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Lázaro Peña, un hermano entrañable

Lazaro

Dirigente sindical de base, organizó paros, sufrió cárcel. En la huelga de agosto de 1933 contra el tirano Machado, extendió su liderato a los paraderos de ómnibus y tranvías de la Víbora
Autor: Pedro Antonio García | internet@granma.cu
27 de mayo de 2016 20:05:04
Foto: Archivo
Nació pobre en La Habana, el 29 de mayo de 1911. Como todo niño, tuvo un sueño: ser violinista, músico. Hijo de una despalilladora y huérfano de padre, en medio de una sociedad injusta, tuvo que renunciar desde muy temprana edad a los sueños y a la infancia para ganarse el pan, primero como aprendiz de carpintero y albañil, luego como constructor, herrero y operario en una fábrica de tabacos. En este último ramo, en 1929, a los 18 años, ingresó al Partido Comunista.
Dirigente sindical de base, organizó paros, sufrió cárcel. En la huelga de agosto de 1933 contra el tirano Machado, extendió su liderato a los paraderos de ómnibus y tranvías de la Víbora. Los tabaqueros lo quisieron para secretario general de su sindicato provincial en 1934.
Detenido durante la huelga de marzo de 1935 contra el régimen tiránico del coronel Batista y del embajador yanqui Caffery, se ne­gó, a pesar de maltratos y torturas, a declarar a qué casa pertenecían las llaves que le encontraron (eran de un importante local del Partido, donde se hallaba Blas Roca, el secretario general). Al salir de prisión, asumió la dirección de la Confederación Nacional Obrera de Cuba (CNOC).
Paciente y perseverante, su lucha por dotar al movimiento obrero cubano de una organización unitaria cristalizó en 1939 con la fundación de la Confederación de Trabajadores de Cuba (CTC), de la que fue su primer secretario general. En ese cargo tuvo que enfrentar a las pandillas gangsteriles que asaltaron los sindicatos, en complicidad con la policía. Muchos líderes obreros fueron asesinados, como Jesús Me­néndez y Aracelio Iglesias.
Celebraban por aquellos días un acto en homenaje a Menéndez en Manzanillo, la localidad donde lo ultimaron. El asesino del dirigente sindical, impune y respaldado, que continuaba libre y en su cargo de jefe militar de la ciudad, ocupó el balcón de una casa cercana para contemplar, rodeado de su banda de matones, el desarrollo del mitin. No faltaron los que, ante situación tan violenta, aconsejaron que no se hablara del asesinato de Jesús.
Peña no se amilanó. En términos inequívocos, tajantes, que el momento imponía, acusó allí mismo, directamente y por su nombre, al culpable y sus cómplices. Años después al rememorar esa jornada el intelectual revolucionario Juan Marinello expresaría: “Muchas veces admiré la maestría tribunicia de Lázaro pero no recuerdo otra tan completa en su estructura, en su sobrio desarrollo y su radiante coraje”.
Con el derrocamiento de la tiranía batistiana, la clase obrera recuperó la democracia sindical. En el XI Congreso de la CTC, Lázaro Peña retornó a la secretaría general. Un nuevo lenguaje se oyó entonces en el Palacio de los Tra­bajadores: “Hay que querer discutir, querer convencer, querer oír; hay que practicar como lema y como conducta ineludible la democracia sindical. Ese compañero que se pasa el día hablando mal de todo, hay que llevarlo a la asamblea general, no como a un circo romano sino en un ambiente fraternal, para que exponga allí todo lo que él crea que es solución a sus problemas; y hay que oírlo porque a veces esa gente tiene una buena iniciativa”.
Años después de su muerte, un periodista preguntón acudió a la sede de la CTC en busca de anécdotas. “Siempre daba los buenos días, se detenía a saludar a los trabajadores, cualquier asunto que uno le planteara se esforzaba en darle respuesta”, le dijo una recepcionista. Una ascensorista añadió: “Me echaba el brazo sobre los hombros, me preguntaba por mis problemas personales, por la familia, cómo me trataba mi jefe”.
Un veterano líder obrero recordaba “la sonrisa que nos dejó, la mano presta al saludo, los dicharachos, la pasión por el boxeo, el béisbol y la música, su paciencia y respeto para escuchar a los demás, aun cuando no tuvieran la razón, la capacidad de analizar, orientar y convencer sin forcejeos”.
Otro dirigente sindical afirmaba: “Bastan tres palabras para caracterizar al hombre que fue Lázaro Peña: sencillez, modestia y firmeza. Por esas cualidades, más que por ninguna otra razón, se convirtió en uno de los dirigentes más queridos de la clase obrera cubana antes y después de 1959”.
Durante las honras fúnebres de este gran capitán del proletariado, Fidel expresó: “Fue para todos los trabajadores cubanos como un padre; y para los revolucionarios, un hermano entrañable (…) El Partido ha perdido un dirigente respetado y querido por las masas; el movimiento obrero, su más esforzado paladín; la organización sindical mundial, uno de los cuadros más sabios, maduros, reconocidos y respetados; los trabajadores cubanos, un padre; la Patria, un hijo esclarecido”.