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Las pretensiones de Estados Unidos hacia Cuba

Por: Abel González Santamaría

Cubadebate

Este año conmemoraremos el 150 aniversario del inicio de las guerras por la independencia de Cuba, en un contexto en que Estados Unidos aumenta la hostilidad hacia la Revolución Cubana y retoma la Doctrina Monroe para justificar su proyección injerencista de “América para los americanos”. La estrategia de “espera paciente”, la concepción geopolítica del “destino manifiesto” y la “política de la fruta madura” se fue transmitiendo de generación en generación entre los grupos de poder que dominaron los diferentes Gobiernos estadounidenses desde los primeros años del siglo XIX.

Durante las tres guerras independentistas ningún presidente norteamericano reconoció la beligerancia e independencia de los patriotas cubanos. Para descifrar las pretensiones geopolíticas de Estados Unidos hacia Cuba desde entonces, resulta imprescindible analizar los testimonios de los Mayores Generales del Ejército Libertador Carlos Manuel de Céspedes, José Martí, Antonio Maceo y Máximo Gómez.

El primer Presidente de la República de Cuba en Armas y Padre de la Patria, en una carta dirigida en 1870 a José Manuel Mestre, representante en Washington del Gobierno en Armas, escribió:

“Por lo que respecta a Estados Unidos tal vez estaré equivocado; pero en mi concepto su gobierno a lo que aspira es a apoderarse de Cuba sin complicaciones peligrosas para su nación y entretanto que no salga del dominio de España. Siquiera sea para constituirse en poder independiente; este es el secreto de su política (…)”.

Desde 1880 vivió desterrado Martí en Estados Unidos, y durante casi 15 años pudo constatar directamente las transformaciones del país y su tránsito de la etapa capitalista a la imperialista. Con la asunción de Benjamín Harrison (1889-1893) a la Casa Blanca y el nombramiento como secretario de Estado al anexionista James G. Blaine, el gobierno estadounidense retomó la idea de comprar a Cuba.

En ese contexto y con motivo de la celebración de la Primera Conferencia Internacional de Estados Americanos, Martí lo alertó, el 29 de octubre de 1889, en carta a Gonzalo de Quesada: “(…) Y una vez en Cuba los Estados Unidos ¿quién los saca de ella? ¿Ni por qué ha de quedar Cuba en América, como según este precedente quedaría, a manera, –no del pueblo que es, propio y capaz–, sino como una nacionalidad artificial, creada por razones estratégicas? Bases más seguras quiero, para mi pueblo. Ese plan en sus resultados, sería un modo directo de anexión”.

Martí era consciente de la necesidad de lograr la unidad para enfrentar a dos enemigos sumamente poderosos: España y Estados Unidos. Con ese objetivo proclamó en Cayo Hueso, el 10 de abril de 1892, el nacimiento del Partido Revolucionario Cubano, del que fue electo Delegado. Agrupó en una misma organización política a los emigrados, a la vieja generación que inició la lucha por la independencia y a las nuevas generaciones.

A finales de 1894 había conseguido el armamento necesario para reiniciar la contienda. El 11 de abril de 1895 desembarcó junto a Máximo Gómez por Playitas de Cajobabo; diez días antes lo había hecho Antonio Maceo por Duaba; ambos puntos situados en el oriente cubano. El 5 de mayo se reunieron los tres principales jefes de la guerra en la finca La Mejorana para organizar el curso de la Revolución.

Dos semanas más tarde, el 19 de mayo, en Dos Ríos, Martí desoyó el consejo de Gómez, quien le indicó permanecer en la retaguardia y cargó contra una tropa española bien posicionada. Murió en el combate. La víspera escribió a Manuel Mercado:

“La guerra de Cuba, realidad superior a los vagos y dispersos deseos de los cubanos y españoles anexionistas, a que sólo daría relativo poder su alianza con el gobierno de España, ha venido a su hora en América, para evitar, aún contra el empleo franco de todas esas fuerzas, la anexión de Cuba a los Estados Unidos”.

La pérdida del más universal de los cubanos fue irreparable. No obstante, la lucha continuó. Gómez y Maceo habían vivido la experiencia de la posición asumida por los Gobiernos estadounidenses de turno durante la Guerra de los Diez Años. Ambos, al igual que Martí, insistieron en que la independencia se alcanzaba por los propios esfuerzos de los cubanos.

En ese periodo gobernaba la Casa Blanca Grover Cleveland (1893-1897), quien indicó a su secretario de Estado, Richard Olney, retomar la idea de apropiarse de Cuba, manteniendo la compra como primera opción. España se negó. El 14 de julio de 1896, Maceo le escribió al coronel Federico Pérez Carbó, de misión en Nueva York:

“De España jamás esperé nada; siempre nos ha despreciado y sería indigno que se pensase en otra cosa. La libertad se conquista con el filo del machete, no se pide; mendigar derechos es propio de cobardes incapaces de ejercitarlos. Tampoco espero nada de los [norte] americanos; todo debemos fiarlo a nuestros esfuerzos; mejor es subir o caer sin ayuda que contraer deudas de gratitud con un vecino tan poderoso”.

El Héroe de Baraguá mantuvo siempre una postura firme de rechazo a las tendencias anexionistas. Tuvo la capacidad de descifrar desde el campo de batalla las intenciones del naciente imperio. Su caída en combate, el 7 de diciembre de 1896, representó un duro golpe para la Revolución, que perdió en poco tiempo a dos de sus jefes más valiosos y con posiciones antimperialistas.

El Generalísimo, con el dolor de haber perdido también en combate junto a Maceo, a su hijo Panchito Gómez Toro, continuó la batalla. Convencido de que en el campo militar la guerra contra España estaba en su etapa final y observando las pretensiones estadounidenses de intervenir en el conflicto, gestionó infructuosamente, con el capitán general Arsenio Martínez Campos, el reconocimiento de la definitiva independencia.

Los peligros advertidos en reiteradas ocasiones por estos cuatro grandes revolucionarios durante casi 30 años de combate, se concretaron con la intervención militar estadounidense en el conflicto hispano-cubano y la firma de la paz entre las dos potencias, sin tener en cuenta a los patriotas cubanos. Con el alma destrozada, el 8 de enero de 1899, el Generalísimo cerró su Diario de Campaña:

“(…) los Americanos han amargado con su tutela impuesta por la fuerza, la alegría de los cubanos vencedores; y no supieron endulzar la pena de los vencidos.

“La situación pues, que se le ha creado a este Pueblo; de miseria material y de apenamiento, por estar cohibido en todos sus actos de soberanía, es cada día más aflictiva, y el día que termine tan extraña situación, es posible que no dejen los americanos aquí ni un adarme de simpatía”.

Estados Unidos ocupó militarmente el territorio cubano. El Tratado de París les permitió izar la bandera de las barras y las estrellas en la Plaza de Armas; a continuación, licenciaron al Ejército Libertador. Querían anexarse el país y no lo consiguieron; una isla anegada con la sangre de sus mejores hijos se los impidió. Entonces establecieron la Enmienda Platt como apéndice a la Constitución cubana, para garantizar que la nueva nación quedara atada en lo político, lo económico y lo mercantil.

Gómez lo denunció en Porvenir de Cuba: “Ellos se fueron, al parecer es verdad. El día 20 de mayo, yo mismo ayudé a enarbolar la bandera cubana en la azotea del Palacio de la Plaza de Armas. ¡Y cuantas cosas pensé yo ese día! Todos vimos que el general Wood, gobernador que fue se hizo a la mar en seguida, llevándose su bandera, pero moralmente tenemos a los americanos aquí”.

La retirada de Estados Unidos fue formal y aplicó además otras fórmulas intervencionistas en el campo ideológico y cultural. Esa fue la realidad de nuestro país durante 60 años, hasta que llegó la definitiva independencia el 1ro. de Enero de 1959, con el triunfo de la Revolución Cubana. Ahí está la esencia del conflicto bilateral entre ambos países que perdura en el tiempo: recuperar la dominación sobre Cuba y transformar su sistema político, económico y social, contra la voluntad soberana del pueblo cubano de defender su independencia y mantener el socialismo.

(Tomado de Granma)

Siempre mambises y rebeldes

 

René González Barrios, presidente del Instituto de Historia de Cuba

El año que comienza se torna pletórico de importantes acontecimientos históricos que han marcado la forja de la nación cubana: el Grito de Independencia de Carlos Manuel de Céspedes el 10 de octubre de 1868; la Protesta de Baraguá en marzo de 1878; la intervención estadounidense en la Guerra de Independencia que sosteníamos con el imperio colonial español en 1898; las grandes batallas que llevaron a la derrota de la dictadura del general Fulgencio Batista en el año 1958; el histórico discurso de nuestro Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz en Demajagua, en ocasión del centenario del inicio de la Guerra de los Diez Años; estos, entre cientos de efemérides importantes y trascendentales de la historia patria.

De todos, quisiéramos hacer un alto en resaltar el 10 de octubre de 1868 y la figura egregia de Carlos Manuel de Céspedes, Padre de la Patria, el cubano que lanzó retador el guante al colonialismo español, quien echando a un lado comodidades, riquezas y privilegios, igualó a sus esclavos a su condición de ciudadano y los convocó, junto al pueblo, a luchar por una patria digna y solidaria.

Céspedes predicaría en su obra política como presidente de la República de Cuba en Armas, una fe sin límites en el pensamiento bolivariano, que asumió como principio ideológico de la Revolución. Comenzada la guerra, sus referencias bolivarianas fueron frecuentes en documentos oficiales, correspondencia y proclamas. La inclinación hacia Bolívar y Venezuela se acrecentó con la llegada de las dos primeras expediciones del vapor Virginius, que trajeron a los campos de Cuba a jefes y oficiales del ejército venezolano, con los que de inmediato se identificó, al punto de nombrar a dos jóvenes venezolanos sus ayudantes, y a un general de ese país como Secretario de la Guerra del Gobierno de la República de Cuba en Armas.

El 10 de abril de 1870 para patentizar el espíritu de lucha y su carácter irreconciliable con España, Céspedes, en una encendida proclama a los camagüeyanos, invocó al Libertador:

“En el corazón de cada cubano deben estar escritas aquellas terribles palabras que en situación análoga pronunció el inmortal Simón Bolívar: ‘Mayor es el odio que nos ha inspirado la Península que el mar que nos separa de ella, y menos difícil sería unir los dos continentes que conciliar el espíritu de ambos países.’”

Casi un año después recibió en su campamento una carta del general y presidente venezolano José Ruperto Monagas, que respondió sintetizándole el concepto que tuvo de Bolívar y de Venezuela:

“Venezuela, que abrió a la América Española el camino de la Independencia y lo recorrió gloriosamente hasta cerrar su marcha en Ayacucho, es nuestra ilustre maestra de libertad, el dechado de dignidad y heroísmo y perseverancia que tenemos incesantemente a la vista de los cubanos. Bolívar es aún el astro esplendoroso que refleja sus sobrenaturales resplandores en el horizonte de la libertad americana como iluminándonos la áspera vía de la regeneración. Guiados por su benéfico influjo, estamos seguros de que alcanzaremos felizmente el término.

“No es, por tanto, sino muy natural que Venezuela considere como continuación de su épica lucha de independencia, la que ensangrienta los campos de Cuba. Y que se despierten en las mentes de sus esforzados hijos recuerdos grandiosos de heroísmo, y en sus corazones sentimientos de exaltación generosa evocados por el propio despotismo que sus preclaros padres derrocaron. Movidos por tan preclaro resorte, ¿Cómo extrañar que su ardor bélico y genial caballeresco les impulsen a ofrecer sus vidas a la causa de la Independencia de esta infortunada colonia? Por lo demás, la República de Cuba considera como hijos propios a los naturales de Venezuela y demás Repúblicas sud-americanas; y animada de la más profunda gratitud, no omitirá medios para elevar las manifestaciones de ésta a la altura de los esclarecidos merecimientos de los que han acreditado una vez más en los campos de la Isla, con su abnegación y desinterés, valor y demás virtudes militares que los adornan, que los venezolanos de hoy son dignos hijos de los héroes de Carabobo, Junín y Ayacucho y como tales saben abatir la soberbia y arrogancia castellanas.”

Para resaltar el patriotismo y llamar a la guerra a los indecisos, Céspedes invocó a Bolívar. En circular de fecha 4 de septiembre de 1871 a “Los cubanos “De posición social” indiferentes o adictos al gobierno colonial”, les recordaba que “Bolívar, al frente de 400 neogranadinos, invade a Venezuela y tiene que luchar más que contra los españoles, contra el espíritu de su pueblo, que le es hostil y le hace guerra material.”

Al abogado venezolano Pedro Bermúdez Cousin, uno de los más fervientes defensores de la causa cubana en Venezuela, le escribió desde Palmarito el 5 de agosto de 1872, pidiéndole esfuerzos supremos para mantener viva la causa de Bolívar en su tierra, patentizando que el sueño de los cubanos es el mismo del Libertador:

“En hombres como usted, señor, estriba que Cuba vea cumplida sus legítimas aspiraciones y que en su suelo no perezca el pensamiento del Gran Bolívar. Los cubanos son dignos de que se complete ese pensamiento y que se les dé asiento en la augusta Asamblea de las Naciones libres e independientes de América.”

Carlos Manuel de Céspedes, presidente de la República de Cuba en Armas y Padre de la Patria cubana, maduró en el transcurso de la guerra sus convicciones bolivarianas, llegando a identificar el pensamiento del Libertador, como la savia que alimentaba la causa independentista de los pueblos de América. Definitivamente, él también era libertador de pueblos, y su vida estuvo adornada por similares atributos a los del gran paladín de la libertad.

Su deposición marcaría el principio de la decadencia de la diplomacia mambisa del 68, y el descrédito internacional de una gloriosa Revolución que había llenado de admiración al mundo.

De las experiencias de la Guerra Grande aprenderían Máximo Gómez, Antonio Maceo, Calixto García y el joven José Martí, para organizar los proyectos de revolución que continuarían en lo adelante: la Guerra Chiquita; el Plan Gómez-Maceo o proyecto de San Pedro Sula; los intentos apresurados del reposo turbulento; y la Guerra Necesaria.

Los 30 años de lucha sin descanso contra el colonialismo español entre 1868 y 1898, fueron la escuela épica de la que sacaron energías, fuerzas e inspiración, las siguientes generaciones de cubanos para emprender, tras la frustración que constituyó la intervención estadounidense y la imposición de la Enmienda Platt, las batallas finales en pos de la soberanía plena de nuestra Isla.

Mella, Villena, Guiteras, los cientos de jóvenes que derrocaron a Machado y que años después solidarios viajaran a España a combatir por la República, o que se enrolaran en los ejércitos aliados para derrotar al fascismo durante la Segunda Guerra Mundial, son los mismos que acompañando a la Generación del Centenario reivindicaron la memoria del Apóstol atacando el Moncada, desembarcando en el Granma, y realizando una de las revoluciones más puras, independientes, soberanas, solidarias y antimperialista, que conoce la historia de la humanidad.

De todo ese caudal histórico bebió Fidel, quien en magistral análisis histórico, filosófico, político, social y cultural, sentenció en la velada solemne por el centenario del inicio de nuestras guerras de independencia, que la Revolución cubana era una, de Céspedes hasta entonces, la misma que continuamos construyendo las nuevas generaciones.

El 2018 debe convertirse en un año de reflexiones desde la historia; reflexiones que nos lleven a mirar el futuro desde las perspectivas de las lecciones que hemos aprendido de la historia. Fidel, cespedista y martiano, nos alertó de las apetencias imperiales, y del peligro, amenazas y pretensiones hegemónicas que tenía sobre Cuba. El enemigo sigue ahí. No ha cambiado sus ideas de dominación. Nuestro pueblo sigue aquí. No ha cambiado no cambiará, sus convicciones soberanas, solidarias y antimperialistas.

Céspedes, Martí, Gómez, Maceo, Mella, Guiteras y Fidel nos iluminan. Nuestro pueblo continúa vistiendo el uniforme mambí.

La protesta de Baraguá: el acto más arrogante…

PENSAMIENTO
El 15 de marzo de 1878 ante la desesperada situación, el general Antonio Maceo decide enarbolar la enseña que otros dejaron caer y lo hace con firmeza y sensatez
Autor: Doctor Ángel Jiménez González* | internet@granma.cu
14 de marzo de 2017 21:03:33
BARAGUA
Foto: Archivo
Después de las espléndidas victorias de la Llanada de Juan Mulato sobre el Batallón de Cazadores de Madrid y la de San Ulpiano, contra el Batallón de Cazadores de San Quintín no. 11, la moral combativa de las tropas maceístas era muy alta, completamente ajena al espíritu derrotista que se enseñoreó del Camagüey y del Comité del Centro, erguido en espuria representación del pueblo cubano.
A pesar de ello, por medio de los rumores, hasta los campamentos de la División Cuba fueron llegando noticias sobre tratos de miembros de la cámara y el ejecutivo con los españoles. Se escuchaban comentarios sobre negociaciones de paz, y hasta de la participación de Máximo Gómez en ellas, lo que Antonio Maceo se negó a creer. Pero ahora el Titán tenía en sus manos una carta del dominicano, del 16 de febrero de 1878, en la que aquel le informaba sobre el Pacto del Zanjón, le comunicaba estar en el campamento enemigo de La Puria y le pedía una entrevista.
Maceo reaccionó sorprendido y airado «¿No comprende usted, amigo Figueredo,1 que cuando el general Martínez Campos propone o acepta una transacción, un arreglo, ha sido porque, con su experiencia de lo que es esta guerra, estaba convencido de que nunca nos vencería por medio de las armas?».2
El brigadier Maceo se agiganta; rebasa la fase de jefe táctico para pensar como estratega, para ponerse en lugar del jefe enemigo y desentrañar sus maquinaciones, no solo en el terreno de la lucha armada, sino de guerra en su conjunto. Maceo pasa la prueba brillantemente. Emerge como estratega.
El 18 se entrevistan Gómez y Maceo en Asiento de Piloto Arriba; allí Enrique Collazo y el dominicano imponen al Titán de «lo sucedido y pactado por el Camagüey». Maceo no está de acuerdo, pero manifiesta que reunirá a sus subordinados para decidir sobre tan trascendente asunto.
Ante la desesperada situación, el general Antonio decide enarbolar la enseña que otros dejaron caer y lo hace con firmeza y sensatez. Ante todo, necesita tiempo para reagrupar sus tropas y escribe a los principales jefes tratando de aunar voluntades y levantar ánimos. También se dirige a Martínez Campos, solicitándole una entrevista y una tregua de cuatro meses para consultar la voluntad de los distritos que integran su Departamento. Pero Martínez Campos no es ningún tonto, accede a la entrevista pero no a tan dilatada tregua.
Entre el 8 y el 14 de marzo acuden a Baraguá, Titá Calvar, Leyte Vidal, Silverio Prado, Flor y Emiliano Crombet, Paquito Borrero, Guillermón Moncada, José Maceo, Quintín Bandera, Leonardo Mármol, Lacret Morlot, Rius Rivera y Limbano Sánchez. Maceo les explica la situación así como su posición intransigente al respecto y acto seguido marcha a entrevistarse no lejos de allí con Vicente García, quien después de manifestarle su decisión de continuar la lucha, le recomienda que no acuda a la cita con Martínez Campos.
Al día siguiente, el 15 de marzo, se produjo la trascendental entrevista entre el mayor general Antonio Maceo y el teniente general Arsenio Martínez Campos, bajo la sombra histórica de los Mangos de Baraguá.
El desarrollo del encuentro es bien conocido. Martínez Campos acudió a la cita guiado por José Cefí Salas y acompañado de un corto séquito de generales y oficiales solteros, pues no quiso poner en riesgo la vida de subordinados casados, ya que Pacificador había recibido aviso de que Maceo intentaría asesinarlo, cobarde proyecto fraguado a espaldas de este último y rechazado por él con indignación. Bajo los mangos, rodeando al Titán estaban su hermano José y lo más granado de la heroica oficialidad oriental.
Martínez Campos se condujo con el exquisito tacto de un consumado diplomático, la caballerosidad de un hidalgo español y la astucia de un Fouché; reconoció la grandeza y el heroísmo de los insurrectos, pero no llamó nunca general a Maceo; habló de las ingénitas cualidades de la raza hispana presente en los mambises, pero eludió el término Ejército Libertador; elogió la combatividad de los orientales, pero dijo que Modesto Díaz y Vicente García ya se habían adscrito al Pacto.
Fue entonces cuando Maceo le interrumpió para comunicarle que el líder tunero seguiría en la lucha, a lo que el general español respondió con habilidad, para entrar enseguida en materia, tratando de convencer a sus interlocutores de que quizá ellos no habían pactado por no conocer el ventajoso contenido de la capitulación, y les ofreció el documento.
Maceo se negó a ver siquiera su contenido; «¿Qué es lo que quieren?» preguntó Martínez Campos desconcertado, y entonces intervino el doctor Félix Figueredo. «Nosotros lo que queremos es la independencia». Obviamente, lo único a lo que Martínez Campos no podía acceder.
Figueredo argumentó extensamente la posición de los presentes y después de un amplio intercambio, en el que también intervino Calvar, quedó fijado el 23, como fecha para reanudar las hostilidades. El capitán de Cambute, Fulgencio Duarte, que había presenciado el encuentro, exclamó: «¡Muchachos, el 23 se rompe el corojo!».
La protesta de Baraguá tiene un singular significado político en la historia de la lucha del pueblo cubano por su independencia. No fue que el hecho político salvara la derrota militar, porque derrota militar no hubo. Se trata de que la actitud de Maceo representa el paso de la dirección política de la revolución, de las manos de los representantes de una clase social que había demostrado su incapacidad para conducir consecuentemente la guerra, a las de otra, dispuesta a proseguirla hasta conseguir los objetivos políticos que la habían llevado a la manigua: la independencia y la abolición de la esclavitud. Baraguá no fue un gesto romántico, ni el resultado de la pasión exaltada de Maceo, sino la expresión de una vertical negativa a aceptar la derrota.
La protesta de Baraguá significó un viril y pujante intento por continuar la lucha, que se destacó como pocos en la historia combativa de la nación cubana. En carta a Antonio Maceo, del 25 de septiembre de 1893, José Martí escribió: «Precisamente tengo ahora ante los ojos “La protesta de Baraguá”, que es de lo más glorioso de nuestra historia». Por su parte, el coronel español Francisco Camps y Feliú3 la calificó como: «El acto más arrogante de toda la campaña, después del Grito de Yara».

*Investigador del Instituto de Historia de Cuba.

1
Félix Figueredo, médico de cabecera de Maceo desde Mangos de Mejía.

2
Franco, José Luciano: Antonio Maceo. Apuntes para una historia de su vida. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1975, T I, p. 127.

3
Autor de Españoles e insurrectos. La Habana, 1890.

La Protesta de Baraguá en el pensamiento de Fidel

Al respecto de la histórica fecha y con motivo del cumpleaños 90 del Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz, abordaremos la manera en que acude al ejemplo de Maceo, a su heroica epopeya y a sus profundas convicciones políticas
Autor: MSc.Víctor Manuel Pullés Fernández* | internet@granma.cu
Autor: MSc.Graciela Pacheco Feria* | internet@granma.cu
14 de marzo de 2016 21:03:59
Este 15 de marzo se conmemora el aniversario 138 de la histórica Protesta de Baraguá, que tuvo en el Mayor General del Ejército Li­bertador Antonio Maceo Grajales, al principal paladín de la huestes cubanas allí presentes. Al respecto y con motivo del cumpleaños 90 del Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz, líder indiscutible de la Revolución Cubana —quien ha sabido conducir el proceso liberador desde sus primeros momentos, nutriéndose de la rica experiencia de sus antecesores—, abordaremos la manera en que acude al ejemplo de Maceo, a su heroica epopeya, a sus profundas convicciones políticas, a su alta moral revolucionaria, para alentar al pueblo cubano, ante el peligro de agresiones y amenazas del imperialismo norteamericano, e incentivar a las jóvenes generaciones a ser seguidores del ejemplo del Titán y llevar en lo más profundo de su alma, el paradigma que nos dejó la Protesta de Baraguá.
Es así como el 1ro. de enero de 1959, en el parque Céspedes de Santiago de Cuba, Fidel se dirige al pueblo y hace alusión a que esta vez la Revolución sí llegará al poder, que no pasará como al concluir la guerra iniciada en 1895, en que los mambises no pudieron en­trar a la urbe y narra un interesante momento de los días finales de la guerra, en que al pasar por Mangos de Baraguá, lugar de la histórica Protesta y del inicio de la invasión a Oc­cidente, les “[…] hizo experimentar una de las sensaciones más emocionantes que puedan concebir […]”, y aseveró “[…] que esta generación cubana ha de rendir y ha rendido ya el más fervoroso tributo de reconocimiento y de lealtad a los héroes de nuestra independencia”.
Significativa resultó la alocución que pronunció, el 10 de octubre de 1968, en la velada solemne por el centenario del inicio de las guerras de independencia, donde ofrece una importante valoración de la personalidad de Antonio Maceo y el alcance político-ideológico de la Protesta de Baraguá, al expresar:
“[…] emerge, con toda su fuerza y toda su extraordinaria talla, el personaje más representativo del pueblo, el personaje más representativo de Cuba en aquella guerra, venido de las filas más humildes del pueblo, que fue Antonio Maceo […]
“[…] en el momento en que aquella lucha de diez años iba a terminar, surge aquella figura, surge el espíritu y la conciencia revolucionaria radicalizada, simbolizada en ese instante en la persona de Antonio Maceo […].
Importante resultó también, el discurso que pronunció el 15 de marzo de 1978, en el acto central por el centenario de la Protesta de Baraguá, realizado en el escenario del suceso histórico; allí Fidel patentizó que nuestro pueblo nunca renunciará a la moral que lo caracteriza, a sus principios y a su ideología. Enfatizó en la herencia que su generación y la actual han recibido de los grandes héroes, donde resaltó el legado de la Protesta de Baraguá al decir:
“[…] la Protesta de Baraguá estaba muy presente: la idea de no rendirse, la idea de no darse por derrotado nunca. Eso estaba muy presente.
“Nosotros tuvimos nuestros reveses, duros; los tuvimos en el Moncada. ¡Ah!, pero nunca nos dimos por vencidos. Los combatientes del Moncada nunca se dieron por vencidos, nunca aceptaron la derrota. Era el espíritu de la Protesta de Baraguá. En la cárcel jamás se humilló ningún combatiente, jamás aceptó la derrota. Era el espíritu de Baraguá. Después del desembarco del Granma los reveses fueron grandes, pero muy grandes, podrían parecer insuperables; pero nadie se dio por vencido. Los que sobrevivieron, decidieron continuar la lucha. ¡Era el espíritu de Baraguá!”.
Con el derrumbe del campo socialista, Cu­ba se vio prácticamente sola y tuvo que enfrentar un difícil y largo proceso de crisis económica, que tuvo sus consecuencias en todos los ámbitos de la vida social, institucional y familiar; fue el llamado “Periodo Especial”, donde solo la fuerza de nuestros principios, la solidez de nuestra ideología, de nuestra identidad, así como el empeño en el trabajo, pudieron salvar la Revolución. Era necesario —bajo aquellas circunstancias—, enaltecer la conciencia del pueblo y acudir a la memoria histórica, para consolidar aún más esos principios; por esa razón en los diferentes discursos de los líderes y de los dirigentes a todos los niveles, se exaltó el patriotismo, la unidad, el antimperialismo, pero también la originalidad, la innovación, la ingeniosidad y laboriosidad del pueblo. En el marco de ese contexto, Fidel en su disertación del 28 de enero de 1990, en la clausura del XVI Congreso de la Central de Trabajadores de Cuba (CTC), realizado en La Habana, destacó:
“[…] Ya nuestro país vivió una etapa como esa […]. En aquellas terribles condiciones, cuando mucha gente llegó a la convicción de que no podían seguir luchando, aun en ese momento, como expresión de la voluntad irreductible y del heroísmo de nuestro pueblo, Antonio Maceo se yergue y frente al Pacto del Zanjón proclama en los Mangos de Ba­raguá su decisión de seguir luchando!
“Cuando en condiciones súper difíciles hubo un Zanjón, hubo un Baraguá. ¡Y lo que quedó de nuestra historia, y por la cual llegamos un día a ser nación independiente, a pesar de ejércitos españoles primero y ejércitos yanquis después, no fue por el Zanjón, fue por Baraguá!”.
Aquí se constata la importancia que Fidel le atribuye al Titán de Bronce y su heroica acción en Mangos de Baraguá, en la formación de la identidad nacional, así como su legado, del que somos hoy fieles defensores. El IV Con­greso del Partido se realizó en Santiago de Cu­ba, en octubre de 1991, en medio de una at­mósfera de crisis económica y en su discurso de clausura, en la Plaza de la Revolución Ma­yor General Antonio Maceo Grajales, el día 14 de octubre —momento en que además se dejó inaugurado este extraordinario conjunto mo­numental—, Fidel expresó:
“¡Antonio Maceo, aquella, tu inolvidable, gloriosa e insuperable protesta que un día tuvo lugar bajo aquellos Mangos de Baraguá, esa misma protesta es la que hoy tiene lugar aquí, bajo estos aceros que simbolizan tus invencibles machetes! ¡Aquí, bajo este conjunto memorial; aquí, bajo tu figura y tu estatua ecuestre, proyectada y construida por santiagueros inteligentes, patriotas; aquí, a tu sombra, Antonio Maceo, en esta plaza que lleva tu nombre, en esta ciudad donde naciste, en esta atmósfera donde respiraste los primeros aires; aquí, hoy y desde el 10 de Octubre, tiene lugar tu protesta, que ya no es la protesta de un grupo de combatientes he­roicos, sino la protesta de un pueblo entero, y la protesta no en nombre de Cuba, sino en nombre del mundo! Porque al igual que tú dijiste que jamás habría paz con España sin independencia, que jamás tus armas se rendirían, aquí decimos nosotros que […] jamás nos someteremos a ningún hegemonismo, […] que nosotros pertenecemos, Antonio Maceo, a tu estirpe, a tu sangre, a tu coraje, a tus ideas”.
En la clausura de la sesión constitutiva de la Asamblea Nacional, en su cuarta legislatura y del Consejo de Estado, el 15 de marzo de 1993, Fidel puso en alto el ejemplo glorioso de Maceo en Baraguá y destacó que por hechos y figuras como esas es que “[…] somos un pueblo hecho de materia prima heroica, que somos un pueblo verdaderamente revolucionario, que tenemos un alto nivel de preparación […]”.
En el acto de entrega de la Declaración de los Mambises del siglo XX, realizado el 15 de marzo de 1997, el líder de la Revolución pronunció un discurso en el que evoca el ejemplo de Martí y de Maceo con su acto heroico en Baraguá:
“Si Maceo nos legó este tesoro de gloria y este ejemplo incomparable, aquí también ustedes están legando hoy otro gran tesoro y otro gran ejemplo, a los cuales serán leales las generaciones venideras. Y si aquella primera Protesta de Baraguá, se realizó a la sombra de los mangales de aquel lugar histórico, hoy suscribimos todos y presentamos al pueblo esta Declaración a la sombra de nuestro glorioso Apóstol, y a él, y a Maceo, y a todos los que han caído, les decimos:
¡Jamás traicionaremos la sangre derramada! ¡Este país seguirá adelante, seguirá siendo cada vez más revolucionario y alcanzará alturas infinitas de honor, de patriotismo y de gloria!”.
Resultan numerosas las ocasiones en las que el líder de la Revolución Cubana Fidel Castro Ruz, ha acudido al ejemplo glorioso de Maceo y la Protesta de Baraguá, para exaltar el patriotismo de los cubanos, en momentos en que la Patria se ha visto amenazada. A las generaciones presentes y futuras les corresponde el honroso deber de ser fieles al ejemplo inmortal del Titán de Bronce y su heroica Protesta, defensores además, del postulado fidelista de que: “Cuba será un eterno Baraguá”.

*Investigadores del Centro de Estudios Antonio Maceo Grajales.

Bibliografía.
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Colectivo de autores. Fidel Castro y la historia como ciencia (Selección Temática 1959 – 2003). Tomo II. Centro de Estudios Martia­nos, Imprenta Federico Engels, La Habana, 2007.
Ramonet, Ignacio. Cien horas con Fidel. Conversaciones con Ignacio Ramonet. Tercera edición. Oficina de Publicaciones del Consejo de Estado, La Habana, 2006.
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Webgrafía.
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