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Madre de niño con cáncer: Bloqueo de Estados Unidos contra Cuba es crimina

Madre de niño ingresado en el Instituto de Oncología y Radiología del Hospital Manuel Fajardo. Foto: Prensa Latina.

El bloqueo económico de Estados Unidos contra Cuba es criminal porque impide el acceso a medicamentos y recursos indispensables para salvar vidas, denunció Mayelín Jiménez, madre de un niño de ocho años paciente de cáncer.

En entrevista con Prensa Latina, precisó que el cerco vigente durante casi seis décadas obliga a la isla a buscar en terceros países y por otras vías fármacos, reactivos y equipos necesarios para la atención de seres humanos afectados por enfermedades.

Hace un año y cuatro meses me encuentro en el Instituto de Oncología y Radiología de La Habana con mi niño, donde he visto como se le garantizan los medicamentos que lleva su tratamiento, todo esto pese al criminal bloqueo, insistió.

Para Jiménez, resulta incomprensible e injusto que Estados Unidos sancione a un país democrático reconocido por su compromiso con la salud de la población.

“No tengo palabras para agradecer a la Revolución y a sus médicos y especialistas de la salud, mi niño está inmunodeprimido y requiere exámenes y tratamientos que se dificultan mucho por ese bloqueo”, subrayó.

La madre, residente en la central provincia de Ciego de Ávila, lamentó que la situación de su pequeño sea la de muchos otros que lidian con el cáncer en la isla.

De acuerdo con el Ministerio de Salud Pública de Cuba, el cerco económico, comercial y financiero acumula daños en el sector por más de 30 mil millones de dólares, teniendo en cuenta la depreciación de esa moneda frente al valor del oro en el mercado internacional.

El 31 de octubre, la Asamblea General de la ONU votará por vigesimoséptima ocasión consecutiva desde 1992 un proyecto de resolución que demanda el fin del bloqueo, iniciativa similar a la respaldada siempre de manera categórica, en los últimos tres años por 191 de los 193 Estados miembros de Naciones Unidas.

(Con información de Prensa Latina)

Con niños namibios de Cassinga

Miriam Nghitotovall, en la Isla de la Juventud. Foto: Jorge Oller
En una de nuestras visitas a la escuela de los namibios en la Isla de la Juventud, en los años 80 del siglo pasado, presenciamos la filmación de la masacre de Cassinga, escenificada para un documental del ICAIC por estudiantes de ese país.
La función de Asistente de Dirección y Asesoría para el nuevo filme de testimonio –con la reproducción actuada de la masacre por los propios alumnos–, la asumía espontáneamente la estudiante becada de la entonces Escuela de Periodismo de la Universidad de La Habana, Miriam Nghitotovali, una antigua alumna del improvisado centro escolar de Chibía.
Lo primero que nos dijo Miriam Nghitotovali es que no olvidará jamás los nombres de sus maestros cubanos en Angola, mencionándolos: Raúl, Fortún, Mario, Lidia y Orestes «El Primo».
Ellos, junto a la Swapo, adoptaron a todos los niños namibios tan pronto llegamos a los campamentos de refugiados al sur de Angola, con los pies sangrando después de haber caminado muchos días por la mata (la selva), huyendo del régimen del Apartheid y sus masacres.
TESTIMONIO DE LA MASACRE
El día de la masacre de Cassinga está en el recuerdo de aquellos que visitamos. Cada uno tenía una historia, pero había un común denominador en todas.
En resumen, en voz de uno u otro estudiante namibio es esta que les compartimos o parecida, y en casi todas aparece «El Primo».
Cuando visitamos la Escuela Henridrick Witbooi, en la Isla de Juventud, las narraciones se multiplicaron, convirtiéndose en un dramático guion, un guion real. Los niños se adentraron por la selva huyendo de la masacre… los testimonios duelen:
–Nos arrastramos por el suelo pedregoso y mi ropa, poca ropa, se enganchaba en los arbustos más pequeños y de otras plantas y bejucos del montecillo  cuentan unos y otros.
Ya el fuego había incendiado la cabaña donde se albergaban y veían sobrevolar el campamento a cuatro aviones de guerra sudafricanos. Los niños, porque eran niños, corrían hacia una zanja más al fondo con mucho miedo.
Este es solo un fragmento de la odisea.
Así o muy parecidos son los relatos de los que lograron salvarse y llegaron a Cuba después del infierno de Cassinga, al sur de Angola, distante 250 kilómetros de la frontera con Namibia.
El ataque de las tropas sudafricanas a aquel campamento causó más de 600 muertos y centenares de heridos por efecto del bombardeo de la aviación, el ametrallamiento desde helicópteros, los gases, la artillería, los blindados y la acción directa de los paracaidistas sobre la población inerme.
No pocos de los namibios de la Isla de le Juventud quedaron adormecidos por el efecto de los gases. Al atardecer unos soldados retiraron  cadáveres que estaban alrededor de algunos de ellos. La primera reacción fue huir hacia lo más profundo del bosque, pues entre esos hombres armados había blancos y creían que eran sudafricanos que corrían tras ellos para rematarlos. Más no fue así.
LOS CUBANOS
Reproducción de una escena de la masacre de Cassinga. Foto: Jorge Oller
En ese grupo que los «perseguía» había soldados de las Fapla y estos les informaron en su lengua que se trataba de cubanos que habían llegado a socorrerlos. Inmediatamente fueron trasladados hacia lugares seguros, de ahí a una escuela y de la escuela aquella, por mar, a las de la Isla de la Juventud, aunque pasaría  un tiempo que no sabían medir exactamente antes de subir al barco.
Cuando se produjo la masacre de Cassinga, tan insuficientemente divulgada en el mundo por la prensa occidental, ya funcionaba una escuelita cubana en Chibía para niños namibios refugiados en Angola, y fue allí donde permanecieron antes de navegar hacia lo que Miriam califica de «Paraíso».
El primer maestro cubano que tuvieron los namibios en Chibía, que describen como «un pueblito de pocas cuadras con una estación de trenes desactivada, en la cual estaba la escuela», fue Raúl Mestre Pedroso.
El maestro llegó a Chibía en los primeros meses de 1978. Le impactó ver en el piso de granito de la vieja estación ferroviaria la silueta indeleble de una figura humana, era la huella a tamaño natural del cuerpo de un revolucionario angolano que había sido quemado por los colonialistas portugueses en ese mismo lugar.
Precedieron a Mestre en ese sitio, otros colaboradores cubanos, entre ellos un combatiente llegado a Angola en febrero de 1976, era Orestes Valdivia «El Primo», quien de soldado se convirtió muy pronto en un padre para los niños namibios refugiados en Angola, y su esposa, la maestra Lidia Lastra –que lo acompañó en esa misión internacionalista desde agosto de 1978–, era una madre  para todos los niños de Cassinga.
Orestes Valdivia no sabe exactamente cómo ni por qué, ni cuándo los muchachos comenzaron a llamarlo «El Primo», como lo conocen todos los estudiantes namibios que vinieron a Cuba entre 1978 y 1980, año en que Orestes Valdivia, un antiguo carrero de cerveza y refrescos en Santa Clara, concluyó su misión internacionalista.
Fueron él, junto a un grupo de albañiles angolanos y cubanos, médicos, enfermeras y funcionarios de la Embajada, quienes acondicionaron, en jornadas de trabajo voluntario, aquella primera escuela de Chibía, y construyeron albergues, refugios, cocina y todos los servicios y locales necesarios para que vivieran y estudiaran más de 200 niños y adolescentes que sobrevivieron a la masacre.
EN LA ISLA
Tanto en Chibía como en Ndalatando, igual que lo era en ese momento en la Isla de la Juventud, los estudiantes namibios y los demás becados extranjeros mantenían la autoridad política de sus países y partidos. Martín era el maestro instructor de lo namibios en aquella oportunidad y profesor de historia, en la Isla.
Además de su presencia permanente en la escuela del sur de Angola, los niños recibían frecuentemente la visita de destacados dirigentes de la Swapo (por las siglas en inglés de Organización, de los Pueblos de África Sudoccidental), entre ellas la de San Nujoma, presidente de la organización, y la de Peter Manyemba, secretario de Defensa.
Esta costumbre no se perdería nunca. De una larga conversación con Miriam interpreto una dramática realidad: ellos eran tan hijos de la Swapo como de los padres, aunque no sabían en aquel momento si estos estaban vivos o confinados por el régimen del Apartheid en algún bantustán (lugares donde los racistas reunían a la población no blanca de Sudáfrica).
Sobre la adopción temporal de Cuba, Ángel Dalmau, directamente vinculado a los jóvenes por su trabajo en la Misión Civil Cubana de Angola desde aquel comienzo de acogida de los niños en la escuela de Chibía, piensa que en esta experiencia se ha fundido la más bella y concreta relación de solidaridad humana entre el pueblo cubano y el namibio, a partir de un tercer país: Angola y con la vigilancia directa, aunque a distancia, de Fidel.
Los maestros cubanos que contribuyeron a fundir esta nueva familia en las escuelas de allá y en las de la Isla, serán siempre el principio de esta interminable historia de amor al prójimo.

Fidel otra vez en esta ciudad

Por: Katiuska Blanco

4 febrero 2017

Fidel inauguró complejo docente Vilma Espín Guillois, 9 de abril de 2013. Foto: Estudios Revolución.
En esta Habana, casi insólitamente invernal, de vientos arremolinados y nubosos, doy las gracias por estar frente a una multitud de maestros, porque el magisterio y la medicina son los quehaceres más hermosos y nobles de la Tierra.Martí dijo que los niños son la esperanza del mundo y habló de los maestros ambulantes, esos que van y vienen de todas partes para enseñar, para iluminar, para abrir los caminos.
Fidel fue un maestro. Para mí, sus Reflexiones fueron siempre cartas que nos dirigía a cada uno de los seres humanos de este mundo. Para hablarles hoy, leí una vez más, la que terminó de escribir el 12 de agosto del año pasado, a las 10 y 34 minutos de la noche. Un hombre con su sabiduría anticipaba que el tiempo iba acabándosele y a pesar de esa certeza, dedicaba parte de ese bien que se le agotaba, que se le escurría inexorablemente, para compartirnos sus experiencias. Pienso, por eso mismo, que condensó su vivir en esos párrafos, donde no falta un fino hilo de ironía para ponernos en guardia en tiempos agrestes.
Fidel nos dice en esa carta a qué le da valor en la vida. Nos cuenta: “A los seis años, una maestra llena de ambiciones, que daba clases en la escuelita pública de Birán, convenció a la familia de que yo debía viajar a Santiago de Cuba para acompañar a mi hermana mayor que ingresaría en una escuela de monjas con buen prestigio. Incluirme a mí fue una habilidad de la propia maestra de la escuelita de Birán. Ella, espléndidamente tratada en la casa de Birán, donde se alimentaba en la misma mesa de la familia, la había convencido de la necesidad de mi presencia. En definitiva tenía mejor salud que mi hermano Ramón –quien falleció en meses recientes-, y durante mucho tiempo fue compañero de escuela. No quiero ser extenso, solo que fueron muy duros los años de aquella etapa de hambre para la mayoría de la población. “Me enviaron, después de tres años, al Colegio La Salle de Santiago de Cuba, donde me matricularon en primer grado. Pasaron casi tres años sin que me llevaran jamás a un cine.
“Así comenzó mi vida. A lo mejor escribo, si tengo tiempo, sobre eso. Excúsenme que no lo haya hecho hasta ahora, solo que tengo ideas de lo que se puede y debe enseñar a un niño. Considero que la falta de educación es el mayor daño que se le puede hacer.”
Luego Fidel, de súbito, señala: “La especie humana se enfrenta hoy al mayor riesgo de la historia…” Sin duda, consideraba la educación como antídoto esencial contra la tragedia o el desastre humano, pero ¿qué educación?
Tengo que confesar que me impresionan las palabras de Fidel, él, un eterno inconforme. Todo cuanto hizo le parecía poco y lamentaba la falta de tiempo para darnos más… Si yo hubiera tenido la oportunidad de conversar con él por esa fecha, habría podido asegurarle que ese libro ya él lo había escrito, tal vez estaba, es verdad, disperso en sus propios días y vivencias, en sus expresadas remembranzas, en discursos, comparecencias e intercambios; pero escrito estaba, fue todo lo que nos dijo durante años, fue todo lo que hizo en su vida consciente desde que era muy joven.
Tengo que decir, que lo vivido en la niñez, lo sufrido lo marcó indeleblemente junto a los que nada poseían y en favor de una educación nueva cuyos componentes esenciales fueran el amor, el afán de despertar el ansia de conocimiento de manera integrada acerca de cuanto nos rodea; la enseñanza para vivir plenamente en el disfrute de la naturaleza y la cultura, del pensar por sí propio; la noción de la fuerza moral, la importancia de forjar el carácter, la espiritualidad, el desprendimiento, la bondad y la capacidad de sacrificio; las martianas ideas del bien y la virtud, todo ello eran las claves de lo que él consideraba imprescindible en la formación de los seres humanos para la felicidad, la plenitud, la libertad y la dignidad, en equilibrio, a su vez, con toda la humanidad y los universos posibles.
Fidel sentía que eran la bendición de los niños, las personas que prestaban atención a sus inquietudes, curiosidades, preocupaciones, deseos de saber. Agradeció infinitamente a todos los adultos que dedicaron tiempo de sus vidas a conversar con él en su niñez y adolescencia. Pensaba que esa debía ser la actitud de todos los profesores y como persona consecuente, él mismo practicaba esa conducta. Una vez le vi explicar en detalle a un niño, la vida cotidiana de nuestros aborígenes y por una maravillosa ruta, pasar poco a poco, de esas historias desconocidas y deslumbrantes a las preguntas y probables respuestas trascendentes sobre la creación del universo, los enigmas de la luz, el espacio y el tiempo, sobre los confines del cielo y de los sentimientos… yo lo escuchaba en silencio y recordaba aquella Última Página de José Martí, en cada número de la revista “La Edad de Oro”.
Esa Reflexión o carta de Fidel del verano anterior, cuando nos decía en la primera línea: “Mañana cumpliré 90 años” se iniciaba hablándonos del remoto y modesto lugar de nuestra geografía donde nació y desde el mismo comienzo plantea su inconformidad con el estado de cosas existente en aquella época de sus primeros asombros… apunta que era un lugar perdido que nunca apareció en un mapa para luego afirmar que “dado su buen comportamiento era conocido por amigos cercanos –se refiere a los administradores de los centrales azucareros de propiedad norteamericana- y luego continúa: “y por una plaza de representantes políticos e inspectores que se veían en torno a cualquier actividad comercial o productiva propias de los países neocolonizados del mundo”. Así, sin teorizaciones ni pedanterías, nos lleva de lo cotidiano a lo político, de lo aparentemente trivial a lo definitivo, de lo común a lo trascendente. Es el camino que debe seguir un maestro.
Luego nos habla de Los Pinares de Mayarí. A mí me conmueve recordar una conversación que sostuvimos sobre aquellos parajes. En 2012, todavía Fidel se emocionaba al pensar que había visto allí, árboles de los que estaba poblada Cuba cuando arribó Colón por primera vez a este Archipiélago. Había que reforestar el país y una vez y otra, los suelos y el alma de la nación, de sus gentes.
En su Reflexión nos habla de los pinos de gran tamaño y calidad que se extraían de allí en decenas de camiones y apunta que no habla de minerales –también abundantes en el lugar- “que se han convertido en símbolos de los valores económicos que la sociedad humana, en su etapa actual de desarrollo, requiere…” Hay una mirada ahí que privilegia el verdor, la frescura y la vida del bosque, pudiéramos decir también: que ansía la vida natural. De esas fragancias debe rebosar el espíritu de un maestro, de esa sensibilidad que no deseche la modernidad o las tecnologías, pero sí prepondere el valor de la naturaleza en tiempos en que la humanidad vive la depredación del medio y donde una especie está en peligro: la especie humana y hay que salvarla. En ese mismo 2012, reunido con intelectuales y artistas llegados a la Feria Internacional del Libro, desde diversas esquinas del orbe, afirmó que nuestro deber es luchar hasta el último aliento.
Por la educación vivió y luchó Fidel. Se habla siempre de la Campaña de Alfabetización, claro, es la hazaña suprema, pero fue precedida de esfuerzos que comenzaron mucho antes. No olvido el círculo de estudio que en torno a una biografía de Marx, se desarrollaba en Guanabo, cuando después del golpe de Batista en 1952, aún Fidel permanecía semiclandestino, o la Academia Abel Santamaría en la prisión, o las clases en las casas-campamento en México, o aquellas que Che daba a sus compañeros combatientes rebeldes para que aprendieran a leer y a escribir, o el sueño educativo organizado que se desarrolló en el Frente de Raúl en las serranías del norte oriental para enseñar a los pobladores que no sabían o los contingentes de maestros voluntarios y las diez mil aulas creadas en 1960, o la fundación de la Imprenta nacional, la escritura y publicación de libros de texto que abordaran la historia de Cuba y de Nuestra América sin falacias ni distorsiones neocolonizadoras.
Todo lo animaba el principio de que la educación era piedra, base fundamental para una vida nueva. Fue la sensibilidad por los que no habían podido aprender, lo que señaló la necesidad de cambiar el destino de Cuba. Así lo revela Fidel en una carta escrita en 1954, al referirse a la visita que hizo a Birán unas semanas antes del ataque al Cuartel Moncada. De sus prolongadas estancias en la capital, volvió allí probablemente en abril de 1953. Recordando ese viaje escribió después como quien desahoga un sentimiento triste con el deseo de aliviar, soñar y hacer algo porque la tragedia se desvaneciera para siempre:
“Todo ha seguido igual desde hace más de veinte años. Mi escuelita un poco más vieja, mis pasos un poco más pesados, las caras de los niños quizás un poco más asombradas y ¡nada más!
“Es probable que haya venido ocurriendo así desde que nació la República y continúe invariablemente igual sin que nadie ponga seriamente sus manos sobre tal estado de cosas. De ese modo nos hacemos la ilusión de que poseemos una noción de justicia. Todo lo que se hiciera relativo a la técnica y organización de la enseñanza no valdría de nada si no se altera de manera profunda el “status quo” económico de la nación, es decir, de la masa del pueblo, que es donde está la única raíz de la tragedia. Más que ninguna teoría me ha convencido de esto, a través de los años, la palpitante realidad vivida. Aun cuando hubiese un genio enseñando en cada escuela, con material de sobra y lugar adecuado, y a los niños se les diese la comida y la ropa en la escuela, más tarde o más temprano, en una etapa o en otra de su desarrollo mental, el hijo del campesino humilde se frustraría hundiéndose en las limitaciones económicas de la familia. Más todavía, admito que el joven llegue con la ayuda del Estado a obtener una verdadera capacitación técnica, pues también se hundiría con su título como en una barca de papel en las míseras estrecheces de nuestro actual “status quo” económico y social.”
Ese día, mientras escribía, Fidel seguramente pensaba en Paco, en Carlos y Flores Falcón, Dalia López, Benito Rizo, Genaro Gómez y tantos otros amigos de la infancia. También en Ubaldo que tenía tan buena memoria y era una lástima su desconocimiento, en los tíos Enrique y Alejandro, en las niñas del lugar, crecidas solo para el oficio de esposas y lavanderas. Sus razonamientos deslindaban lo que se daba por generosidad y lo que debía recibirse por justicia. En septiembre de 2003, en el centenario de su mamá Lina, Fidel agradeció a sus padres la oportunidad que tuvo de estudiar, cuando muchos de aquel paisaje entrañable no habían podido por no contar con recursos, era una circunstancia de sus amigos de la infancia que le pesaba en el alma y movió sus energías por transformar Cuba, Latinoamérica y el mundo porque no era posible la educación para todos sin la justicia para todos.
La Revolución Cubana es el libro de Fidel sobre la educación, ella recuenta lo hecho y lo expresado y hay que defenderla y estudiarla para que continúe viva en su plenitud y especialmente en su obra educativa que es como su corazón; la Revolución se hizo para la justicia y para la educación, que es lo mismo que decir para la vida.
Con la Educación, la Revolución es verdadera y sin ella no puede existir o perdurar. La Educación enraíza la idea de la Patria y con Martí pensamos que Patria es Humanidad.DSC1441-580x43590-cumpleanos-de-fidel-castro-03fidel-castro9fidel-pioneros-580x394