres y mujeres al hospital Rawson. Toda la distancia
se hizo a pie. Vencimos los kilómetros del camino con las piernas empapadas por el rocío de la madrugada. Mi madre llevaba en sus brazos a una pequeña de dos años, envuelta en una sábana manchada de sangre
y cenizas. Nunca olvidaré ese instante. La buena mujer dejaba escapar sobre sus mejillas lágrimas desesperadas. Se sentía martirizada con saña e indolencia. Llevaba consigo a la pequeña que apenas ayer corrió entre nosotros y quiso ser la alegre compañera de nuestros juegos infantiles. Su rubio pelo había desaparecido. El breve latir de su corazón habíase apagado para siempre. Ahora, de seguro, ella flotaba en aquel mundo feliz que todos, casi sin excepción, imaginábamos lejos, muy lejos de Burzaco. No olvido a mi madre aquella mañana, caminando estremecida de dolor y con la temprana muerte sostenida entre sus brazos; dolida con creces; lacerada en su alma.
● Al principio no alcancé a prever que las cosas serían así, de manera tan extraña. No lo concebía. Pero, a la larga, tuve que esconder el amor a mis convicciones en el rincón más olvidado y anónimo de mi corazón.
Y en un lento, amargo y costoso deterioro, mi vida dejó de ser mi propia vida y comenzó a crecer una leyenda, la del otro Percy, la vida del hombre que había cambiado, traicionando la causa de sus padres y amigos.

Mis padres
Lo más triste es que tuve la completa certeza de que jamás llegaría a conocerse la verdad de mi vida y que nunca cambiaría aquella mirada de sostenido reproche que nació en los ojos de mis padres desde que comencé a defraudarlos. Tal vez para mi madre nunca existiría ya otra oportunidad de mirarme de forma diferente, orgullosa de mí, alegrándole en algo la dulce mirada llena de profundo cansancio en sus últimos años de vida.
Mamá, la pobre, murió el 1 de agosto de 1981 sin poder conocer la verdad. La acompañó, como único vínculo de su hijo con la Seguridad del Estado, una corona cuya esquela decía escuetamente: “Para Marta, de los compañeros de su hijo”.
Hoy la recuerdo con dolor. Era pequeña y frágil. Adornaban su rostro dos hermosos ojos color esmeralda. Le encantaba vestir de completo uniforme verde olivo. Más de una vez la vi marchar oronda a su guardia de auxiliar de la Policía Nacional Revolucionaria. Fue presidenta de su Comité de Defensa de la Revolución y le imprimió dignidad revolucionaria a cada pedazo de mi calle. Por ser guatemalteca y latinoamericana, se mostró muy activa en la solidaridad con Cuba. Era de esas mujeres que hacen historia de la forma más sencilla. Para ella la lucha diaria y cotidiana, casi inadvertida, nunca dejó de ser la mejor manera de ayudar a esta tierra tan querida para nosotros. No sólo porque nos dio refugio tras nuestro incansable deambular, sino porque nos enseñó a apropiarnos de cada pedazo del horizonte ofrecido a nuestros ojos.
Un buen día mi madre se nos fue de repente. Pero, no lo hizo callada y sin lucha. Ni la propia muerte pudo arrebatarle la fe que siempre tuvo.

Con mi madre y mis hermanos. Yo, sentado, con mi hijo en brazos.
Ya moribunda exclamó: “¡Gracias, Fidel, por dejarme morir en tu tierra! ¡Che, siento no poder morir como vos moriste!” Así era mamá. Y así fue hasta los últimos instantes de su vida. Lo sorprendente en ella, en su
silencioso y sencillo proceder, sin pedirle méritos ni reconocimientos a la vida y a las gentes, es que jamás nadie le escuchó revelar su condición de agente de la Seguridad del Estado cubano, durante veintiún años, con Gladys como nombre de guerra.
Esa fue mi madre, simplemente así. Común como cualquier mujer cubana. Indestructible en sus convicciones como una incanzable luchadora latinoamericana. Fidel fue una de sus más grandes inspiraciones. Aún recuerdo haberla visto sentada junto a él, en privada conversación, en la acera frente a mi casa, conversando. Ella, emocionada y risueña miraba a Fidel como si con sus ojos miraba con optimismo el triunfo de su terco batallar por la vida y la justicia.