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El giro martiano ante Estados Unidos

Jose Marti

La América del Norte “va de más a me­nos”. Así escribía José Martí a finales de 1890 en obvia alusión a Estados Unidos
Autor: Pedro Pablo Rodríguez | internet@granma.cu
18 de mayo de 2016 21:05:00
Clasif:Martí, José-Muerte 19 de Mayo de 1895 Foto Archivo. Publicado en Granma EFEME 19/05/2000 Mart0058
Antes de morir el 19 de mayo de 1895, José Martí comprendió la necesidad de la independencia de Cuba y de frenar las intenciones de expansión de los Estados Unidos. Foto: Ilustración de archivo
La América del Norte “va de más a me­nos”. Así escribía José Martí a finales de 1890 en obvia alusión a Estados Unidos, al mismo tiempo que decía que nuestra Amé­rica iba “de menos a más”. Interesante esa comparación en un texto dedicado a buscar la clave del enigma de Latinoamérica, por lo que sometía a nuestros países a una aguda crítica de sus basamentos histórico-sociales. Se tra­ta, como muchos recordarán, de Nues­tra América, publicado el primero de enero de 1891.
No es casual que en este ensayo, al advertir que “el desdén del vecino formidable” —ya con claras intenciones expansionistas hacia el sur del continente—, era “el peligro mayor de nuestra América”, Martí indique además las razones que impulsaban tal peligro en aquel momento finisecular: se vivía en Estados Unidos —nos dice el Maestro— la “hora del desenfreno y la ambición”, a que pudiera ser lanzado ese vecino “por sus masas vengativas y sórdidas”, por “la tradición de conquista” y por “el interés de un caudillo hábil”. Y aunque no deja de notar cierta esperanza de que a tal hora no se llegue “por el predominio de lo más puro de su sangre”, es más que evidente su extrema preocupación porque, como dice líneas más adelante en ese mismo escrito, “el día de la visita está próximo”.
Los tres motores señalados por Martí de ese posible y cercano movimiento contra la soberanía de nuestra América evidencian la hondura sociológica y la sagacidad política del Maestro: reconoce que hay sectores de la población deseosos de la acción conquistadora, seguidores de una tradición forjada a lo largo del siglo XIX y promovida por James G. Blaine, el caudillo hábil del Partido Repu­bli­cano, entonces secretario de Estado y organizador de la Conferencia de Washington que había pretendido establecer la hegemonía estadounidense sobre el sur del continente.
En estos juicios son inseparables las perspectivas del político ya decidido a cortar, me­diante la independencia de Cuba y de Puerto Rico, ese camino dominador de Es­tados Uni­dos hacia el sur, de las miradas del polifacético analista que se había dedicado desde 1880 a escudriñar cuidadosa y metódicamente en la realidad del vecino norteño.
Sabemos que desde sus años juveniles en España, Martí rechazó a la sociedad norteamericana como modelo de la cubana —y de hecho de la latinoamericana toda— dada su naturaleza histórico-social diferente y sus marcadas corrupción y metalificación. Años después, su primer acercamiento público a Estados Unidos ajustó un leal reconocimiento al mayor ejercicio allí de las libertades —algo infrecuente por esa época en el mundo moderno— al señalamiento al mismo tiempo de la mercantilización que allí se imponía como un modo de vida, como una cultura, lo cual hacía dudosas esas libertades.
“Medida y número; estos son aquí los elementos de la grandeza”. Así escribía en 1880 para los lectores del semanario neoyorquino The Hour, a quienes advertía en el mismo texto que “El poder material, como el de Cartago, si crece rápidamente, rápidamente declina”, a la vez que les llamaba a moderar y dignificar “el amor a la riqueza con la benevolencia hacia los hombres, la pasión por cuanto es grande, y la devoción por todo lo que signifique sacrificio y gloria”.
El joven revolucionario cubano sigue en­tonces, con el debido tacto hacia su público estadounidense, los puntos de partida de la fuerte crítica en su cuaderno de apuntes de sus años estudiantiles en Madrid: el rechazo al mercantilismo desenfrenado desde una postura marcadamente ética.
Las Escenas norteamericanas, ese gran periodismo entre 1882 y 1892, muestran el arduo proceso cognoscitivo martiano acerca de Estados Unidos, y en ellas podemos apreciar cómo su apresamiento de aquella sociedad fue conformando un sólido análisis que sostendría sus opiniones en un hondo contenido sociológico e histórico. Tal proceso se expresó también en la propia maduración de su idea de la unidad de nuestra América para afrontar el peligro de la dominación estadounidense, como reitera, sobre todo, en más de uno de sus textos para el mensuario La América entre 1883 y 1884.
Momento especial en ese camino iría ocurriendo a partir de 1884, destacadamente des­de 1886, con motivo del auge por esos años de las luchas sociales en Estados Unidos. Varios aspectos de esos choques entre clases y diversos sectores de la sociedad atraerían su atención y darían pie a algunas precisiones y rectificaciones de sus juicios sobre aquel país.
Los más llamativos resultan las luchas obreras por mejoras salariales, la disminución de las jornadas de trabajo que solían sobrepasar las 12 horas diarias, y contra la violenta represión que sufrían sus protestas; las demandas de las mujeres por la ampliación de sus posibilidades de empleo y el derecho a ejercer el voto y a ser electas para cargos públicos; la violencia y la discriminación racial contra los negros; la discriminación y la deportación de inmigrantes de varias nacionalidades; y la política genocida contra los pueblos originarios.
La revisión detallada de las crónicas martianas evidencia que cada uno de estos asuntos se convierte por esos años en todo un tema de nuestro autor, quien no deja a veces de ofrecer las conexiones entre ellos. Así, por ejemplo, cuando nos habla de Lucy Parsons, la viuda de uno de los anarquistas ejecutados por los sucesos de Chicago, nos entrega a una mujer que no se limita a su condición femenina y que es una luchadora contra el capitalismo, además de una mestiza seguramente a menudo discriminada por ello, como Martí nos deja entrever. O nos entrega un discurso acerca de la mujer obrera, inmigrante en muchos casos, sometida a la triple marginación por mujer, por asalariada y por inmigrante. O condena el empleo de la despiadada violencia que conduce a numerosas muertes contra obreros, negros, indígenas o inmigrantes chinos.
Todos estos casos, y muchos más, ensombrecieron el panorama de rápido crecimiento poblacional, de veloz empuje de la industria, de enriquecimiento acelerado de la burguesía y de aparición de los primeros monopolios productivos asociados al capital bancario. La lucha contra la voluntad hegemónica de ese sector que surgía apresuradamente fue larga, y en ella se enrolaron los granjeros y hasta sectores del capital de libre concurrencia, y se prolongó hasta entrado el siglo XX, cuando aún se aprobaron leyes antitrusts. En los tiempos de Martí, aparecieron nuevas agrupaciones políticas que desafiaron a las camarillas de los dos partidos tradicionales y que parecían poner en peligro el bipartidismo.
La voluntad martiana de acercarse e interpretar las necesidades de los sectores más reprimidos le llevó a concederle más espacio al tema posiblemente más abarcador y de similar presencia significativa en las otras sociedades industriales europeas: las luchas obreras, el enfrentamiento entre el capital y el trabajo, el conflicto de clases que por entonces era llamado el problema social. La huelgas de los trabajadores mineros, ferrocarrileros y de la industria alimentaria caracterizaron esa polarización social en los Estados Unidos de los años 80, zonas todas de avanzada en la embestida formadora del capital monopolístico.
Es claro que la sensibilidad martiana no podía quedar impávida ante las balaceras, golpizas y prisiones a los huelguistas, aunque más de una vez objetase el uso de la violencia por parte de los obreros. Era frecuente, desde sus primeras Escenas norteamericanas, que Martí atribuyese a los obreros venidos de Europa la responsabilidad por los actos violentos cometidos durante esa pelea social, y que su juicio negativo se dirigiera particularmente contra los anarquistas, presentados habitualmente como comisores de acciones terroristas y de atentados contra las autoridades de los estados.
Sin embargo, el largo proceso contra los llamados anarquistas de Chicago, tema de cerca de una veintena de sus crónicas entre 1884 y 1886, permitió un cambio de perspectiva en Martí. Inicialmente, el cubano se hizo eco de la culpabilidad de los detenidos como autores de la bomba que dio muerte a varios policías; lo cual cambiaría al conocer que aquella fue una provocación bien planeada y ejecutada para mover la ira popular contra aquellos y propinarle un golpe demoledor a las combativas organizaciones obreras y a sus dirigentes.
Al analizar el problema social recuerda có­mo mientras el inmigrante hallaba tierra an­cha y vida republicana, y se podía ganar el pan y se preparaba para la vejez, las teorías revolucionarias del obrero europeo no hallaban espacio en Estados Unidos. Pero, añade, “de una apacible aldea pasmosa se convirtió la república en una monarquía disimulada”. Y eso condujo a que los inmigrantes europeos encontraran en Estados Unidos los males que creían haber dejado atrás y a que los trabajadores quisieran ver la libertad en lo social tanto como en lo político. Y entonces sufren la represión del dueño, del juez, del policía. Por eso ponen esperanzas en el anarquismo. Y continúa Martí: “No comprenden [los obreros] que ellos [dueño, juez y policía] son mera rueda del engranaje social, y hay que cambiar, para que ellas cambien, todo el engranaje”. Luego, el asunto era más complejo: no se trataba de afrontar una parte sino el todo, la sociedad en su conjunto. Así, su crítica va más a fondo para plantearse, nada más y nada menos, que la necesidad de un cambio social.
El tono dramático y la crudeza de la descripción de la muerte de los anarquistas ahorcados en su última crónica al respecto, titulada Un drama terrible, en la versión para el diario La Nación, de Buenos Aires, contribuyen decisivamente a que esa extensa crónica deje una impresión favorable hacia aquellos y evidencie el crimen cometido con ellos. En dos palabras: desde entonces quedó claro que Martí puso de manifiesto la lucha de clases al interior de la sociedad estadounidense y que ello contribuyó decisivamente a radicalizar su crítica para situarla en un franco rechazo a la polarización social, como parte esencial de los cambios hacia una república imperial, cada vez menos democrática y francamente expansionista en el plano territorial y hegemonista sobre nuestra América.
*Investigador del Centro de Estudios Mar­tianos. Miembro de Número de la Aca­demia de Historia de Cuba.