Por José Ramón Fernández y Asela de los Santos .
Cada uno de nosotros tiene hermosos recuerdos y hondas vivencias de su relación con Raúl Castro, el jefe, el dirigente, el compañero, el hombre, a quien nos unen profundos afectos y enseñanzas a través de décadas.
Una, lo conoció en plena guerra de liberación, cuando le confió la taras de organizar el sector educacional en el II Frente Oriental Frank País que tenía a su mando. El otro, cuando Raúl, en los primeros de 1959, procedentes de Santiago de Cuba, asumió el cargo en la Habana, ocasión en que lo recibió y tuvo una larga conversación. A partir de enero de 1959, fue nombrado Director de la Escuela de Cadetes, y posteriormente de otros centros de preparación militar, bajo su mando, y ocupo el cargo de Jefe de la Dirección de Preparación Combativa de las Fuerzas Armadas Revolucionarias, antes de desempeñarse como Viceministro.
Durante aquel primer encuentro, Raúl se intereso por conocer la edad de su interlocutor. Saber que tenía 36 años le motivo un comentario jocoso ¨ ¡Que viejo tu estas! ¨´, expreso. Cuando, años después, el Ministro arribo a la misma edad, quien esto lo escribe lo visito en su oficina y, luego de felicitarlo, le devolvió sus palabras. Raúl rio como él sabe hacerlo, plenitud, y reconoció que el problema de la edad que advertimos en otros, es siempre relativo y tiene una dependencia estrecha de la que tenemos y seamos capaces de demostrar. Traemos a colación esta anécdota porque él la ha repetido muchas veces ante miles de compañeros , y volvió a recordarla , y esa vez por escrito , cuando uno de los autores de estas páginas cumplió ochenta años .
Pero más que los recuerdos de una y otro, este es un texto escrito a cuatro manos con el propósito de ofrecer nuestra modesta aproximación al compañero Raúl, o dicho en otras palabras, dar una visión de Raúl desde nuestras vivencias.
Ha sido un forjador extraordinario de cuadros y un excelente compañero .Un hombre sumamente organizado, ordenado, sistemático, exigente. Enemigo acérrimo de la injusticia. Predica con su ejemplo es capaz de censurar o estimular cuando tiene que hacerlo. Un padre preocupado por la educación y el cuidado de sus hijos. Un hombre criollísimo. Afable, atento, chistoso, con un carácter muy abierto y profundamente humano.
EL JEFE
La guerra de liberación forjo en Raúl las cualidades de mando que lo caracterizan. El conceptualizo lo que debe ser un jefe cuando en una ocasión al referirse a Fidel , asevero que en nuestro Comandante se advertían las cualidades y virtudes que , en opinión de Engels,debe de reunir un jefe militar , a saber identificación absoluta con los intereses del pueblo .profundos conocimientos militares y elevada cultura , dada no solo por una vasta preparación profesional , sino por su dimensión política , militar e ideológica. Un jefe asimismo dará muestras de modestia y sencillez en el trato, será capaz de formular con precisión sus ideas y tendrá la habilidad necesaria para trasmitirlas. A partir de las enseñanzas de Fidel, esas cualidades cristalizaron en Raúl y lo han acompañado a través de toda su ejecutoria. Sus condiciones de jefe no son únicamente resultado de su capacidad de aprendizaje. Le nacen de sí mismos.
Raúl es sistemático en su estilo de trabajo y dirección .Cuando toma una decisión va a su detalles, pero además las relaciones y al entramado de actividades y plazos que reclama su cumplimiento. Sin cansancio ni desmayos sigue la trayectoria de sus ordenes e indicaciones, y de esa manera enseña a sus subordinados la importancia de la constancia en una tarea y de su seguimiento que de perderse podrían conducir al debilitamiento de esa tarea, por bien que haya sido diseñada.
Recodemos, a modo de ejemplo, cuando en los años iníciales de la Revolución concibió la creación de las Escuelas Vocacionales Militares Camilo Cienfuegos como cantera natural de las escuelas de cadetes para la formación de oficiales y cuadros de las Fuerzas Armadas Revolucionarias. En la construcción de aquel proyecto que devendría estimulante realidad , Raúl seguía paso a paso , y hasta el detalle , todo lo relacionado con aquellas escuelas que el pueblo llamo de Camilitos , la selección de alumnos y profesores ,la edificación de los planteles en cada provincia , el diseño de los uniformes y el aseguramiento de la base material de estudio. Insistió en que se fuese muy cuidadoso en la conferccion de los reglamentos pues lo que se pretendía era educar a adolescentes y estimular sus vocaciones como futuros oficiales .
La certeza de aquella concepción , unida a las lecciones de sistematicidad en el trabajo que dio a los que vieron nacer y desarrollarse aquella idea ,ha sido confirmada en el decurso de décadas en la esos centros vocacionales egresaron miles de jóvenes que continuaron estudios en las escuelas de cadetes , y hoy podemos decir con orgullo que en las filas de nuestras Fuerzas Armadas Revolucionarias contamos con generales de brigada , coroneles , tenientes c coroneles , mayores y oficiales de diversas graduaciones que estudiaron en los Camilitos .
Otro tanto habría que decir del quehacer de Raúl en el perfeccionamiento del servicio militar que prepara a nuestros jóvenes para la defensa del país y la forma como ciudadanos comprometidos con su patria. Es idea suya la Orden 18, que posibilita la entrada en la universidad a los bachilleres una vez salidos de filas. Y aleccionadora es su preocupación por la compleja labor de las estructuras y plantillas de las FAR en función de los niveles crecientes de eficiencia , sentido del ahorro , capacitación continua en la doctrina de la Guerra de Todo el Pueblo y la elevación permanente de la preparación combativa y política de millones de compatriotas.
Hombre de la Revolución a quien ha tocado la misión histórica de tomar grandes decisiones, es juicioso y reflexivo en sus valoraciones. Sabe examinar con detenimiento todos los factores que intervienen en un proceso que es objeto de análisis.
Una de las lecciones que se aprende a su lado es la de alejarse de los análisis unilaterales para dar paso al enfoque multilateral de los problemas. A su vez, es enérgico para exigir que las misiones se cumplan con la calidad que requieren.
CONFIANZA EN LOS JOVENES
Su conocimiento de la vida , de los seres humanos , sus convicciones revolucionarias y su confianza infinita en los jóvenes hacen del compañero Raúl un calador profundo en la esencia de la educación de las nuevas generaciones , así como un critico contundente de formas y métodos que no se corresponden con cada tiempo histórico , con cada nueva etapa del desarrollo de la Revolución , con la realidad , con la vida misma . Reconoce que los jóvenes de hoy son en efecto más exigentes porque son incomparablemente más capaces , mas instruidos , más cultos y , sobre todo ,más críticos , y que no es un mal síntoma que sean así . , sino al contrario. Ha alertado, al mismo tiempo, que lo erróneo es querer llegar a ellos mediante formulas esquemáticas, con recursos triviales y argumentos insustanciales. A su juicio, para llegar a la mente y al corazón , fortalécelos ideológica y políticamente , despertar su interés y estimular sus motivaciones , el trabajo político ideológico tiene necesariamente que ganar en extensión y profundidad , tiene que ser incomparablemente más riguroso y, sobre todo, más moderno .
Por eso está convencido de que cada generación necesita de sus propias motivaciones y de sus propios valores, a la vez que insiste en dejar bien claro que nadie será hoy revolucionario solo porque le expliquemos la penuria que padecieron sus padres y abuelos. Hablar de ellos es importante, pero la evocación de la triste realidad que le toco conocer a los antepasados de esos jóvenes tiene que ir acompañada de la argumentación que les indique que deben de hace hacer en esta hora y que les depara el porvenir. Raúl concibe la educación de los jóvenes con los jóvenes como protagonistas de su propia formación , como participantes activos en su aprendizaje , en la labor transformadora , en llevar siempre la Revolución a nuevas metas , a nuevos niveles de desarrollo, como herederos e la experiencia de los que le precedieron , pero con luz propia , iniciativa , creatividad y un profundo sentido del compromiso de ser continuadores cualesquiera que sean las dificultades .
Es una personalidad de carácter fuerte, inquebrantable, sensible, jovial, con una inteligencia preclara. Su visión de la cultura, sus estudios, la practica revolucionaria, sus experiencias políticas y las enseñanzas de Fidel le hicieron ver claro que la solución de los grandes problemas de Cuba en la segunda mitad del siglo XX estaba en la liberación nacional y en la revolución social por la vía de la lucha armada y por la educación y la cultura.
Los medios de propaganda del mundo capitalista de hoy esa maquinaria sofisticada y tenebrosa al servicio del engaño y la distorsión de la verdad que el mismo Goebbels hubiera envidiado han tratado de dibujar , desde hace muchos años , la imagen de Raúl como un ser extremista , hosco y áspero en sus relaciones humanas , desprovisto de sentido del humor y carente de sensibilidad. Lo hace así el enemigo porque sabe muy bien lo que Raúl representa para la Revolución, para nuestro pueblo y para los destinos del país. No es casual entonces que traten de desfigurar su imagen. Claro, ya se sabe en manos de quien están esos medios y quienes pagan lo que en ellos se divulga.
Como van a hablar bien de Raúl los medios de propaganda del capitalismo. Como van a tener un acercamiento honesto a una persona que se sabe que es firme en lo que debe de demandar de cada tarea que encomienda sin dejar por ello de ser afable, afectuoso, humano, comprensivo, que sabe ser serio y exigente y , y la propio tiempo , amistoso y capaz de escuchar el relato de una anécdota o disfrutar de un chiste. Un ser profundamente humano.
CAPAZ, RESPONSABLE Y BRILLANTE
En el tejido de esta historia es la voluntad indoblegable de Raúl para formar jefes, oficiales y combatientes cumplidores de su deber, conscientes de que el amor a la Patria es lo primero. Ellos, a su vez, saben inculcar a sus subordinados la decisión acerada de ser firmes defensores del socialismo y de la soberanía, conocedores de que si perdiéramos el socialismo perderíamos la soberanía y nuestra independencia como nación.
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Lázaro Peña, un hermano entrañable
Dirigente sindical de base, organizó paros, sufrió cárcel. En la huelga de agosto de 1933 contra el tirano Machado, extendió su liderato a los paraderos de ómnibus y tranvías de la Víbora
Autor: Pedro Antonio García | internet@granma.cu
27 de mayo de 2016 20:05:04
Foto: Archivo
Nació pobre en La Habana, el 29 de mayo de 1911. Como todo niño, tuvo un sueño: ser violinista, músico. Hijo de una despalilladora y huérfano de padre, en medio de una sociedad injusta, tuvo que renunciar desde muy temprana edad a los sueños y a la infancia para ganarse el pan, primero como aprendiz de carpintero y albañil, luego como constructor, herrero y operario en una fábrica de tabacos. En este último ramo, en 1929, a los 18 años, ingresó al Partido Comunista.
Dirigente sindical de base, organizó paros, sufrió cárcel. En la huelga de agosto de 1933 contra el tirano Machado, extendió su liderato a los paraderos de ómnibus y tranvías de la Víbora. Los tabaqueros lo quisieron para secretario general de su sindicato provincial en 1934.
Detenido durante la huelga de marzo de 1935 contra el régimen tiránico del coronel Batista y del embajador yanqui Caffery, se negó, a pesar de maltratos y torturas, a declarar a qué casa pertenecían las llaves que le encontraron (eran de un importante local del Partido, donde se hallaba Blas Roca, el secretario general). Al salir de prisión, asumió la dirección de la Confederación Nacional Obrera de Cuba (CNOC).
Paciente y perseverante, su lucha por dotar al movimiento obrero cubano de una organización unitaria cristalizó en 1939 con la fundación de la Confederación de Trabajadores de Cuba (CTC), de la que fue su primer secretario general. En ese cargo tuvo que enfrentar a las pandillas gangsteriles que asaltaron los sindicatos, en complicidad con la policía. Muchos líderes obreros fueron asesinados, como Jesús Menéndez y Aracelio Iglesias.
Celebraban por aquellos días un acto en homenaje a Menéndez en Manzanillo, la localidad donde lo ultimaron. El asesino del dirigente sindical, impune y respaldado, que continuaba libre y en su cargo de jefe militar de la ciudad, ocupó el balcón de una casa cercana para contemplar, rodeado de su banda de matones, el desarrollo del mitin. No faltaron los que, ante situación tan violenta, aconsejaron que no se hablara del asesinato de Jesús.
Peña no se amilanó. En términos inequívocos, tajantes, que el momento imponía, acusó allí mismo, directamente y por su nombre, al culpable y sus cómplices. Años después al rememorar esa jornada el intelectual revolucionario Juan Marinello expresaría: “Muchas veces admiré la maestría tribunicia de Lázaro pero no recuerdo otra tan completa en su estructura, en su sobrio desarrollo y su radiante coraje”.
Con el derrocamiento de la tiranía batistiana, la clase obrera recuperó la democracia sindical. En el XI Congreso de la CTC, Lázaro Peña retornó a la secretaría general. Un nuevo lenguaje se oyó entonces en el Palacio de los Trabajadores: “Hay que querer discutir, querer convencer, querer oír; hay que practicar como lema y como conducta ineludible la democracia sindical. Ese compañero que se pasa el día hablando mal de todo, hay que llevarlo a la asamblea general, no como a un circo romano sino en un ambiente fraternal, para que exponga allí todo lo que él crea que es solución a sus problemas; y hay que oírlo porque a veces esa gente tiene una buena iniciativa”.
Años después de su muerte, un periodista preguntón acudió a la sede de la CTC en busca de anécdotas. “Siempre daba los buenos días, se detenía a saludar a los trabajadores, cualquier asunto que uno le planteara se esforzaba en darle respuesta”, le dijo una recepcionista. Una ascensorista añadió: “Me echaba el brazo sobre los hombros, me preguntaba por mis problemas personales, por la familia, cómo me trataba mi jefe”.
Un veterano líder obrero recordaba “la sonrisa que nos dejó, la mano presta al saludo, los dicharachos, la pasión por el boxeo, el béisbol y la música, su paciencia y respeto para escuchar a los demás, aun cuando no tuvieran la razón, la capacidad de analizar, orientar y convencer sin forcejeos”.
Otro dirigente sindical afirmaba: “Bastan tres palabras para caracterizar al hombre que fue Lázaro Peña: sencillez, modestia y firmeza. Por esas cualidades, más que por ninguna otra razón, se convirtió en uno de los dirigentes más queridos de la clase obrera cubana antes y después de 1959”.
Durante las honras fúnebres de este gran capitán del proletariado, Fidel expresó: “Fue para todos los trabajadores cubanos como un padre; y para los revolucionarios, un hermano entrañable (…) El Partido ha perdido un dirigente respetado y querido por las masas; el movimiento obrero, su más esforzado paladín; la organización sindical mundial, uno de los cuadros más sabios, maduros, reconocidos y respetados; los trabajadores cubanos, un padre; la Patria, un hijo esclarecido”.
Ofrendas de Fidel y Raúl Castro a José Martí
2016-05-19 12:51:54 / web@radiorebelde.icrt.cu
Estudiantes de la escuela Camilo Cienfuegos y cadetes de la Universidad de Ciencias Médicas de las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR), rinden homenaje al Héroe Nacional de Cuba José Martí, en el aniversario 121 de su muerte, en ceremonia efectuada en el Mausoleo del cementerio Santa Ifigenia de Santiago de Cuba, el 19 de mayo de 2016. (ACN) Foto: Miguel Rubiera Jústiz.
Ofrendas florales del líder de la Revolución cubana Fidel Castro Ruz y del General de Ejército Raúl Castro Ruz, Presidente de los Consejos de Estado y de Ministros, fueron depositadas en el Mausoleo a José Martí en el cementerio Santa Ifigenia, a 121 años de la caída en combate del Héroe Nacional.
Precisa la Agencia Cubana de Noticias que en ese sagrado lugar de la Patria, también fueron colocadas ofrendas en nombre de los Consejos de Estado y de Ministros y el pueblo de Cuba.
Con motivo de la fecha se realizó un acto político-cultural y ceremonia de Guardia de Honor especial, esta vez con la participación de alumnos de la Universidad de Ciencias Médicas de las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR), de La Habana, y la Escuela Militar Camilo Cienfuegos de la provincia de Artemisa.
El cadete Rafael Llerena expresó a la ACN el reconocimiento que para él significó haber sido escogido por cuarta ocasión, como estímulo a sus resultados docentes y preparación, en tanto Yeleny Ledo, quien asiste por primera vez, manifestó el orgullo de poder representar a los “camilitos” del país.
Como regalo cultural al Maestro hubo canciones, poemas y danzas, a cargo de la Orquesta de Guitarras, alumnos de la
Beatriz Jhonso .
Beatriz Jhonson, miembro del Comité Central del Partido Comunista de Cuba (PCC) y vicepresidenta de la Asamblea Provincial del Poder Popular, en las palabras centrales destacó de Martí su pensamiento universal, en su afán por la independencia de Cuba y otras naciones de América.
Al referirse a los momentos actuales, señaló que el pueblo debe marchar unido como arma indestructible para defender las conquistas de la Revolución y recordó dos importantes fechas a celebrar en el 2016: el cumpleaños 90 de Fidel y el aniversario 60 del levantamiento armado del 30 de Noviembre.
Flores blancas fueron colocadas ante el nicho con los restos del patriota cubano, por pioneros, cadetes, camilitos y las máximas autoridades de la provincia.
A la ceremonia asistieron los miembros del Comité Central del PCC Lázaro Expósito Canto, primer secretario en la provincia, y Reinaldo García Zapata, presidente de la Asamblea Provincial del Poder Popular, además de otros dirigentes de las FAR, el MININT y organizaciones del territorio.

El giro martiano ante Estados Unidos
La América del Norte “va de más a menos”. Así escribía José Martí a finales de 1890 en obvia alusión a Estados Unidos
Autor: Pedro Pablo Rodríguez | internet@granma.cu
18 de mayo de 2016 21:05:00
Clasif:Martí, José-Muerte 19 de Mayo de 1895 Foto Archivo. Publicado en Granma EFEME 19/05/2000 Mart0058
Antes de morir el 19 de mayo de 1895, José Martí comprendió la necesidad de la independencia de Cuba y de frenar las intenciones de expansión de los Estados Unidos. Foto: Ilustración de archivo
La América del Norte “va de más a menos”. Así escribía José Martí a finales de 1890 en obvia alusión a Estados Unidos, al mismo tiempo que decía que nuestra América iba “de menos a más”. Interesante esa comparación en un texto dedicado a buscar la clave del enigma de Latinoamérica, por lo que sometía a nuestros países a una aguda crítica de sus basamentos histórico-sociales. Se trata, como muchos recordarán, de Nuestra América, publicado el primero de enero de 1891.
No es casual que en este ensayo, al advertir que “el desdén del vecino formidable” —ya con claras intenciones expansionistas hacia el sur del continente—, era “el peligro mayor de nuestra América”, Martí indique además las razones que impulsaban tal peligro en aquel momento finisecular: se vivía en Estados Unidos —nos dice el Maestro— la “hora del desenfreno y la ambición”, a que pudiera ser lanzado ese vecino “por sus masas vengativas y sórdidas”, por “la tradición de conquista” y por “el interés de un caudillo hábil”. Y aunque no deja de notar cierta esperanza de que a tal hora no se llegue “por el predominio de lo más puro de su sangre”, es más que evidente su extrema preocupación porque, como dice líneas más adelante en ese mismo escrito, “el día de la visita está próximo”.
Los tres motores señalados por Martí de ese posible y cercano movimiento contra la soberanía de nuestra América evidencian la hondura sociológica y la sagacidad política del Maestro: reconoce que hay sectores de la población deseosos de la acción conquistadora, seguidores de una tradición forjada a lo largo del siglo XIX y promovida por James G. Blaine, el caudillo hábil del Partido Republicano, entonces secretario de Estado y organizador de la Conferencia de Washington que había pretendido establecer la hegemonía estadounidense sobre el sur del continente.
En estos juicios son inseparables las perspectivas del político ya decidido a cortar, mediante la independencia de Cuba y de Puerto Rico, ese camino dominador de Estados Unidos hacia el sur, de las miradas del polifacético analista que se había dedicado desde 1880 a escudriñar cuidadosa y metódicamente en la realidad del vecino norteño.
Sabemos que desde sus años juveniles en España, Martí rechazó a la sociedad norteamericana como modelo de la cubana —y de hecho de la latinoamericana toda— dada su naturaleza histórico-social diferente y sus marcadas corrupción y metalificación. Años después, su primer acercamiento público a Estados Unidos ajustó un leal reconocimiento al mayor ejercicio allí de las libertades —algo infrecuente por esa época en el mundo moderno— al señalamiento al mismo tiempo de la mercantilización que allí se imponía como un modo de vida, como una cultura, lo cual hacía dudosas esas libertades.
“Medida y número; estos son aquí los elementos de la grandeza”. Así escribía en 1880 para los lectores del semanario neoyorquino The Hour, a quienes advertía en el mismo texto que “El poder material, como el de Cartago, si crece rápidamente, rápidamente declina”, a la vez que les llamaba a moderar y dignificar “el amor a la riqueza con la benevolencia hacia los hombres, la pasión por cuanto es grande, y la devoción por todo lo que signifique sacrificio y gloria”.
El joven revolucionario cubano sigue entonces, con el debido tacto hacia su público estadounidense, los puntos de partida de la fuerte crítica en su cuaderno de apuntes de sus años estudiantiles en Madrid: el rechazo al mercantilismo desenfrenado desde una postura marcadamente ética.
Las Escenas norteamericanas, ese gran periodismo entre 1882 y 1892, muestran el arduo proceso cognoscitivo martiano acerca de Estados Unidos, y en ellas podemos apreciar cómo su apresamiento de aquella sociedad fue conformando un sólido análisis que sostendría sus opiniones en un hondo contenido sociológico e histórico. Tal proceso se expresó también en la propia maduración de su idea de la unidad de nuestra América para afrontar el peligro de la dominación estadounidense, como reitera, sobre todo, en más de uno de sus textos para el mensuario La América entre 1883 y 1884.
Momento especial en ese camino iría ocurriendo a partir de 1884, destacadamente desde 1886, con motivo del auge por esos años de las luchas sociales en Estados Unidos. Varios aspectos de esos choques entre clases y diversos sectores de la sociedad atraerían su atención y darían pie a algunas precisiones y rectificaciones de sus juicios sobre aquel país.
Los más llamativos resultan las luchas obreras por mejoras salariales, la disminución de las jornadas de trabajo que solían sobrepasar las 12 horas diarias, y contra la violenta represión que sufrían sus protestas; las demandas de las mujeres por la ampliación de sus posibilidades de empleo y el derecho a ejercer el voto y a ser electas para cargos públicos; la violencia y la discriminación racial contra los negros; la discriminación y la deportación de inmigrantes de varias nacionalidades; y la política genocida contra los pueblos originarios.
La revisión detallada de las crónicas martianas evidencia que cada uno de estos asuntos se convierte por esos años en todo un tema de nuestro autor, quien no deja a veces de ofrecer las conexiones entre ellos. Así, por ejemplo, cuando nos habla de Lucy Parsons, la viuda de uno de los anarquistas ejecutados por los sucesos de Chicago, nos entrega a una mujer que no se limita a su condición femenina y que es una luchadora contra el capitalismo, además de una mestiza seguramente a menudo discriminada por ello, como Martí nos deja entrever. O nos entrega un discurso acerca de la mujer obrera, inmigrante en muchos casos, sometida a la triple marginación por mujer, por asalariada y por inmigrante. O condena el empleo de la despiadada violencia que conduce a numerosas muertes contra obreros, negros, indígenas o inmigrantes chinos.
Todos estos casos, y muchos más, ensombrecieron el panorama de rápido crecimiento poblacional, de veloz empuje de la industria, de enriquecimiento acelerado de la burguesía y de aparición de los primeros monopolios productivos asociados al capital bancario. La lucha contra la voluntad hegemónica de ese sector que surgía apresuradamente fue larga, y en ella se enrolaron los granjeros y hasta sectores del capital de libre concurrencia, y se prolongó hasta entrado el siglo XX, cuando aún se aprobaron leyes antitrusts. En los tiempos de Martí, aparecieron nuevas agrupaciones políticas que desafiaron a las camarillas de los dos partidos tradicionales y que parecían poner en peligro el bipartidismo.
La voluntad martiana de acercarse e interpretar las necesidades de los sectores más reprimidos le llevó a concederle más espacio al tema posiblemente más abarcador y de similar presencia significativa en las otras sociedades industriales europeas: las luchas obreras, el enfrentamiento entre el capital y el trabajo, el conflicto de clases que por entonces era llamado el problema social. La huelgas de los trabajadores mineros, ferrocarrileros y de la industria alimentaria caracterizaron esa polarización social en los Estados Unidos de los años 80, zonas todas de avanzada en la embestida formadora del capital monopolístico.
Es claro que la sensibilidad martiana no podía quedar impávida ante las balaceras, golpizas y prisiones a los huelguistas, aunque más de una vez objetase el uso de la violencia por parte de los obreros. Era frecuente, desde sus primeras Escenas norteamericanas, que Martí atribuyese a los obreros venidos de Europa la responsabilidad por los actos violentos cometidos durante esa pelea social, y que su juicio negativo se dirigiera particularmente contra los anarquistas, presentados habitualmente como comisores de acciones terroristas y de atentados contra las autoridades de los estados.
Sin embargo, el largo proceso contra los llamados anarquistas de Chicago, tema de cerca de una veintena de sus crónicas entre 1884 y 1886, permitió un cambio de perspectiva en Martí. Inicialmente, el cubano se hizo eco de la culpabilidad de los detenidos como autores de la bomba que dio muerte a varios policías; lo cual cambiaría al conocer que aquella fue una provocación bien planeada y ejecutada para mover la ira popular contra aquellos y propinarle un golpe demoledor a las combativas organizaciones obreras y a sus dirigentes.
Al analizar el problema social recuerda cómo mientras el inmigrante hallaba tierra ancha y vida republicana, y se podía ganar el pan y se preparaba para la vejez, las teorías revolucionarias del obrero europeo no hallaban espacio en Estados Unidos. Pero, añade, “de una apacible aldea pasmosa se convirtió la república en una monarquía disimulada”. Y eso condujo a que los inmigrantes europeos encontraran en Estados Unidos los males que creían haber dejado atrás y a que los trabajadores quisieran ver la libertad en lo social tanto como en lo político. Y entonces sufren la represión del dueño, del juez, del policía. Por eso ponen esperanzas en el anarquismo. Y continúa Martí: “No comprenden [los obreros] que ellos [dueño, juez y policía] son mera rueda del engranaje social, y hay que cambiar, para que ellas cambien, todo el engranaje”. Luego, el asunto era más complejo: no se trataba de afrontar una parte sino el todo, la sociedad en su conjunto. Así, su crítica va más a fondo para plantearse, nada más y nada menos, que la necesidad de un cambio social.
El tono dramático y la crudeza de la descripción de la muerte de los anarquistas ahorcados en su última crónica al respecto, titulada Un drama terrible, en la versión para el diario La Nación, de Buenos Aires, contribuyen decisivamente a que esa extensa crónica deje una impresión favorable hacia aquellos y evidencie el crimen cometido con ellos. En dos palabras: desde entonces quedó claro que Martí puso de manifiesto la lucha de clases al interior de la sociedad estadounidense y que ello contribuyó decisivamente a radicalizar su crítica para situarla en un franco rechazo a la polarización social, como parte esencial de los cambios hacia una república imperial, cada vez menos democrática y francamente expansionista en el plano territorial y hegemonista sobre nuestra América.
*Investigador del Centro de Estudios Martianos. Miembro de Número de la Academia de Historia de Cuba.
17 de mayo. El crimen y la reivindicación
En 1949, las organizaciones campesinas, con el apoyo de la FEU, instituyeron el 17 de mayo como Día del Campesino
Autor: Pedro Antonio García | internet@granma.cu
16 de mayo de 2016 22:05:47
Las tierras del realengo, como sucedía en El Vínculo, hoy provincia de Guantánamo, pertenecían al Estado desde el tiempo de la colonia. Pobres inmigrantes ibéricos y antiguos esclavos la fueron ocupando y allí fundaron pequeñas fincas. Pero las compañías yanquis y terratenientes geófagos, a pesar de sus enormes latifundios, codiciaban hasta esas poco extensas áreas. Y eran capaces de la falsificación y el crimen para obtenerlas.
Lino Mancebo, El Tiburón, como le llamaban, quería agrandar su gran hacienda a costa del realengo. La Federación Campesina de Oriente venía denunciando desde 1944 sus desmanes contra los pobladores de la zona. Y a la finquita de Niceto Pérez el geófago envió sus matones. La primera vez, sus esbirros amenazaron de muerte al pequeño agricultor. Luego volvieron, respaldados por la Guardia Rural, y destruyeron las siembras: “Díganle a Niceto que si no se va, lo vamos a picotear, como a sus viandas”.
En abril de 1946, Niceto y la asociación de agricultores de El Vínculo presentaron una acusación formal ante el juzgado por las constantes agresiones de los sicarios de Mancebo. El sistema judicial nada hizo. Ni la Guardia Rural, por supuesto. El 17 de mayo de 1946, el campesino se hallaba con sus hijos y un vecino desyerbando un boniatal. Andaba desarmado. Rodeado de matones, uno de los Mancebo descargó un revólver calibre 38 contra su pecho.
Apenas sobrevivió una hora.
Amparados por la maquinaria política del Partido Liberal, los Mancebo huyeron a La Habana; sus cómplices, en definitiva, no fueron encausados, a pesar de las protestas de las organizaciones campesinas, la FEU y los estudiantes del Instituto de Guantánamo. El sepelio de Niceto devino manifestación de duelo popular y de repulsa contra el crimen. Cuando el veterano dirigente campesino Lino Álvarez exclamó indignado: “Si esto pasa en el Realengo 18, los asesinos ya hubieran sido ajusticiados”; varias voces le replicaron: “Si las autoridades no actúan, tarde o temprano se hará justicia”.
El gobierno del doctor Grau San Martín, tan democrático y justo como afirman ciertos historiadores actuales, desoyó el reclamo popular y permaneció inmutable ante el crimen, alegando subterfugios legales. El sistema judicial de aquella república apeló a trucos y artimañas para que el homicidio continuara impune. Manos de estudiantes escribieron en las paredes de los edificios de la capital: “Se ofrecen 100 pesos por la captura de Lino Mancebo, el Tiburón de La Maya, asesino de Niceto Pérez”. El terrateniente declaró que no le asustaban los letreros. El 26 de febrero de 1947, a la salida de la Lonja del Comercio, lo ajusticiaron con cinco certeras balas de pistolas calibre 45. Según la prensa de la época, era tan impopular el geófago que, pese a lo concurrido del lugar, nadie “pudo” identificar a los autores.
En 1949, las organizaciones campesinas, con el apoyo de la FEU, instituyeron el 17 de mayo como Día del Campesino. No es de extrañar que se escogiera esa fecha en 1959 por el Gobierno Revolucionario para promulgar la Primera Ley de Reforma Agraria. Ni que dos años después (1961), al conmemorarse la firma de esa legislación, se constituyera oficialmente la Asociación Nacional de Agricultores Pequeños (ANAP).
Al respecto Fidel señalaría por aquellos años que se había querido rendir homenaje “al valiente y honesto campesino y a todos los que han caído por las reivindicaciones del campesinado. Se firmó ese día simbólico como reparación definitiva de todos los abusos y de todas las injusticias… Entre los muchos que tuvieron que sufrir de la injusticia, alguno habría de simbolizar la causa del campesinado. Esa fecha, sin embargo, dolorosa y triste, tuvo un día cumplida recompensa”.
