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Fidel y Raúl nunca defraudaron la confianza de su padre

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Por: Equipo Editorial Fidel Soldado de las Ideas

Don Ángel Castro Argiz, en su oficina-comedor, 1956. Foto: Oficina de Asuntos Históricos del Consejo de Estado/ Sitio Fidel Soldado de las Ideas.
El libro “Ángel, la raíz gallega de Fidel” escrito por Katiuska Blanco Castiñeira es una historia inspirada en la vida del padre de Fidel y Raúl Castro Ruz.
Ángel Castro Argiz fue uno de los tantos gallegos que dejó atrás la Galicia profunda para buscar fortuna más allá del mar. En su camino, Ángel nunca imaginó que de su propia casa saldría la fuerza para cambiar la suerte de Cuba, la isla que siempre trazó su destino.
Cubadebate y el sitio Fidel Soldado de las Ideas en ocasión del Día de los Padres comparte con sus lectores fragmentos del libro donde se muestra el cariño y la admiración que los hermanos Castro sentían por su padre.
En el mismo se refleja cómo Fidel fue formando su pensamiento sobre la crítica situación económica, política y social en que vivía el país antes del triunfo de la Revolución:
“Todo lo que Fidel definía como urgencias económicas del país lo había aprendido en sus largas conversaciones con los trabajadores del batey y con don Ángel, con quien intercambiaba opiniones sobre los asuntos económicos de la finca y de Cuba. Sus vehemencias justicieras tenían raíz en lo vivido”.
A pesar del riesgo que correría en las acciones revolucionarias, sus padres nunca dejaron de apoyar a los hermanos Castro en sus ideales de justicia:
“Fidel presentía en su padre una intuición, pero don Ángel no le dijo nada, como quien valora inestimable y vital el silencio. Fidel nunca intentó convencer a sus padres de sus ideas políticas, su lucha les causaría grandes sufrimientos, pero confiaba en la sensibilidad fuerte de Lina y en la capacidad de don Ángel para apreciar los hechos políticos, los acontecimientos históricos en la vida de un país. Con esa convicción se despidió de ellos sin mirar atrás y sin saber que aquel sería su último encuentro con el viejo”.
(…)
“Don Ángel los apoyaba. Estaba preocupado, intranquilo, pensando que las dificultades para sus hijos eran muy grandes y que tal vez morirían, pero aún así estaba de acuerdo con su lucha”.
En todo momento estuvo de manifiesto el amor entre padre e hijo:
“Fidel sabía que sus padres se inquietaban por ellos. La preocupación les nublaba la tranquilidad y les quitaba el sueño. Los viejos tenían la niebla del mar en el pensamiento y su ánimo solo cambiaría con el regreso de los hijos. Por eso, Fidel valoraba aún más el apoyo de sus padres, su cariño incondicional, su entereza y respeto”.
Don Ángel siempre confió en que Fidel regresaría desde México para lograr la definitiva victoria:
“En la casa no existía duda de que Fidel regresaría a Cuba ese año. Lo conocían demasiado bien. El viejo pasaba el tiempo pendiente de la noticia, del regreso, como en la historia de la Biblia, en que el padre iba todas las tardes a un alto y aguardaba ansioso el retorno del hijo pródigo, aquella parábola poética del Antiguo Testamento, que tanto había impresionado a Fidel de niño”.
Las cartas escritas por Fidel fueron leídas en innumerables ocasiones por su padre:
“Don Ángel sacó de una cajita de madera los papeles conservados como reliquia en el velador, junto a la cama. Releyó las cartas de sus hijos, escritas mientras esperaban el juicio o después, cuando ya estaban recluidos en el Presidio Modelo, en la Isla de Pinos. Fue repasándolas con la vista y con las manos, una por una, en un gesto de cariño”:
Prisión de Oriente
Septiembre 23 de 1953
Sr. Ángel Castro
y Sra. Lina Ruz.
Birán
Mis queridos padres:
Espero me perdonen la tardanza en escribirles, no piensen que es por olvido o falta de cariño; he pensado mucho en ustedes y sólo me preocupa que estén bien y que no sufran sin razón por nosotros.
El juicio comenzó hace dos días; va muy bien y estoy satisfecho de su desarrollo. Desde luego es inevitable que nos sancionen, pero yo debo ser cívico y sacar libre a todas las personas inocentes; en definitiva no son os jueces los que juzgan a los hombres, sino la Historia y el fallo de ésta será sin duda favorable a nosotros.
He asumido como abogado mi propia defensa y pienso desenvolverla con toda dignidad.
Quiero por encima de todo que no se hagan la idea de que la prisión es un lugar feo para nosotros, no lo es nunca cuando se está en ella por defender una causa justa e interpretar el legítimo sentimiento de la nación. Todos los grandes cubanos han padecido lo mismo que estamos padeciendo nosotros ahora.
Quien sufre por ella y cumple con su deber, encuentra siempre en el espíritu fuerza sobrada para contemplar con serenidad y calma las batidas adversas del destino; éste no se expresa en un sólo día y cuando nos trae en el presente horas de amargura, es porque nos reserva para el futuro sus mejores dones.
Tengo la más completa seguridad de que sabrán comprenderme y tendrán presente siempre que en la tranquilidad y conformidad de ustedes está siempre también nuestro mejor consuelo.
No se molesten por nosotros, no hagan gastos ni derrochen energías. Se nos trata bien, no necesitamos nada.
En lo adelante les escribiré con frecuencia para que sepan de nosotros y no sufran.
Los quiere y les recuerda mucho: su hijo
Fidel.
Fidel y Raúl nunca defraudaron la confianza de sus padres, Lina Ruz y Don Ángel Castro vivieron siempre orgullosos de sus hijos y sus convicciones de lucha contra las injusticias.

 

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Fidel otra vez en esta ciudad

Por: Katiuska Blanco

4 febrero 2017

Fidel inauguró complejo docente Vilma Espín Guillois, 9 de abril de 2013. Foto: Estudios Revolución.
En esta Habana, casi insólitamente invernal, de vientos arremolinados y nubosos, doy las gracias por estar frente a una multitud de maestros, porque el magisterio y la medicina son los quehaceres más hermosos y nobles de la Tierra.Martí dijo que los niños son la esperanza del mundo y habló de los maestros ambulantes, esos que van y vienen de todas partes para enseñar, para iluminar, para abrir los caminos.
Fidel fue un maestro. Para mí, sus Reflexiones fueron siempre cartas que nos dirigía a cada uno de los seres humanos de este mundo. Para hablarles hoy, leí una vez más, la que terminó de escribir el 12 de agosto del año pasado, a las 10 y 34 minutos de la noche. Un hombre con su sabiduría anticipaba que el tiempo iba acabándosele y a pesar de esa certeza, dedicaba parte de ese bien que se le agotaba, que se le escurría inexorablemente, para compartirnos sus experiencias. Pienso, por eso mismo, que condensó su vivir en esos párrafos, donde no falta un fino hilo de ironía para ponernos en guardia en tiempos agrestes.
Fidel nos dice en esa carta a qué le da valor en la vida. Nos cuenta: “A los seis años, una maestra llena de ambiciones, que daba clases en la escuelita pública de Birán, convenció a la familia de que yo debía viajar a Santiago de Cuba para acompañar a mi hermana mayor que ingresaría en una escuela de monjas con buen prestigio. Incluirme a mí fue una habilidad de la propia maestra de la escuelita de Birán. Ella, espléndidamente tratada en la casa de Birán, donde se alimentaba en la misma mesa de la familia, la había convencido de la necesidad de mi presencia. En definitiva tenía mejor salud que mi hermano Ramón –quien falleció en meses recientes-, y durante mucho tiempo fue compañero de escuela. No quiero ser extenso, solo que fueron muy duros los años de aquella etapa de hambre para la mayoría de la población. “Me enviaron, después de tres años, al Colegio La Salle de Santiago de Cuba, donde me matricularon en primer grado. Pasaron casi tres años sin que me llevaran jamás a un cine.
“Así comenzó mi vida. A lo mejor escribo, si tengo tiempo, sobre eso. Excúsenme que no lo haya hecho hasta ahora, solo que tengo ideas de lo que se puede y debe enseñar a un niño. Considero que la falta de educación es el mayor daño que se le puede hacer.”
Luego Fidel, de súbito, señala: “La especie humana se enfrenta hoy al mayor riesgo de la historia…” Sin duda, consideraba la educación como antídoto esencial contra la tragedia o el desastre humano, pero ¿qué educación?
Tengo que confesar que me impresionan las palabras de Fidel, él, un eterno inconforme. Todo cuanto hizo le parecía poco y lamentaba la falta de tiempo para darnos más… Si yo hubiera tenido la oportunidad de conversar con él por esa fecha, habría podido asegurarle que ese libro ya él lo había escrito, tal vez estaba, es verdad, disperso en sus propios días y vivencias, en sus expresadas remembranzas, en discursos, comparecencias e intercambios; pero escrito estaba, fue todo lo que nos dijo durante años, fue todo lo que hizo en su vida consciente desde que era muy joven.
Tengo que decir, que lo vivido en la niñez, lo sufrido lo marcó indeleblemente junto a los que nada poseían y en favor de una educación nueva cuyos componentes esenciales fueran el amor, el afán de despertar el ansia de conocimiento de manera integrada acerca de cuanto nos rodea; la enseñanza para vivir plenamente en el disfrute de la naturaleza y la cultura, del pensar por sí propio; la noción de la fuerza moral, la importancia de forjar el carácter, la espiritualidad, el desprendimiento, la bondad y la capacidad de sacrificio; las martianas ideas del bien y la virtud, todo ello eran las claves de lo que él consideraba imprescindible en la formación de los seres humanos para la felicidad, la plenitud, la libertad y la dignidad, en equilibrio, a su vez, con toda la humanidad y los universos posibles.
Fidel sentía que eran la bendición de los niños, las personas que prestaban atención a sus inquietudes, curiosidades, preocupaciones, deseos de saber. Agradeció infinitamente a todos los adultos que dedicaron tiempo de sus vidas a conversar con él en su niñez y adolescencia. Pensaba que esa debía ser la actitud de todos los profesores y como persona consecuente, él mismo practicaba esa conducta. Una vez le vi explicar en detalle a un niño, la vida cotidiana de nuestros aborígenes y por una maravillosa ruta, pasar poco a poco, de esas historias desconocidas y deslumbrantes a las preguntas y probables respuestas trascendentes sobre la creación del universo, los enigmas de la luz, el espacio y el tiempo, sobre los confines del cielo y de los sentimientos… yo lo escuchaba en silencio y recordaba aquella Última Página de José Martí, en cada número de la revista “La Edad de Oro”.
Esa Reflexión o carta de Fidel del verano anterior, cuando nos decía en la primera línea: “Mañana cumpliré 90 años” se iniciaba hablándonos del remoto y modesto lugar de nuestra geografía donde nació y desde el mismo comienzo plantea su inconformidad con el estado de cosas existente en aquella época de sus primeros asombros… apunta que era un lugar perdido que nunca apareció en un mapa para luego afirmar que “dado su buen comportamiento era conocido por amigos cercanos –se refiere a los administradores de los centrales azucareros de propiedad norteamericana- y luego continúa: “y por una plaza de representantes políticos e inspectores que se veían en torno a cualquier actividad comercial o productiva propias de los países neocolonizados del mundo”. Así, sin teorizaciones ni pedanterías, nos lleva de lo cotidiano a lo político, de lo aparentemente trivial a lo definitivo, de lo común a lo trascendente. Es el camino que debe seguir un maestro.
Luego nos habla de Los Pinares de Mayarí. A mí me conmueve recordar una conversación que sostuvimos sobre aquellos parajes. En 2012, todavía Fidel se emocionaba al pensar que había visto allí, árboles de los que estaba poblada Cuba cuando arribó Colón por primera vez a este Archipiélago. Había que reforestar el país y una vez y otra, los suelos y el alma de la nación, de sus gentes.
En su Reflexión nos habla de los pinos de gran tamaño y calidad que se extraían de allí en decenas de camiones y apunta que no habla de minerales –también abundantes en el lugar- “que se han convertido en símbolos de los valores económicos que la sociedad humana, en su etapa actual de desarrollo, requiere…” Hay una mirada ahí que privilegia el verdor, la frescura y la vida del bosque, pudiéramos decir también: que ansía la vida natural. De esas fragancias debe rebosar el espíritu de un maestro, de esa sensibilidad que no deseche la modernidad o las tecnologías, pero sí prepondere el valor de la naturaleza en tiempos en que la humanidad vive la depredación del medio y donde una especie está en peligro: la especie humana y hay que salvarla. En ese mismo 2012, reunido con intelectuales y artistas llegados a la Feria Internacional del Libro, desde diversas esquinas del orbe, afirmó que nuestro deber es luchar hasta el último aliento.
Por la educación vivió y luchó Fidel. Se habla siempre de la Campaña de Alfabetización, claro, es la hazaña suprema, pero fue precedida de esfuerzos que comenzaron mucho antes. No olvido el círculo de estudio que en torno a una biografía de Marx, se desarrollaba en Guanabo, cuando después del golpe de Batista en 1952, aún Fidel permanecía semiclandestino, o la Academia Abel Santamaría en la prisión, o las clases en las casas-campamento en México, o aquellas que Che daba a sus compañeros combatientes rebeldes para que aprendieran a leer y a escribir, o el sueño educativo organizado que se desarrolló en el Frente de Raúl en las serranías del norte oriental para enseñar a los pobladores que no sabían o los contingentes de maestros voluntarios y las diez mil aulas creadas en 1960, o la fundación de la Imprenta nacional, la escritura y publicación de libros de texto que abordaran la historia de Cuba y de Nuestra América sin falacias ni distorsiones neocolonizadoras.
Todo lo animaba el principio de que la educación era piedra, base fundamental para una vida nueva. Fue la sensibilidad por los que no habían podido aprender, lo que señaló la necesidad de cambiar el destino de Cuba. Así lo revela Fidel en una carta escrita en 1954, al referirse a la visita que hizo a Birán unas semanas antes del ataque al Cuartel Moncada. De sus prolongadas estancias en la capital, volvió allí probablemente en abril de 1953. Recordando ese viaje escribió después como quien desahoga un sentimiento triste con el deseo de aliviar, soñar y hacer algo porque la tragedia se desvaneciera para siempre:
“Todo ha seguido igual desde hace más de veinte años. Mi escuelita un poco más vieja, mis pasos un poco más pesados, las caras de los niños quizás un poco más asombradas y ¡nada más!
“Es probable que haya venido ocurriendo así desde que nació la República y continúe invariablemente igual sin que nadie ponga seriamente sus manos sobre tal estado de cosas. De ese modo nos hacemos la ilusión de que poseemos una noción de justicia. Todo lo que se hiciera relativo a la técnica y organización de la enseñanza no valdría de nada si no se altera de manera profunda el “status quo” económico de la nación, es decir, de la masa del pueblo, que es donde está la única raíz de la tragedia. Más que ninguna teoría me ha convencido de esto, a través de los años, la palpitante realidad vivida. Aun cuando hubiese un genio enseñando en cada escuela, con material de sobra y lugar adecuado, y a los niños se les diese la comida y la ropa en la escuela, más tarde o más temprano, en una etapa o en otra de su desarrollo mental, el hijo del campesino humilde se frustraría hundiéndose en las limitaciones económicas de la familia. Más todavía, admito que el joven llegue con la ayuda del Estado a obtener una verdadera capacitación técnica, pues también se hundiría con su título como en una barca de papel en las míseras estrecheces de nuestro actual “status quo” económico y social.”
Ese día, mientras escribía, Fidel seguramente pensaba en Paco, en Carlos y Flores Falcón, Dalia López, Benito Rizo, Genaro Gómez y tantos otros amigos de la infancia. También en Ubaldo que tenía tan buena memoria y era una lástima su desconocimiento, en los tíos Enrique y Alejandro, en las niñas del lugar, crecidas solo para el oficio de esposas y lavanderas. Sus razonamientos deslindaban lo que se daba por generosidad y lo que debía recibirse por justicia. En septiembre de 2003, en el centenario de su mamá Lina, Fidel agradeció a sus padres la oportunidad que tuvo de estudiar, cuando muchos de aquel paisaje entrañable no habían podido por no contar con recursos, era una circunstancia de sus amigos de la infancia que le pesaba en el alma y movió sus energías por transformar Cuba, Latinoamérica y el mundo porque no era posible la educación para todos sin la justicia para todos.
La Revolución Cubana es el libro de Fidel sobre la educación, ella recuenta lo hecho y lo expresado y hay que defenderla y estudiarla para que continúe viva en su plenitud y especialmente en su obra educativa que es como su corazón; la Revolución se hizo para la justicia y para la educación, que es lo mismo que decir para la vida.
Con la Educación, la Revolución es verdadera y sin ella no puede existir o perdurar. La Educación enraíza la idea de la Patria y con Martí pensamos que Patria es Humanidad.DSC1441-580x43590-cumpleanos-de-fidel-castro-03fidel-castro9fidel-pioneros-580x394

Realizan en La Habana homenaje a Fidel Castro entre anécdotas y libros

 

Creado el Jueves, 18 Febrero 2016 19:44 | Lourdes Elena García Bereau| Foto de Archivo

La Habana, 18 feb (ACN) Entre anécdotas personales, risas, historias ocurrentes y momentos para repensar, transcurrió hoy el homenaje anticipado al cumpleaños 90 del líder histórico de la Revolución Cubana, Fidel Castro, que tuvo lugar en la Casa del Alba Cultural de esta capital.

En presencia del Comandante de la Revolución Guillermo Garcia Frías y de Abel Prieto, asesor del Presidente de los Consejos de Estado y Ministros, el encuentro –con entrada libre para el pueblo- resultó una especie de agasajo familiar, entre amigos, compañeros y admiradores de la obra del eterno Comandante en Jefe.

Decenas de historias afloraron en una cita marcada por el contexto de la Feria Internacional del Libro, Cuba 2016, convocatoria de gran significación para las letras y el arte del continente e impulsada hace 25 años por Fidel.

Durante el homenaje, Abel Prieto lo definió como un hombre con una mirada estratégica hacia el futuro y, al mismo tiempo, una pasión desmedida por el detalle.

En consonancia, el también escritor ahondó en la capacidad de Fidel para impulsar la cultura del país, considerándola como un elemento primordial a salvar por lo que representa para nuestra identidad.

Para ejemplicarlo, Prieto recordó que este 2016 se cumplen 55 años de “Palabras a los Intelectuales”, un discurso donde el máximo líder sentó las bases de la política cultural en Cuba, a partir de una propuesta original, unitaria y menos sectaria.

Muy a tono con el ambiente de estas fechas, también rememoró que el primer texto mandado a imprimir por Fidel en 1959, luego de la fundación de la primera imprenta, fue El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha.

Katiuska Blanco, periodista y escritora de varios textos dedicados al líder, señaló como una de sus principales características la atención desmedida hacia los demás.

Siempre me quedo conmovida con el Fidel sencillo, el de gente de pueblo, ese que busca el tiempo para escuchar a los demás, porque considera que de todos se puede aprender y no se debe dejar de indagar, confesó.

Asimismo, la autora consideró que, a su juicio, no hay tarea intelectual más compleja que transformar una sociedad desde la cultura y la educación, un logro sedimentado en la obra del Comandante en Jefe durante cinco décadas.

Antes de culminar el encuentro, el también Héroe de la República Guillermo García, intercambió con los presentes anécdotas personales de su amistad con Fidel y respondió preguntas de admiradores e intelectuales asistentes al homenaje.

A manera de regalo especial, todos los que concurrieron al encuentro pudieron obtener los textos Reflexiones de Fidel y otros más de la autoría de Katiuska Blanco.