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Excarcelacion de Fidel Castro y los Moncadistas

 

62 ANIVERSARIO
Salida del llamado Presidio Modelo, el 15 de mayo de 1955.

El poderoso movimiento pro-amnistía logró
activar la conciencia nacional hasta la
liberación de los jóvenes revolucionarios
(Foto: Archivo de BOHEMIA)

Por CARIDAD CARROBELLO

Mayo aún no cumplía su promesa de lluvias. El domingo 15, en la entonces llamada Isla de Pinos, el calor y el entusiasmo popular reverberaban juntos desde que se supo la noticia: serían excarcelados los jóvenes asaltantes de dos de las fortalezas militares más importantes de la tiranía en el oriente cubano.

Un año antes el dictador Fulgencio Batista, movido por intereses electorales, había decretado el indulto de sus opositores. Pero excluyó inicialmente a los asaltantes de los cuarteles de Santiago de Cuba y de Bayamo, recluidos en el mal llamado Presidio Modelo.

La lucha de todo un pueblo, emprendida por el Comité de Familiares Pro Amnistía, fue la que obligó al Presidente de la República a disponer la liberación de los valerosos jóvenes. El decreto oficial resultó ratificado por la Cámara de Representantes y el Senado.

Pero el tirano no cedería tan dócilmente. Maniobras oficialistas pretendieron hacer ver que la aprobación de la amnistía llevaba implícito un entendimiento con los combatientes, para lograr “una equilibrada solución nacional”.

Fidel Castro respondió a este intento mediante la Carta sobre la Amnistía, fechada el 19 de marzo de 1955 y publicada en la revista BOHEMIA el 25. Con ella reveló las artimañas de la dictadura para que el grupo de revolucionarios abandonase la lucha a cambio del indulto. Esta denuncia pública provocó que el Consejo Disciplinario del Penal dispusiera la total incomunicación y extrema vigilancia sobre los jóvenes patriotas.
Abrazo de todo un pueblo
Pabellón en el que permanecieron los jóvenes de la Generación del Centenario.

En este pabellón del Presidio Modelo, y separados de su líder Fidel, los jóvenes revolucionarios estuvieron confinados bajo estricta vigilancia (Foto: MARTHA VECINO).

El máster Roberto Unger Pérez, historiador de la principal ciudad pinera y profesor de Filosofía e Historia, destaca una curiosa coincidencia. “La llegada al Presidio Modelo del grupo inicial de los asaltantes a los cuarteles Moncada y Carlos Manuel de Céspedes, en 1953, coincidió con el mismo día y mes del inicio del confinamiento de José Martí en la finca El Abra, el 13 de octubre de 1870. Es otro detalle que une a estos revolucionarios con el autor intelectual del 26 de Julio”.

Explica Unger que poco después de la llegada de estos combatientes al recinto, se activó la lucha por su liberación. Dentro del Comité de Familiares Pro Amnistía jugaron un activo rol las madres de los presos, quienes promulgaron la “Carta de las Madres de toda Cuba”, firmada por María Esther Aguilera, Rosario Bosque de Almeida, Luisa Prieto de Miret y Zenaida Oropesa de Montané.

Según datos históricos, la génesis de este Comité estuvo en Isla de Pinos. La primera reunión fue en Nueva Gerona, donde se acordó imprimir una tarjeta con la finalidad de extender la campaña por todo el país. También el humilde hogar de la familia Almeida, en el capitalino reparto Poey, municipio de Arroyo Naranjo, se convirtió en centro promotor de estas actividades.
Celda donde estuvo aislado Fidel Castro.

A la par, el Comité Gestor integrado por familiares y amigos allegados, coordinó visitas y atenciones a los presos, para garantizar la adecuada la comunicación entre el recinto carcelario y el exterior.

La unidad popular condujo a la victoria de aquel domingo 15 de mayo de 1955. En horas de la mañana se le informó a periodistas y familiares que había llegado la orden de libertad para los asaltantes, la cual comenzó a ejecutarse a partir de la 1 p.m. con el primer grupo integrado por Eduardo Rodríguez Alemán, José Suaréz Blanco, Jesús Montané Oropesa, Ernesto Tizol Aguilera, Oscar Alcalde Vals, Fidel Labrador García, Gustavo Arcos Bergnes, Abelardo Crespo Arias, Pedro Miret Prieto y Ciro Redondo García.

Casi media hora después aparecieron Fidel y Raúl Castro, Juan Almeida, Armando Mestre, Enrique Cámara, Agustín Díaz Cartaya, Orlando Cortés y Mario Chanes. El último grupo lo integraron Ramiro Valdés Daussá, José Ponce, Julio Díaz González, René Bedia, Reynaldo Benítez, Francisco González, Gabriel Gil, Rosendo Menéndez, Andrés García, Israel Tápanes y Eduardo Montano.
Libros que acompañaron al joven revolucionario durante el tiempo que permaneció prisionero.

Las heroínas del Moncada, Melba Hernández y Haydeé Santamaría, estuvieron en el recibimiento. El hijo de Montané, quebrantó el cerco de los guardias, lo cual fue aprovechado por el resto de los familiares para abrazar a sus allegados.

Los excarcelados se dirigieron a Nueva Gerona. Almeida fue con sus familiares a casa de Francisca Eduviges Herrera (Tin Tan), en el barrio de Sierra Caballos; Ciro Redondo y otros compañeros se trasladaron a la finca El Abra para rendir homenaje a Martí.

La principal ciudad pinera concentró la mayor parte de la expectación nacional dada la presencia de Fidel Castro, quien junto a Montané y otros revolucionarios, fue al café Nuevo Virginia y luego hacia la casa de la familia Montané Oropesa, donde intercambiaron ideas hasta el momento de salir hacia el hotel Isla de Pinos.

Ya en el hotel, el joven líder ofreció una conferencia de prensa. Respondió firmemente que continuaría la lucha contra el régimen. Señaló su oposición a la convocatoria de una Asamblea Constituyente (posición sostenida por el oficialismo), por considerarla una clara maniobra para alcanzar la reelección de Batista.

Al terminar, entregó a la prensa el Manifiesto al Pueblo de Cuba. En él se expresaba la disposición de seguir la lucha inspirada en el ideario martiano. Este documento proclamaba que la campaña popular por la amnistía era “la gran victoria del pueblo en los últimos tres años”.

En el muelle donde estaba atracado el barco donde partirían hacia Batabanó, los moncadistas entonaron el Himno del 26 de Julio, igual que lo hicieron otra vez en el Presidio Modelo. Ese día El Pinero zarpó más tarde, cerca de las 10 de la noche. Cuentan que durante la travesía nadie durmió.

Presidio Modelo

Edificado a cuatro kilómetros de la capital pinera, durante el régimen del tirano Gerardo Machado, esta cárcel fue más que sitio de confinamiento, un escenario de horrores.
Desde el prólogo de su libro Presidio Modelo el destacado revolucionario y periodista Pablo de la Torriente Brau, describió las atrocidades cometidas en la instalación: “Allí estuvimos nosotros y casi dos años, asomados atónitos, al borde de aquel remolino de inmundicia, que arrastraba en vértigo un clamor confuso de voces de espanto; aullidos de los locos aterrorizados; explosiones de los disparos homicidas; estertores angustiosos de hombres estrangulados por sorpresa (…); gritos desesperados de los que morían de hambre y de sed en las celdas!… ¡Rumor estremecido de un mundo indescriptible, que dejó enferma de recuerdos mi imaginación!… ¡Para siempre!…”
Desde la primera muerte en 1926, el crimen se apoderó del reclusorio; entre ese año y 1959 hubo 763 muertos, muchos estrangulados, ahogados, golpeados, torturados, envenenados o empujados desde lo alto de las construcciones circulares.
Allí, con apariencia de modernidad se fusionaron 24 cárceles del país. Además durante la Segunda Guerra Mundial el lugar se utilizó como campo de concentración, ya que fueron encerrados y reprimidos ciudadanos de países del eje nazi-fascista Berlín-Roma-Tokio, por considerarles espías.
El vicio y la corrupción alimentaron en este lugar el maltrato, el tráfico ilícito y los castigos inhumanos que no pudieron doblegar ni a los revolucionarios antimachadistas de los años 30, ni a los asaltantes a los cuarteles Moncada y de Bayamo.
Fue en 1967 que el mal llamado Presidio Modelo se dejó de emplear como tal.

El decreto oficial

El martes 2 de mayo de 1955 resultó ratificada la Ley de Amnistía por la Cámara de Representantes y al siguiente día por el Senado. El 6, el Primer Ministro, Jorge García Montes, entregó a la prensa una nota oficial en la cual se expresaba que el Presidente de la República había firmado la excarcelación de los sancionados.
Fue reflejada la Ley en el número extraordinario de la Gaceta Oficial de Cuba, con un apéndice de último momento que incluía a los exmilitares. La decisión sería firme, según lo establecido, dos días después, sin embargo, tanto en la prensa como en otros medios surgieron confusiones en su interpretación.
El viernes 13 de mayo, día de la supuesta excarcelación, en la primera página del periódico La Calle, Luis Orlando Rodríguez denunciaba con el artículo “Quieren matar a Fidel Castro”, el plan organizado por provocadores de la tiranía para atentar contra la vida de los jóvenes revolucionarios. Igual destacaba la intención de confundir al pueblo en cuanto a la fecha y hora de la excarcelación para evitar demostraciones a favor.
Hasta el momento de la salida, los familiares y el pueblo estuvieron concentrados cerca de la entrada del Presidio Modelo para evitar cualquier contratiempo.
Carta de Fidel sobre la amnistía

carta-fidel-13Presidio Modelo, Isla de Pinos
marzo de 1955
Dr. Luis Conte Agüero
Presente

Mi entrañable amigo:
Estar preso es estar condenado al silencio forzoso; a escuchar y leer cuanto se habla y escribe, sin poder opinar; a soportar los ataques de los cobardes, que se aprovechan de las circunstancias para combatir a quienes no pueden defenderse y hacen planteamientos que de no encontrarnos imposibilitados materialmente merecerían nuestra inmediata réplica.
Todo esto sabemos que hay que sufrirlo con estoicismo, como parte del sacrificio y de la amargura que tofo ideal exige. Pero hay veces en que es preciso vencer todos los obstáculos, porque resulta imposible guardar silencio sin que la dignidad se sienta lastimada. No redacto estas líneas para buscar el aplauso que tantas veces se otorga con exceso al mérito aparente, al gesto teatral, y se niega a los que saben cumplir el deber sencilla y naturalmente. Lo hago por rectitud de conciencia, por la consideración, respeto y lealtad que al pueblo debo. Y al dirigirme al pueblo de Cuba para expresar mi opinión (que no debo reservarme por ninguna razón de conveniencia), sobre el problema que a nosotros nos atañe directamente, y que ocupa gran parte de la atención pública: la amnistía política; quiero hacerlo a través de tu persona, de hermano más que de amigo, y ti cívica “Tribuna Libre”, rogándote la hagas extensiva a otros órganos, igualmente dignos, de la prensa radial y escrita.
El interés que una inmensa parte de la ciudadanía ha mostrado a favor de nuestra libertad, nace del sentido innato de la justicia en las masas y de un sentimiento profundamente humano de un pueblo que no es ni puede ser indiferente. Alrededor de este sentimiento, ya incontenible, se ha levantado una orgía de demagogia, de hipocresía, de oportunismo y mala fe. Saber qué pensamos los presos políticos de todo esto es quizás la pregunta que se han formulado millares de ciudadanos y tal vez no pocos personeros del régimen. Crece el interés si, como en este caso, se trata de los del Moncada, los excluidos de todas las amnistías, el objeto de todos los ensañamientos, el punto clave de todo el problema. ¡No sé si los más odiados o los más temidos!…
Algunos voceros han dicho que ya “hasta los Moncadistas serán incluidos”. No se nos puede mencionar sin un “hasta”, un “incluidos” o un “excluidos”. Dudan, vacilan, saben a ciencia cierta que si hacen un survey, el 99 por ciento del pueblo la pediría, porque al pueblo no se le engaña fácilmente, ni se le pueden ocultar las verdades, pero no están seguros de lo que piensa el uno por viento vestido de uniforme, temen disgustarlo y temen con razón porque han estado envenenando interesadamente el alma de los militares contra nosotros, falseando los hechos, imponiendo la censura previa durante noventa días y la Ley de Orden Público para que no se supiera nunca lo que allí pasó, ni quiénes fueron humanos en el combate y quiénes realizaron actos que algún día la historia recordará con espanto.
¡Cuán extraña conducta ha seguido el régimen con nosotros! En público nos llaman asesinos, en privado nos califican de caballeros. En público nos combaten con encono, en privado vienen a conocernos. Un día es un coronel del ejército con su plana mayor, me ofrece un tabaco, me obsequia un libro, todos muy corteses. Otro día se aparecen tres ministros, risueños, amables, respetuosos. Uno de ellos expresa: “no te preocupes, esto pasa, yo puse muchas bombas y le estuve preparando a Machado un atentado en el Country Club, yo también fui preso político”.
Celebra el usurpador una entrevista de prensa en Santiago de Cuba: declara que no existe opinión pública a favor de nosotros. Días después se produce un hecho insólito: el pueblo oriental en masa, en un acto de un partido, al que no pertenecemos, la más grande movilización de la campaña, según los cronistas, grita incesantemente nuestros nombres y clama por nuestra libertad. ¡Formidable respuesta de un pueblo bizarro y leal que sabe bien la historia del Moncada!
Ahora nos corresponde a nosotros responder también con civismo el emplazamiento moral que el régimen nos hace al declarar que habrá amnistía si los presos y exiliados cejan en su actitud, di hay compromiso tácito o expreso de acatamiento al gobierno.
Una vez los fariseos le preguntaron a Cristo si debía a no pagar tributos al César. Su respuesta debía hacerlo quedar mal con el César o con el pueblo. Los fariseos de todas las épocas conocen ese ardid. Así hoy se pretende desmoralizarnos ante el pueblo o encontrar un pretexto para dejarnos en prisión.
No me interesa en lo absoluto demostrarle al régimen que debía dictar esa amnistía, ello me tiene sin cuidado alguno; lo que me interesa es demostrar la falsedad de sus planteamientos, la insinceridad de sus palabras, la maniobra ruin y cobarde que se está llevando a cabo con los hombres que están en prisión por combatirlo.
Han dicho que son generosos porque se sienten fuertes, pero son rencorosos porque se sienten débiles. Han dicho que no albergan odios y, sin embargo, lo han ejercido sobre nosotros como no se ejerció jamás contra un grupo de cubanos.
Habrá amnistía cuando haya paz. ¿Con qué moral pueden hacer semejante planteamiento hombres que se han pasado tres años pregonando que dieron un golpe de estado para traer la paz a la República? Entonces no hay paz. Luego, el golpe de estado no trajo la paz; por tanto el gobierno reconoce su mentira después de tres años de dictadura; confiesa al fin que falta la paz en Cuba desde el mismo día que asaltaron el poder.
“La mejor prueba de que no existe dictadura es que no hay presos políticos”, dijeron durante muchos meses; hoy que la cárcel y el exilio están repletos no pueden, pues, decir que vivimos en un régimen democrático-Constitucional. Sus propias palabras los condenan.
Para que haya amnistía es necesario que los adversarios del régimen cejen su actitud. Es decir, que se comete un crimen contra el derecho de gentes, se nos convierte en rehenes, se hace con nosotros lo mismo que nos nazis en los países ocupados. Por eso somos hoy, más que presos políticos, los rehenes de la dictadura.
Para que haya amnistía es preciso un previo compromiso de acatamiento al régimen. Los miserables que sugieren tal cosa suponen que los que llevamos veinte meses desterrados y presos, en esta isla, hemos perdido la entereza bajo el exceso de rigor que nos han impuesto. Desde sus jugosas y cómodas posiciones oficiales, donde quisieron vivir eternamente, tienen la ruindad de hablar en esos términos, hacia quienes, mil veces más honorables que ellos, han enterrado en las galeras de presidio. Quien escribe estas líneas ha sumado dieciséis meses aislado en una celda, pero se diente con energías suficientes para responder con dignidad. Nuestra prisión es in justa; no veo por qué puedan tener la razón los que asaltan los cuarteles para derrocar la legítima Constitución, que se dio el pueblo, y no los que quisieron hacerla respetar; ni que hayan de tenerla los que, a ese pueblo arrebataron su soberanía y libertad y no los que lucharon por devolvérselas; ni porque hayan de tener ellos el derecho a gobernar la República contra su voluntad, mientras que nosotros por lealtad a sus principios nos consumimos en las prisiones.
Búsquense las vidas de los que mandan y las encontrarán llenas de turbias actuaciones, fraudes y fortunas mal habidas, compárense con las de los que murieron en Santiago de Cuba y los que estamos aquí presos, sin mácula ni deshonra. Nuestra libertad personal es un derecho inalienable que nos corresponde como ciudadanos nacidos en una patria que no reconoce amos de ninguna clase; por la fuerza se nos puede privar de esos derechos y a yodos los demás, pero jamás logrará nadie que aceptemos disfrutarlos mediante un compromiso indigno. A cambio de nuestra libertad no daremos, pues, ni un átomo de nuestro honor.
Quines tienen que comprometerse a acatar las leyes de la República, que la violaron ignominiosamente el 10 de marzo; quienes tienen que acatar la soberanía y la voluntad nacional son ellos, que las burlaron escandalosamente el 1ro de noviembre; quienes tienen que propiciar un clima de sosiego y convivencia pacífica en el país son ellos, que desde hace tres años lo mantienen en la inquietud y la zozobra. Sobre ellos pesa la responsabilidad; sin el 10 de marzo no hubiera sido necesario el combate del 26 de julio y ningún cubano estaría sufriendo la prisión política.
Nosotros no somos perturbadores de oficio, ni ciegos partidarios de la violencia, si la patria mejor que anhelamos se puede realizar con las armas de la razón y la inteligencia. Ningún pueblo seguiría al grupo de aventureros que pretendiese sumir al país en una contienda civil, allí donde la injusticia no predominase y las vías pacíficas y legales les franqueasen el camino a todos los ciudadanos en la contienda cívica de las ideas. Pensamos como Martí que “es un criminal quien promueve en un país la guerra que se le puede evitar; y quien deja de promover la guerra inevitable”. Guerra civil que se puede evitar no nos verá nunca promoverla la nación cubana, como reitero que cuantas veces en Cuba se presenten las circunstancias ignominiosas que siguieron al golpe artero del 10 de marzo será un crimen dejar de promover la rebeldía inevitable.
Si nosotros considerásemos que un cambio de circunstancias y un clima de positivas garantías constitucionales exigiesen un cambio de táctica en la lucha, sólo como acatamiento a los intereses y anhelos de la nación, pero jamás en virtud de un compromiso, que sería cobarde y vergonzoso, con el gobierno. Y si ese compromiso se nos exige para concedernos la libertad decimos rotundamente que no.
No estamos cansados. Después de veinte meses nos sentimos firmes y enteros como el primer día. No queremos amnistía al precio de la deshonra. No pasaremos bajo las horcas caudinas de opresores innobles. ¡Mil años de cárcel antes que la humillación! ¡Mil años de cárcel antes que el sacrilegio del decoro! Lo proclamamos serenamente, sin temer ni odio.
Si lo que hace falta en esta hora son cubanos que se sacrifiquen para salvar el pudor cívico de nuestro pueblo, nosotros nos ofrecemos gustosos. Somos jóvenes y no albergamos ambiciones bastardas. Nada temas, pues, de nosotros los politiqueros, que ya por distintas vías, más o menos disimuladas, se encaminan al carnaval de las aspiraciones personales, olvidados de las grandes injusticias que lastiman a la patria.
Y no ya la amnistía, ni siquiera pediremos que nos mejoren el sistema de prisión, por donde el régimen ha demostrado todo su odio y su saña hacia nosotros. “De nuestros enemigos –como dijera unas vez Antonio Maceo- lo único que aceptaríamos gustosos sería el sangriento patíbulo que otros compañeros nuestros, más afortunados que nosotros, han sabido ir a él con la frente erguida y la tranquilidad de conciencia del que se sacrifica por la justa y santa causa de la libertad”.
Frente a la transigencia bochornosa de hoy, a los setenta y siete años de la protesta heroica, el Titán de Bronce tendrá en nosotros sus hijos espirituales.
Fidel Castro
Himno del 26 de Julio

Era el 12 de febrero de 1954. En el antiguo reclusorio mal llamado Presidio Modelo, hoy Monumento Nacional y Palacio de Pioneros 15 de Mayo, los asaltantes a los cuarteles Moncada y de Bayamo aprovecharon la visita de Fulgencio Batista al penal, para hacer valer la firmeza revolucionaria entonando las notas del Himno del 26 de Julio.
Agustín Díaz Cartaya había compuesto aquella marcha en apenas tres días, la cual tituló Himno de la Libertad, pero posteriormente fue calificada con la histórica fecha que cambió el rumbo de la patria.
“Marchando vamos hacia un ideal/ sabiendo que hemos de triunfar/ en aras de paz y prosperidad/ lucharemos todos por la libertad”, entonaron los valientes jóvenes.El tirano creyó en un inicio que se trataba de una bienvenida, pero cuando puso atención a la letra de la canción hizo un gesto contrariado. La represión al atrevido grupo no se hizo esperar.

Letra original del Himno del 26 de Julio

Marchando, vamos hacia un ideal
sabiendo que hemos de triunfar
en aras de paz y prosperidad
lucharemos todos por la libertad.
Adelante cubanos
que Cuba premiará nuestro heroísmo
pues somos soldados
que vamos a la Patria liberar
limpiando con fuego
que arrase con esta plaga infernal
de gobernantes indeseables
y de tiranos insaciables
que a Cuba
han hundido en el Mal.
La sangre que en Oriente se derramó
nosotros no debemos olvidar
por eso unidos hemos de estar
recordando a aquellos que muertos están.
La muerte es victoria y gloria que al fin
la historia por siempre recordará
la antorcha que airosa alumbrando va
nuestros ideales por la Libertad.
El pueblo de Cuba…
sumido en su dolor se siente herido
y se ha decidido…
hallar sin tregua una solución
que sirva de ejemplo
a ésos que no tienen compasión
y arriesgaremos decididos
por esa causa hasta la vida
¡que viva la Revolución!

 

De la prisión a los brazos del pueblo

Fidel  brazosConferencia de prensa de Fidel en el Hotel Isla de Pinos. Foto: Bohemia
Hace 61 años salieron de la cárcel de Isla de Pinos los asaltantes a los cuarteles Moncada y Carlos Manuel de Céspedes, con la convicción del triunfo y cargados de alegría patriótica
Conferencia de Prensa (1)Presidio
Adelaida Bécquer Céspedes

digital@juventudrebelde.cu
14 de Mayo del 2016 22:19:38 CDT
Aquella pequeña y hermosa isla al sur de Cuba parecía destinada a sepultar los ideales de los revolucionarios cubanos de todos los tiempos. En 1844 decenas de acusados de participar en la conspiración de La Escalera fueron desterrados allí; en 1871 José Martí sería enviado también a la Isla de Pinos, donde la familia de José María Sardá lo acogería como a un hijo en su casa colonial en la finca El Abra.
Sobre el Presidio Político en Cuba Martí escribiría horrorizado: «Dolor infinito debía ser el único nombre de estas páginas. Dolor infinito porque el dolor del presidio es el más rudo, el más devastador de los dolores, el que mata la inteligencia y seca el alma, y deja en ella huellas que no se borrará jamás».
Durante la tiranía machadista, al secretario de Gobernación Rogerio Zayas Bazán se le ocurrió la brillante idea de construir un presidio «modelo» «en esta Isla por su excelente posición geográfica», cerca de Cuba, pero no lo suficiente para que los presos se evadieran fácilmente. Se construyó a semejanza de la prisión Jullet, en Illinois, EE.UU., con capacidad para albergar a 6 000 presos al refundirse 24 cárceles que había en las seis provincias que integraban entonces la República de Cuba. Pablo de la Torriente Brau, quien fuera uno de los primeros 24 presos políticos de la Generación del 30 encarcelado en este lugar, narró los horrores que los reclusos sufrían allí.
En octubre de 1953 Fidel Castro también sería confinado en este presidio, pero lejos de sentirse derrotado por este destino, con su peculiar optimismo convertiría la prisión en un sitio para meditar, reflexionar y forjar planes, a la vez que preparaba a los compañeros que le seguirían en la consecución de sus sueños de conquistar la justicia social para todos; por ello escribió:
«¡Qué escuela tan formidable es esta prisión. Desde aquí terminó de forjar mi visión del mundo y completó el sentido de mi vida. No sé si será larga o si será breve, si será fructífera o si será baldía. Pero sí siento reafirmarse más mi convicción de sacrificio y de lucha».
Momentos excepcionales
En el Presidio Modelo de Isla de Pinos se viven momentos excepcionales, polarizando la atención emocionada del pueblo. En cualquier instante a partir de las 12 de la noche del viernes 13 de mayo de 1955, puede producirse la excarcelación de los presos políticos, solo pendiente del escrupuloso papeleo judicial. Por vía aérea y marítima van arribando a Nueva Gerona nutridos grupos de familiares, abogados y amigos de los prisioneros.
El jueves 12 están totalmente colmados los escasos hoteles de Nueva Gerona. Muchas familias abren generosamente sus hogares para hospedar a las mujeres y a los niños. Poco antes de las 11 de la noche, por la angosta carretera que conduce hasta el penal se halla en camino una anhelosa caravana.
Lidia Castro, Julia Núñez de Alcalde y muchas esposas, madres, hijos, hermanas y amigos se pegan a la cerca divisoria con los ojos fijos en la escalinata de la jefatura. El jefe del Presidio, comandante Juan M. Capote, nada puede decirles, pues no ha recibido la orden de libertad, los exhorta a retirarse a dormir con la seguridad de que ni en ese ni al siguiente día saldrán los presos políticos.
Esta noticia sacude a los que esperan y les invade el desasosiego. Zenaida Oropesa, una de las más activas en la campaña pro amnistía de los presos políticos, interpreta el sentimiento general. ¡Pues dormiremos aquí los días que sean necesarios!, afirma enfáticamente.
El sábado 14 arriban nuevos viajeros. Las autoridades mantienen su hermetismo y entre los que esperan corre la versión de que los sancionados han sido trasladados en aviones del Ejército a la fortaleza de la Cabaña, en previsión de que se produzcan incidentes y manifestaciones públicas.
Un reportero se comunica con Agustín Delaville, secretario del Tribunal de Urgencia de La Habana, para conocer el estado en que se encuentra la tramitación de la amnistía. Este le responde: «Ya te dije que hasta el lunes por la mañana no cursaré los telegramas para que pongan en libertad a los presos. Es posible que los del Moncada salgan mañana domingo, pues tengo noticias de que en Santiago no han existido dificultades ni advertencias de recursos».
Aquello que en sus inicios parecía un festival de alegrías y esperanza deriva hacia una situación de angustia. Mujeres, hombres y niños permanecen estoicamente frente a las rejas del reclusorio, observan ansiosamente el edificio de la Administración. Cuando los agota la vigilia, se acuestan sobre los muros que bordean las dos garitas destinadas a la requisa.
Ni el sol quemante del mediodía ni los aguaceros que se desplomaron sobre la Isla de Pinos, donde hacía ocho meses que no llovía, ni la fría humedad de la madrugada los hacen abandonar la espera. Después de más de 72 horas de vigilancia, el comandante Capote informa que a las 11:30 de la mañana serán liberados los asaltantes del Moncada. Ya había recibido las órdenes de libertad.
La emoción, por la vía natural del llanto, quiebra los pechos de los que ansiosamente esperan.
Se informa que la salida será por grupos. Asoma el primero integrado por Eduardo Rodríguez Alemán, José Suárez Blanco, Jesús Montané Oropesa, Ernesto Tizol, Oscar Alcalde, Fidel Labrador, Gustavo Arcos Bergnes, Abelardo Arias, Pedro Miret y Ciro Redondo. Por un momento quedan de pie en el soportal aspirando, ya libres, el aire que los despeina, les agita las corbatas y les pliega el pantalón. Buscan ansiosamente los rostros amados, las manos que agitan pañuelos, tratan de identificar las voces que gritan sus nombres. Los que aguardan anhelantes se atienen disciplinadamente a las instrucciones dadas por los custodios del presidio y nadie intenta adelantarse más allá del cerco de los guardias.
De pronto, un niño de cerca de seis años quiebra por su propia iniciativa la rigurosa consigna militar. Se suelta de la mano de su madre y se lanza a correr con los brazos abiertos. Los centinelas pasan por alto la infracción. «¡Papi, papi, qué bueno!». Es el hijo de Jesús Montané Oropesa. Es la primera escena de la sucesión de otras similares. Cuando le toca el turno a Fidel Castro, a quien sigue a unos pocos pasos detrás su hermano Raúl, sus hermanas se abrazan a ellos llorando de alegría. Un poco más lejos, junto a su compañera del Moncada, Melba Hernández, está Haydée Santamaría. Durante los días anteriores de vigilia había permanecido serena exhibiendo una singular firmeza. Poco a poco se acerca a Fidel. Cuando Fidel la ve, solo dice «¡Haydée!» y la estrecha contra su corazón. Sin pronunciar una sola palabra reclina la cabeza en Fidel y rompe a llorar, como si al fin tanto dolor acumulado hubiera encontrado una válvula de escape. Todos conocen su tragedia. Ni su hermano Abel ni su novio Boris Luis figuran entre los libertados; habían sido vilmente torturados y asesinados el 26 de julio en el cuartel Moncada. Otra nota dolorosa la aporta la esposa de Ernesto Tizol, Emma Martínez Ararás; la amnistía le devuelve a su esposo, pero no a su hermano Mario, que dirigió el ataque al cuartel de Bayamo y también fue asesinado.
Al llegar a Nueva Gerona la población entera está en las calles y acompaña a Fidel Castro y sus compañeros. Poco después de las ocho de la noche el vapor pinero enfila por el río Las Casas, rumbo a Batabanó. Nadie en el buque intenta ni puede dormir aquella noche; por la madrugada arriban a esta población e inmediatamente toman el tren que los conduciría a la capital.

Por diversos canales se conoce que los combatientes del Moncada llegarán a las 07:45 de la mañana del lunes 16 a la La Habana. Desde muy temprano comienzan a afluir a la terminal de ferrocarril ciudadanos ansiosos de darles la bienvenida. Se encuentran allí los miembros del Consejo Director de la Ortodoxia encabezados por Raúl Chibás, el pleno de la FEU. Pero la nota más sobresaliente es la concentración espontánea del pueblo. Una enorme y alegre muchedumbre invade los andenes, salones de espera y cuanto espacio circunda la Estación Central. La entrada de la madre de Abel Santamaría provoca en la multitud una reacción de respetuoso silencio. Se acallan las conversaciones y todos la siguen con la vista cuando pasa al andén. Venía a recibir a los compañeros de su hijo y a disminuir su íntima congoja con la alegría de otras madres más afortunadas.
A las 07:45, por una de las vías de la sección izquierda, entra el tren de Batabanó. Todavía está en marcha cuando es prácticamente asaltado por el pueblo. A Fidel lo pasean en hombros; un grupo de madres que perdieron sus hijos en el Moncada despliegan una bandera cubana y rompen a cantar el Himno Nacional; la multitud las acompañaba vibrando de emoción. No se produjo el más leve incidente. Fidel está sudoroso, a la guayabera le faltan algunos botones, tiene manchas de creyón de labios, los zapatos desatados… Una hermana le seca el sudor de la frente con un pañuelo, Enma le alcanza un vaso de agua. Una anciana se le acerca y exclama ¡Fidel, yo no sé dónde enterraron a mi hijo! Quiero encontrar aunque sean sus huesos. ¡Ayúdame Fidel, y lo abraza apretadamente. «¡Los buscaremos viejita —la consoló—, los buscaremos juntos», respondió el joven líder.
*Vicepresidenta de la Unión de Historiadores de Cuba en el Ministerio de las Fuerzas Armadas Revolucionarias
Fuentes:
Martí, José. El Presidio Político en Cuba. Madrid, 1871. Imprenta de Ramón Ramírez.
De la Torriente Brau, Pablo. Presidio Modelo. Centro Cultural Pablo de la Torriente Brau, La Habana, 2000.
Mencia, Mario: Tiempos precursores. Ed. Ciencias Sociales. La Habana, 1986.
Mencia, Mario. La Prisión fecunda. Editora política, 1980.

Y se abrieron las puertas del Presidio Modelo

Presidio

La tarde del domingo 15 de mayo de 1955 se abrieron las puertas del Presidio Modelo de la entonces Isla de Pinos para dar paso a los primeros moncadistas liberados
Autor: Pedro Antonio García | internet@granma.cu
13 de mayo de 2016 22:05:58
Publicada: 14/09/2009, G.Internacional 20/09/2009, 20/01/2010, 15/05/2010, 15/05/2012, 15/05/2013, 15/05/2014
Fidel, Raúl, Juan Almeida Bosque y otros moncadistas cuando salen de la prisión. Foto: Archivo
Poco después del mediodía del domingo 15 de mayo de 1955 se abrieron las puertas del Presidio Modelo de la entonces Isla de Pinos para dar paso a los primeros moncadistas liberados. Concluía así una larga batalla de meses librada por el pueblo contra la tiranía batistiana para que esta excarcelara a los participantes de las acciones del 26 de julio de 1953.
Según afirmara el historiador pinero Roberto Unger a la colega Caridad Carrobello, en el primer grupo que abandonó la prisión estaban Pepe Suárez, Jesús Montané, Pedro Miret y Ciro Redondo, entre otros.
Casi media hora después Fidel, Raúl, Almeida, Armando Mestre y otros compañeros, maletas en mano, saludaban a la multitud que les esperaba a la salida de la cárcel. Los artemiseños Ramiro Valdés, José Ponce y Julito Díaz González venían en el tercer grupo. Cuentan que el hijo de Montané burló el cerco de los guardias, lo que fue aprovechado por las heroínas del Moncada, Melba Hernández y Haydée San­tamaría y el resto de los congregados para abrazar a los combatientes. Todos juntos se dirigieron a Nueva Gerona.
Almeida y sus familiares aceptaron la invitación de Fran­cisca Eduviges Herrera, en el barrio de Sierra Caballos, quien les ofreció su casa. Ciro Redondo y otros asaltantes se trasladaron a la finca El Abra para rendir homenaje a Martí.
Fidel y varios revolucionarios se dirigieron al café Nuevo Virginia y luego hacia la casa de Montané, quien era oriundo de la capital del territorio. En el hotel Isla de Pinos, horas más tarde, el líder de los moncadistas ofreció una conferencia de prensa, en la que reiteró su decisión de continuar la lucha contra el régimen.
En el muelle donde estaba atracado el barco donde partirían hacia Batabanó, los excarcelados entonaron el Himno del 26 de Julio. Zarparon cerca de las 10 de la noche. Durante el trayecto marítimo y luego, en tren a La Habana, el líder de la Revolución consultó con varios de sus compañeros qué nombre adoptaría la organización con la que llevaría a cabo su estrategia revolucionaria y propuso que la denominación definitiva debía someterse a la aprobación de todos los combatientes.
Centenares de personas aguardaban a los recién liberados en la terminal de ferrocarriles de La Habana. Cerca de las ocho de la mañana entró el tren de Batabanó. El periodista Enrique de la Osa relataría después: “Todavía estaba en marcha el tren cuando fue prácticamente asaltado. A Fidel Castro lo sacaron por la ventanilla y lo pasearon en hombros. Un grupo de madres que habían perdido a sus hijos en los sucesos de Santiago de Cuba, desplegaron una bandera cubana y rompieron a cantar el Himno Nacional. Cientos de voces las acompañaron”.
Dentro de la multitud estaba la dirección revolucionaria de la Federación Estudiantil Universitaria (FEU), encabezada por José Antonio Echeverría, quien ostentaba un yeso en el brazo izquierdo, evidencia de su último enfrentamiento con la policía. La FEU andaba organizando un homenaje a los presos recién excarcelados y le extendió una invitación a Fidel, quien por supuesto aceptó, para que asumiera el resumen del acto.
El Jefe de los moncadistas era asediado en plena terminal por la prensa. “¿Piensa quedarse en Cuba?”, le preguntó un reportero. “Sí, pienso quedarme en Cuba, luchando a visera descubierta. Combatiendo al gobierno, señalando sus errores, denunciando sus lacras, desenmascarando gangsters, porristas y ladrones”.
Aunque estaba consciente de que en la Cuba de entonces no había otro camino que el del 68 y el del 95, Fidel comprendía la necesidad de convencer aún al pueblo de que no existía posibilidad de otra opción. “Los cubanos amamos la paz pero más amamos la libertad”, puntualizaría ante los reporteros. “Estamos por una solución democrática, el único que se ha opuesto a soluciones pacíficas es el régimen”.
Pronto se hizo evidente la certeza de sus palabras.